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miércoles, 15 de mayo de 2019

Nuevos retos

"Entre la duda de hacer o no hacer, siempre haz: si te equivocas, te queda la experiencia, pero si no haces, te queda la frustración". La frase, atribuida a Alejandro Jodorowsky, ilustra bien la toma de una decisión tan trascendente como es el cambio de costumbres que, por su significación, trastocan por completo una existencia. Eso que los posmodernos llaman "salir de la zona de confort" y que, en román paladino, es un cambio de vida.

La inercia del día a día nos va adentrando en una nebulosa que, si bien puede ser desagradable, nos resulta propia. En ella, aunque no podemos vislumbrar otro camino, nos encontramos cómodos pese a la oscuridad. Trabajo, localizaciones, rutinas, personas que conforman el álbum de nuestra biografía... En definitiva, lugares comunes, identificables, donde nos reconocemos con facilidad frente al espejo.

Abandonar hábitos cultivados durante años supone un esfuerzo ímprobo. Hasta al preso, cuando está a punto de abandonar su celda, puede costarle dar el paso que le conduce a la libertad. Pesa así más el miedo a la incertidumbre ante una situación nueva que la esperanza de enmendar su circunstancia, por muy oscura que ésta sea.     

La inseguridad o la desconfianza frente a un futuro incierto no pueden, sin embargo, menospreciar la oportunidad que se abre cuando se decide cambiar de hábitos. Nuevos aires que ventean los automatismos aprendidos; proyectos que sustituyen a otros ya obsoletos. O, que en el mejor de los casos, dejaron de aportar la satisfacción de antaño.

Decidirse a tomar un nuevo camino conlleva sus riesgos. El principal: que un día la novedad deje de serlo. Pero hasta que pueda llegar ese momento, si es que lo hace, mejor aventurarse en lo desconocido y recuperar la facultad de emocionarse. A fin de cuentas, los años de vida son limitados, como la capacidad de ser feliz.

Y feliz ha sido el que escribe estas líneas compartiendo con ustedes sus reflexiones quincenales. Unas Tardes Corrientes de las que, por un tiempo indefinido, me ausentaré para centrarme en otras rutas. Si han llegado hasta aquí, sólo puedo darles las gracias por haberme acompañado. ¡Hasta pronto!

lunes, 15 de abril de 2019

Hasta aquí

"La virtud es el punto medio entre dos extremos, uno de los cuales lo es por exceso y otro por defecto". La máxima aristotélica ha perdido su sentido en un mundo empapado por el relativismo moral, social y económico. La noción de juventud (prorrogada hasta el ridículo), el nivel de ingresos dignos (rebajado hasta el insulto) o los baremos de colesterol aceptables (interpretados a su antojo por la industria farmacéutica) son algunos ejemplos de ese trilerismo conceptual.

En esta contingencia perpetua, la copa de vino peleón que espera su gaseosa ilustra la medida de todas las cosas. Cada cual tiene su nivel óptimo, ese punto de no retorno donde esboza al que le sirve su propio "hasta aquí". Rebasado ese nivel, el trago le resultará un tanto amargo; por debajo de esa cota, le caerá desabrido al paladar.

Ocurre con los empleos: además de la necesidad perentoria de ingresos en un mercado laboral esclavista, la permeabilidad a la desazón que provoca un puesto laboral tedioso depende del grosor de la piel de cada individuo. La paciencia que para algunos se agota en semanas, para otros puede postergarse durante décadas. En cualquier caso, llega un momento en que el trabajador, hastiado de una situación sin margen de maniobra, decide plantarse ante su superior y espetarle: "hasta aquí".  

Lo anterior puede extrapolarse prácticamente a cualquier ámbito de la vida: relaciones amorosas monótonas, contratos de alquiler usurarios, bromas que agotan al más templado o hábitos perpetuados en el tiempo. "Hasta aquí" marca el cambio de paso y la construcción de nuevas estructuras mentales que, pasado un lapso determinado, perderán el atractivo de lo novedoso y serán consideradas igualmente caducas.

¿Dónde está ese tope? ¿Cuándo salta la resignación por los aires? La frontera de la tolerancia es difusa, independientemente de la complejidad de cada sujeto. Sólo la voz interior (ya se le denomine conciencia, inspiración o arrebato) determina el instante exacto en el que se terminan las excusas y se procede a la acción. 

Aquellos que pulsan el botón rojo son adjetivados por el resto que permanece incólume: valientes, temerarios o locos. Y su decisión es catalogada a la ligera como error o acierto, sin término medio. Todos juzgan sin conocer la situación del otro, un ejercicio donde el español medio destaca sobremanera. Por eso, siempre que determine su propio "hasta aquí", ignore al mundo y sólo contemple su juicio. A fin de cuentas, como la copa de vino con gaseosa sobre la mesa, las elecciones de su vida sólo las saboreará usted.

viernes, 15 de marzo de 2019

Derecho de admisión

Un sábado por la mañana de hace no mucho, me encontraba desayunando en el que, hasta entonces, era mi bar de referencia. Mientras engullía unas tostadas con café, entró una mujer. Pidió un té y depositó en la barra las monedas que sumaban los 1,30 euros de su consumición. La camarera le espetó que ese dinero no era válido en su establecimiento y que debía gastarlo en otro comercio como, por ejemplo, las tiendas regentadas por chinos.

Para el lector que pretenda comprender esta surrealista escena, daré una serie de detalles que quizás le sirvan para atar cabos: la persona que recibió esa respuesta era una mujer de unos 50 años, de etnia gitana, extranjera, que pide regularmente en esa calle, no habla bien español y las monedas con las que pretendía pagar eran de 2, 5, 10 y 20 céntimos de euro. 

Después de recoger su dinero de curso legal, la mujer en cuestión dio media vuelta y se fue. Tras cruzar la puerta del bar, la camarera y propietaria del local comenzó un monólogo (y fue así porque no encontró respuesta de los escasos presentes): "Si les dejas, se te llena el bar de gentuza". Y tras una serie de frases en esta línea, coronó su soliloquio con una pregunta que pretendía ser retórica: "¿Por qué no se volverán a su país?".

La Comunidad de Madrid regula el derecho de admisión como "eficaz instrumento para impedir la violencia y las alteraciones del normal desarrollo de espectáculos y actividades, nunca como excusa para el ejercicio de la arbitrariedad y la discriminación en unos locales que, por definición, están abiertos a todo el público y no sólo a las personas que el responsable decida admitir en cada momento". Y asegura que "no podrá utilizarse para restringir el acceso de manera arbitraria o discriminatoria, ni situar al usuario en condiciones de inferioridad, indefensión o agravio comparativo".

Bajo esta definición, y siendo muy generosos, podemos decir que la propietaria del recinto hizo, cuanto menos, una interpretación errónea del derecho de admisión. Una competencia que, por otro lado, no ha aplicado en otras ocasiones de las que he sido testigo; por ejemplo, cuando algún cliente en estado de embriaguez "alteraba el normal desarrollo" de la actividad en su local o algún otro reclamaba que le anotara su consumición "en la cuenta".

Si fuéramos un poquito más suspicaces, podríamos pensar que el racismo, el clasismo, la xenofobia o la aporofobia (o una combinación de todas) fueron los motivos reales que empujaron a esta ciudadana, propietaria de un bar, a actuar de esa manera. Pero nuestro buen hacer no nos permite ni siquiera sugerirlo.

En cualquier caso, la misma libertad que le posibilita aplicar de forma sui géneris el derecho de admisión permite a clientes como yo no volver a un bar regentado por una persona con este tipo de opiniones. Tal vez si el grueso de su clientela decidiera no regresar, ella misma podría responderse a la duda esbozada más arriba: si tuviera que cerrar su negocio y no contara con otros recursos, quizás no tendría reparos en recurrir a cualquier solución, incluida la emigración o la mendicidad, para sobrevivir. Independientemente de lo que opinasen aquellos que rechazaran su dinero y su sola presencia.

viernes, 1 de marzo de 2019

Cuestión de honor

Hace unos días, recibí en el correo un antiguo vídeo donde unos paisanos llegan a las manos por las cuitas vecinales y un quítame allá unos euros. La discusión, acalorada, pasa a los golpes cuando uno de ellos insinúa que su interlocutor ha sisado dinero de la comunidad. La ofensa al honor hace que el sujeto ultrajado saque a pasear el puño y lo demás es historia viva del periodismo español contemporáneo.

El individuo de la grabación de marras es un buen ejemplo de que el ser humano puede tolerar con estoicismo determinados tipos de desprecios, pero si se trata de la honra, se le disparan los instintos más viscerales. El ciudadano medio español se emplea con vehemencia cuando le tachan de ladrón, afeminado, cornudo o le mientan a la madre. Es una reacción tan previsible como la de mezclar fuego con gasolina. 

Entre los prohombres de nuestra clase política, son numerosos los casos de reacciones airadas cuando han sido identificados como amigos de lo ajeno. En esos momentos, han preferido recurrir a la retórica para argumentar lo injustificable. Por el camino, se ha perdido una generación magnífica de literatos, a la altura de las mejores plumas del 98 o del 27, aumentando por contra la población reclusa nacional y la venta de banderas rojigualdas. 

Pero más allá de la ética, son el cuestionamiento de la virilidad y la desconsideración hacia el círculo de mujeres más cercano (esposa, madre, hermana, hija) los aspectos más recurrentes a la hora de desatar las hostilidades. De hecho, muchos hombres se muestran más inquietos por la honorabilidad de las mujeres que las propias aludidas. Algo, por otra parte, nada extraño, si observamos a ciertos representantes públicos más preocupados por la maternidad que las propias madres. Serán cosas del acervo popular, los cristales y las honras de las mocitas.

Si rebuscamos en esa tradición añeja, "el qué dirán" fue, posiblemente, el grupo de palabras más pronunciado en el seno de la familia de los años 80 hacia atrás. Eran utilizadas por los progenitores como el comodín que cerraba todas las conversaciones con los hijos a la vez que frustraba los sueños de libertad de estos. Especialmente de las hijas, que si pretendían pasar un fin de semana fuera de casa con algún chico, regresar más tarde de la hora establecida o apostar por una menor cantidad de tela en el vestir, chocaban inexorablemente con la monserga inicial (pronunciada, casi siempre, por el padre).

A los tres factores ya mencionados que empujan al desagravio (integridad moral, virilidad y defensa del núcleo femenino), se ha unido en estos tiempos un nuevo motivo de injuria para un tipo concreto de hombre: la defensa de los derechos de las mujeres. Quizás porque, en su cerebro, atenta contra esos tres pilares sagrados: su integridad -ética y viril- como rol dominante en la sociedad y el hecho de que esa demanda venga, paradójicamente, de las mismas mujeres a las que él se empeña en proteger.

A falta de un botón de fast forward que nos lleve a una sociedad futura, queda un presente donde la pedagogía, la práctica del sentido común y, por qué no decirlo, la elección del voto condicionan el desarrollo de esos derechos. La mayor deshonra sería tener que explicar a nuestros descendientes que nosotros tampoco llegamos más lejos por el qué dirán.

viernes, 1 de febrero de 2019

Construir recuerdos

El álbum fotográfico de la conciencia guarda imágenes que se revelan en nuestro córtex cerebral cuando menos se las espera. También se rebelan contra nuestro corazón cuando éste las creía ya más que sepultadas por el tiempo. En ambas situaciones (de exposición o de amotinamiento), al ser humano sólo le queda dejarse embargar por esa fuerza irracional. 

Los recuerdos nos asaltan a punta de navaja a cualquier hora del día. No muestran ninguna piedad en el momento de testar nuestra tolerancia al pasado. Simplemente, surgen. Son manifestaciones de etapas pretéritas que, embarcadas en batiscafos, emergen a la superficie tras un largo periodo de exploración por el subconsciente.

Sonidos, fragancias, sabores o imágenes evocan el recuerdo en cualquiera de sus formas y sentidos. Un amor perdido, la risa de un familiar difunto, un viaje al rincón más lejano del globo, la última charla con un amigo o el sabor de un guiso de la infancia pueden presentarse ante nosotros invocados por arte del tejido neuronal. 

La idealización de los recuerdos forma parte del menú en la mesa del nostálgico. Platos que se suceden para alimentar la melancolía de los más templados. La justa medida hace que, a cucharadas pequeñas, la reminiscencia sea apetecible, pero en cantidades copiosas pueda provocar trances engorrosos. Y en ese banquete de morriña, no es extraño que el empacho de los tristes les conduzca a las fronteras de la depresión. 

De forma pueril, como ese niño a su juguete más preciado y viejo, nos aferramos a los recuerdos de un pasado que, quizás, nunca fue. O, al menos, no en la forma en que lo rememoramos. Incluso escenarios ya lejanos que nos parecieron negativos cuando los experimentamos, hoy pueden ser percibidos como gratos vistos desde el tamiz de la remembranza.   

En este ejercicio de funambulismo memorístico, no somos conscientes de que esos recuerdos, algún día, fueron presente. Tan real como el que hoy nos hunde en la cotidianidad más salvaje. Pero hay algo aún más relevante, que despreciamos por evidente: como seres (moderadamente) racionales, podemos esforzarnos en crear una vida que, en un futuro no lejano, será un recuerdo excelente. No lo olviden.

martes, 1 de enero de 2019

No soy yo, eres tú

Dicen que las despedidas son duras. Los abrazos previos a los controles de seguridad en los aeropuertos o los llantos enlatados en los sofás de los reality televisivos parecen confirmar la teoría. Pero decir adiós no siempre tiene por qué ser sinónimo de penitencia. Es más: hay ocasiones en las que poner tierra de por medio con determinadas personas o situaciones supone una obligación moral. 

Esta prescripción facultativa debería ser forzada en todas las relaciones insanas. Las de pareja son las más proclives a derivar en pesadilla en nombre del amor y la costumbre (se olvida que, también con Eros como excusa, se desató la guerra de Troya hace ya más de 3.000 años). Cuando se viola el principio básico que coloca los límites de la libertad propia en la frontera con la ajena, el cariño y la pasión mudan en una cárcel de infelicidad donde se vive de tiempos pretéritos. Como si el pasado por sí solo pudiera sostener el futuro.

Más allá de las relaciones de pareja, los lazos de consanguinidad se convierten, en determinadas circunstancias, en sogas al cuello. Una palabra, familia, parece el comodín para justificar todo tipo menosprecios entre personas que comparten apellido. La presión social, esa obligación de contar con una parentela bien avenida por encima de todas las cosas, empuja a muchos infelices a continuar sufriendo el maltrato psicológico en el seno genealógico. Y, por supuesto, con una sonrisa pintada en la fachada.  

Por no hablar de aquellos que viven con el miedo a la soledad metido en los huesos y prefieren compartir su tiempo con personas a las que no soportan con tal de estar acompañados. El concepto de amistad, en dichas situaciones, transmuta en una suerte de comparsa interesada, donde el supuesto premio (la compañía, sea cual sea) compensa el precio a pagar (una incomodidad manifiesta). 

El paradigma de adiós necesario se produce en el ámbito laboral. Contar con un empleo mal remunerado, donde el jefe de turno valora más las funciones de la grapadora que las del trabajador o en el que el círculo de compañeros es un nido de puñales al costado (o, por qué no, todo en conjunto) hace perentoria la huida. Claro que, en este caso, la dificultad se redobla: entra en juego la subsistencia vía salario, lo que puede obligar a alargar la condena sine die.  

Por todo lo anterior, a la hora de corroborar el tópico de la dureza de las despedidas, mejor detenerse a pensar en escenas en las que, quien más, quien menos, se ha visto inmerso de lleno. Decir adiós puede ser el mayor acto de liberación. Por eso, no tengan miedo si en algún momento de la vida deben plantarse (ante una pareja, un pariente, un amigo o un jefe). Cojan aire y díganlo sin reparo: lo siento, pero no soy yo, eres tú.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Si España fuera

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, 5 serían mujeres y 5 hombres. Respecto a su nacionalidad, 9 serían ciudadanos españoles y 1 extranjero. Aproximadamente 2 tendrían menos de 18 años, prácticamente el mismo número que aquellos con 65 o más años. La edad de los 6 restantes estaría comprendida entre los 18 y los 64.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, 5 formarían parte de la población activa, estando en edad y en condiciones de encontrar un trabajo. De ellos, 4 dispondrían de un empleo, mientras que 1 se encontrarían en paro. Las otras 5 personas formarían parte de la población inactiva, siendo 2 de ellas pensionistas y 2 estudiantes. 

De las 4 personas con empleo, 2 contarían con un horario inferior a las 40 horas semanales, cosa que sí tendrían las otras 2 personas ocupadas. De este póquer de trabajadores, 3 estarían empleados en el sector servicios. Y del total de empleados, 3 serían asalariados, mientras que uno de ellos trabajaría por cuenta propia.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, el salario mediano de los 4 empleados se situaría en 19.433 euros. Los 2 hombres con trabajo cobrarían un 28,5% más que sus 2 colegas mujeres. En cuanto a los 2 jubilados, la pensión más cobrada por el único hombre se situaría entre los 600 y los 650 euros; en el caso de la mujer, se colocaría alrededor de un 33,3% por debajo de esa cifra.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, 4 estarían casados, 3 serían solteros, 1 viudo y 1 separado o divorciado (el décimo residente en la aldea tendría menos de 16 años). 8 de ellos residirían en una vivienda en propiedad, mientras que los otros 2 tendrían su domicilio en un inmueble de alquiler. Al menos 4 vivirían en grandes ciudades (más de 100.000 habitantes), mientras que 2 lo harían en pueblos (hasta 10.000 habitantes) y el resto en municipios de entre 10.000 y 100.000 personas.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, de entre los mayores de 25 años (aproximadamente, 8 de los 10 paisanos), 3 tendrían finalizada la educación infantil o la primaria, pero no habrían concluido la secundaria; 2 sí habrían finalizado la secundaria y 3 contarían con estudios universitarios.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, de los 8 llamados a las urnas en las Elecciones Generales, 2 no ejercerían su derecho al voto. Entre los que sí optaran por elegir a sus representantes, 3 votarían al PP, 2 se decantarían por el PSOE, 2 confiarían en Unidos Podemos y 1 apoyaría a Ciudadanos.


* Fuentes empleadas:

lunes, 15 de octubre de 2018

Rostros conocidos

Nuestro círculo social se compone de tres tipos de sujetos: amigos, familiares y compañeros. A los primeros (donde podría incluirse la pareja) los elegimos a conciencia; los segundos son impuestos y de vínculo indisoluble (el contacto puede perderse, pero no quiebra el parentesco); mientras que los terceros, si bien son igualmente forzosos, desaparecen una vez abandonado el espacio común (trabajo, centro de estudios, vivienda, etc.).  

Cualquiera de los individuos descritos puede cambiar de categoría (por ejemplo, un compañero puede convertirse en amigo en un momento dado) o formar parte de varios grupos a la vez (el ejemplo paradigmático sería el de un pariente enchufado en la empresa por otro familiar con quien, a su vez, mantiene una estrecha amistad).    

Paralela a las anteriores, existe una cuarta clase: tipos con los que nos cruzamos a diario pero de los que no sabemos absolutamente nada. O, en el mejor de los supuestos, únicamente el oficio. Su rutina se entrelaza con la nuestra en un momento dado. Puede ser cuestión de segundos o, a lo sumo, desplazamientos circunstanciales. Y de esa repetición del encuentro surge una complicidad invisible.

Durante la jornada, cada persona acumula un grupo más o menos nutrido por esta variedad de personajes. Una vez puesto el pie en el asfalto, mi mañana comienza topándome con el doble de Benzema. En su caso, en lugar del Real Madrid, regenta una frutería de barrio. Me gusta pensar que realmente se trata del jugador de fútbol, en un intento de emular a Simone Weil y ocupar el lugar del trabajador para conocer su modo de vida. 

Unos pasos más adelante, llega el turno del heavy: un hombre de mediana edad con camiseta de AC/DC, coleta cana deshilachada y paso ligero aferrado a un cigarro eterno. Podría pensarse que vive esclavizado por el tabaco, que en su caminar brioso intenta alcanzar al mismo humo que exhala. O que simplemente huye de esa mujer en patinete eléctrico, siempre con ropas coloridas, que pasa por el mismo punto unos minutos más tarde.

En el 49, entre la terna de buseros que se suceden, el más inquietante es aquél de mediana edad, barbilla afilada, barba rasurada y sonrisa perenne. Una mueca inquietante, que parece esconder un gran secreto (¿oculta un cadáver en el motor?). En ese mismo autobús, entre todas las caras conocidas, destaca la del jubilado con raya a la izquierda, orejas grandes y aspecto de viejo galán de telenovela, que mantiene un vivo debate silente consigo mismo: mueve los labios, cabecea, gesticula, se encoge de hombros, rebatiendo mil veces sus propios argumentos. 

El kioskero furioso, la anciana que ha firmado un pacto con el diablo, el albañil sentado en el poyete del local frente al cierre echado, la peluquera vestida de rosa y negro que friega la acera... Todos ellos, vosotros, yo mismo, conformamos una congregación de rostros conocidos para otros. Quizás nunca se rompa el silencio entre nosotros, pero un simple cruce de miradas basta para fijar el recuerdo en la mente del prójimo. Y con esa sencilla evocación, aunque jamás lleguemos a conocernos, siempre permaneceremos vivos. 

sábado, 1 de septiembre de 2018

Romper la inercia

Despertador. Café. Ducha. Atasco. Trabajo. Comida. Conversaciones insulsas. Trabajo. Atasco. Cena. Tele. Cama. Hay días que se pueden predecir con precisión milimétrica. Como al personaje de Bill Murray en Atrapado en el tiempo, la sucesión de acontecimientos (en su mayoría, anodinos) nos abducen durante largas fases sin apenas advertirlo. Y el único riesgo que se afronta es el de exponerse a una profunda caída en el precipicio del tedio. 

La Física reconoce a la inercia como la propiedad de los cuerpos de permanecer en un estado de reposo o movimiento relativos. En una definición más prosaica, podría referirse como esa capacidad del ser humano para continuar imbuido en sus hábitos durante un prolongado periodo (de hecho, la RAE, en la segunda de sus acepciones, la describe como "rutina" y "desidia").

Septiembre es un mes de inercias. El retorno a la jornada laboral o la renovación de los buenos propósitos (ya sea volver al gimnasio, sufrir menos estrés o retomar el contacto con las viejas amistades) marcan la agenda de millones de personas. Objetivos que, también por inercia, se suelen aparcar en la primera cuneta con forma de excusa.

La magnitud de los proyectos, en ocasiones, acaba hundiéndolos antes de echar a rodar. El tamaño de las aspiraciones va en función de la persona: si el cambio de vida para un sujeto pasa por mudarse de vivienda, para otro puede resolverse con probar una nueva marca de papel higiénico. Sin entrar en las hazañas particulares, quebrar la inercia parece, en cualquiera de los casos, un ejercicio saludable.

Para ello, no es necesario realizar grandes gestas, como enrolarse en una expedición humanitaria o peregrinar a un lugar recóndito en busca de paz espiritual. Basta con mínimas alteraciones en una existencia empapada por la costumbre. Pequeñas huidas de uno mismo, engaños en apariencia insignificantes a esa trampa que el hábito nos coloca enfrente a diario.

Por ejemplo, regresar a casa por calles distintas a las del itinerario habitual, en una suerte de microviaje a zonas tan cercanas como desconocidas. O entrar a una iglesia sin ánimo devoto, sólo para sentarse en un banco a escuchar el silencio. O, por qué no, cambiar los horarios de las prácticas sexuales, perfumando de orgasmo una jornada corriente. Incluso, elegir el secador de manos en lugar de las toallas de papel, aprovechando su zumbido para canturrear en voz alta en cualquier baño público.

Éstas u otras excentricidades, ejecutadas sin caer en la rutina, sirven para escapar de la inercia, frenarla en seco y hacerle un corte de mangas al aburrimiento. Los grandes cambios, dicen, comienzan por modificaciones nimias. Quizás después de un tiempo, cuando queramos darnos cuenta, todo a nuestro alrededor se habrá desprendido de esa capa gris para adquirir un nuevo matiz que ponga luz a nuestros días. 

domingo, 1 de julio de 2018

Espíritus trocados

"Tomo cuatro pinchos en el bar, porque si me trae mi mujer algo, no puedo ni comer tranquilo: los clientes te piden hasta la Constitución, no te dejan en paz, les da igual si te ven comiendo. Estás de espaldas a la barra y te gritan 'ponme un café': ni buenos días, ni por favor, ni gracias. ¿Cuando van a la carnicería hacen lo mismo? Seguro que no. Yo hace diez años no era así. ¿Y cómo no te va a cambiar el carácter?".

Mario sostiene en solitario su bar, con la ayuda puntual de su padre, ya jubilado. Exhibe una ostensible cojera fruto de una fascitis plantar crónica, mal curada por su imposibilidad de cerrar el negocio para tratarse. Pero el pie parece ser lo que menos le duele a un hombre que atisba el medio siglo de vida hastiado por su trabajo. Una apatía que traslada al cliente y que muta en cólera cuando una de ellas le espeta a bocajarro magdalena en mano: "Haber estudiao".

No muy lejos de su local, Luis regenta un kiosco de prensa, situado de cara a un edificio del que apenas le separan un par de metros. Esquiva la mirada a los vecinos y elude el buenos días de rigor desde su habitáculo de dos metros cuadrados. En soledad. Es la imagen de un negocio, el de la prensa, en franca decadencia, ensimismado y nostálgico de tiempos mejores.

En ese mismo bloque donde el kiosquero arroja sus modales, las planchas de pladur dejan pasar cada golpe, corrimiento de sillas, grito, nota musical o centrifugado en cualquier dirección. Bien lo sabe Carla, para quien conciliar el sueño cada noche se convierte en un reto: sus vecinos del tercero infringen a diario las normas más básicas de la convivencia vecinal, para perjuicio de sus nervios y los de su perro. El animal gestiona la tensión a golpe de ladrido, por lo que Santiago y Ana, en el piso inferior, son daños colaterales de un mal precedente.

Pero, ¿dónde arranca esa cadena de quebrantos? ¿Quién comienza esa bola de nieve de ira que arrasa con todo lo que se cruza? 

Abrir la puerta y no recibir un gracias, frenar a medio paso de peatones ante un acelerón de coche, toparse con un infiltrado en la cola de la panadería, ser víctima de una mentira interesada... Son acciones aparentemente nimias, que suceden a diario. Pero hilvanadas conforman un lienzo propicio para el pincel de la irritación. 

Un trabajo ingrato, un vecino desconsiderado, un familiar molesto o un cónyuge resentido pueden ser focos de hartazgo. Administrados en pequeñas dosis, vía espíritu, elaboran un cóctel tóxico que envenena lentamente el carácter del más templado, como la enfermedad más virulenta, hasta mutarlo en una figura donde no se reconoce.

viernes, 15 de junio de 2018

Mundiales

Enhorabuena a los que gustan de los paseos en soledad por los centros urbanos: otra vez tenemos encima un Mundial. Cada cuatro años, como esa alergia que creíamos olvidada, regresa la tormenta balompédica que empapa, incluso, a los no seguidores de este deporte (por favor, multa de un euro por cada "a mí no me gusta el fútbol, pero el Mundial sí").

Uno de mis primeros recuerdos deportivos más nítidos coincide con un Mundial. Una tarde calurosa, allá por el mes de julio de 1994, mis padres y un servidor contemplábamos desde un sofá de escay el España-Italia en una televisión descolorida con nombre alemán. El botón de encendido, sujeto por medio mondadientes, era reflejo de la I+D española de una época en la que, en determinados hogares, el mando a distancia era cosa de brujería. 

A esa edad preadolescente, todo giraba en torno al fútbol. Una amalgama que unía a los imberbes de barrio: bastaba un balón para conectar a la salida del colegio con un grupo de desconocidos y competir sobre una pista de asfalto, donde cada caída suponía un desgarrón de chándal y la consiguiente bronca familiar. 

En esa Copa del Mundo de EEUU, Bakero, Hierro, Luis Enrique, Guerrero o Caminero eran los ídolos de turno. Como internet aún no aparecía ni en nuestros sueños más profundos, la única forma de seguirles era a través de los póster que regalaban en las panaderías con los chicles o los cromos de los bollycaos. En el banquillo, asomaba un sempiterno Javier Clemente, de quien lo único que nos interesaba era escucharle a medianoche intercambiar insultos con De la Morena a través de una radio a pilas. 

Un gol de rebote tras disparo de Caminero desató la euforia en el país y las primeras lágrimas futboleras para algunos de nosotros. Aunque sirvió para poco, después de que Roberto Baggio diera la victoria a Italia en la ronda maldita de cuartos. Un jugador odiado y admirado por los niños de una generación que creció con estrellas como Romario, Del Piero, Laudrup, Batistuta, Cantona o Raúl, cuando el fútbol no era cosa de guapos. 

Después de seis sinsabores más en los grandes torneos (traducido en tiempo, 14 años), la Selección, ya bautizada como La Roja, revertió la situación y cambió las goleadas en las fases de clasificación a equipos menores por títulos. Algo insólito para unos niños que hoy rozan la cuarentena y cuya mayor satisfacción patriótica adolescente fue celebrar un 9-0 ante Austria. Pero esas gestas llegaron tarde, muy tarde; al menos, para disfrutarlas a esa edad en la que fútbol y vida son equivalentes. 

Hoy debuta España en Rusia: para muchos, supone el evento del año; para otros, será una tarde corriente de televisor y cerveza. Algunos lo afrontamos con una mezcla de desgana y nostalgia por descubrirnos saltando de nuevo del sofá, hoy ya sintético. Así estamos a estas alturas del partido, tras comprobar que más codazos que Tassotti da la vida y cuando, por fin, comprendimos a Julio Salinas a fuerza de acostumbrarnos a nuestros propios errores.

martes, 1 de mayo de 2018

Cartas

¿Recuerda la última vez que redactó una carta? Haga un esfuerzo. Quizás fuera a su ser amado de adolescencia, cuando en cada trazo dejaba un suspiro y en cada adjetivo condensaba un sentimiento. O quizás fuera un momento más prosaico, como la participación en un concurso, una carta al director de un diario o un Chrismas de Navidad.  

Cuando leemos un libro en cuya trama aparece una misiva, detectamos de forma automática que la obra no se editó en este siglo. La cuestión adquiere dramatismo en las nuevas generaciones, para quienes el papel como medio de correspondencia se identifica con épocas propias de los manuales de Historia: pueden asumir que Julio César, Carlos V o Napoleón utilizaran este soporte, pero no que lo hicieran sus padres.    

La víctima silenciosa de esta era de las máquinas ha sido la carta. Sin protestar, ha visto cómo el correo electrónico se ha convertido en la forma predilecta para comunicarse. La instantaneidad que ofrece lo convierte en un rival imbatible en esta época donde parece sobrar todo menos el tiempo. Un Ctrl+Z sustituye la redacción de varios borradores, el esfuerzo por una caligrafía legible, la compra de un sobre y un sello en el estanco más cercano y la búsqueda de un buzón. La paciencia ya no se lleva.

Pero estamos ante una forma de comunicación tan respetable que, incluso, ha dado nombre a un género narrativo: la literatura epistolar. Ha servido para bautizar obras ya clásicas de autores dispares, como Cartas desde mi celda, de Gustavo Adolfo Bécquer, Cartas a su madre, de Antoine Saint-Exupéry, o Carta al padre, de Franz Kafka. Y ha titulado canciones convertidas en himnos, como La Carta, de Héroes del Silencio, o Cartas amarillas, de Nino Bravo. 

Bastante antes de que llegara el e-mail, el mal llamado cartero comercial (lo que hoy vendría a ser un correo spam personificado) comenzó el desprestigio de una profesión notable, quebrantando la siesta sin miramientos con un prolongado timbrazo al telefonillo. (Nota: Confieso que en mi época de estudiante tomé parte de este ejército de propagandistas; espero que algún día pueda perdonármelo una familia con tres carteros de carrera).

Como en tantas otras cuestiones, más que los avatares de la vida son los gestores de lo público quienes más se esfuerzan por acabar con aquello que no deberían. En este caso, se trata de un servicio con más de tres siglos de presencia en España. La situación es tal que, en el último lustro, Correos ha visto menguar su plantilla en más de 9.000 empleados, el 15,5% del total. 

Cada noche, a la vuelta del trabajo, muchos conservamos una manía heredada de nuestros antepasados, cuasi biológica: abrir el buzón, esperando hallar una carta manuscrita. Sin embargo, en estos días, ya ni recibos se encuentran. Junto al polvo instalado en el compartimento postal, sólo asoman panfletos de restaurantes chinos, folletos de inmobiliarias o extractos de puntos de tarjetas promocionales. Ni rastro de la más mínima presencia humana.

jueves, 1 de marzo de 2018

Alta tensión

Las consecuencias de la corriente eléctrica sobre el cuerpo humano, según el Ministerio de Trabajo, "pueden ocasionar desde lesiones físicas secundarias (golpes, caídas, etc.) hasta la muerte por fibrilación ventricular". En cambio, otro tipo de corriente, como es la que mana del enchufismo, parece altamente beneficiosa en España para conseguir un empleo.

Así, más del 70% de las vacantes laborales se cubre con "conocidos", según un reciente estudio. Ya sea para el hijo del concejal, el compañero de estudios universitarios o la bailarina de striptease favoritos, el llamado mercado oculto guarda puestos donde el único requisito es ser un aliado fiel del responsable de turno.

Esta realidad, sin prender en los grandes titulares, conforma una divisa de la Marca España. Tal es la aceptación de este método que, lejos de provocar escándalo, se justifica con las explicaciones más variopintas: "es una persona válida, la conozco desde hace tiempo", "se lo merece, ha tenido muy mala suerte en su vida" o "no le queda nada por demostrar". El autoengaño como herramienta para justificar aquello que carece de defensa. 

El virus del enchufismo está dentro de cada empresa, corroe cada organismo público o privado. Convocatorias para funcionarios diseñadas a la carta, cargos creados ad hoc para ubicar a determinados sujetos, reestructuraciones de departamentos enteros con el objeto de hacer un hueco al protegido, movimientos ilógicos de personal para encajar la pieza deseada... Estas prácticas subrepticias, que no responden a ningún razonamiento económico, se anteponen a la sacrosanta productividad y a la lógica del mercado.  

La genuina reconversión industrial se vive a diario, en el momento en que las compañías se transforman en agencias de colocación e, incluso, en ONG, dando un puntapié a cualquier ética o escrúpulo. Los criterios de idoneidad para el puesto pierden todo valor cuando el argumentario del mando en cuestión mana del corazón o directamente de la bragueta.

Como complemento al enchufismo, existe un deporte de masas practicado a diario en la inmensa mayoría de las grandes empresas patrias: despachear. Este término, aún no admitido por la RAE (tomen nota, académicos), podría definirse como la "acción y efecto de conseguir en los despachos de los superiores ascensos u otras prebendas en beneficio del interviniente". De hecho, hay quien suma tantos kilómetros recorridos sobre las moquetas entre despacho y despacho que podría retar al mismísimo Mo Farah. 

En los casos más tragicómicos, la corrupción humana provoca que quienes en su juventud fueron adalides del concepto de meritocracia lo usen de manera arbitraria al quedarse calvos. Señores: hacerse trampas al solitario queda feo con uno mismo, pero si se realizan a ojos del público sin ningún rubor, negando la evidencia, resulta algo francamente patético. 

jueves, 1 de febrero de 2018

Aceras

Colillas, papeles, chicles, esputos, heces, plásticos, botellas, latas, bolsas... Las aceras son reflejo de la miseria humana. Lo peor de cada uno, la escoria de la sociedad, se vierte sobre el asfalto sin ningún miramiento. Como si la ausencia de propiedad en un mundo de poseedores concediera el derecho a maltratar un bien común.

Esto tiene una consecuencia: todo lo que el personal encuentra sobre las aceras lo considera despreciable. Incluyendo a los propios seres humanos que, por necesidad, las habitan. La aporofobia, término considerado "palabra del año" por una fundación que mira por el lenguaje (paradójicamente, sostenida por un banco), es reflejo de ello. 

Hasta en las aceras se observan las desigualdades sociales: son famélicas en las calles pobres y muestran su obesidad en las principales arterias. Y se aprecian las diferencias por barrios: si el centro exhibe las más espaciosas (para que el ciudadano/consumidor pueda hacer cola en condiciones ventajosas ante las grandes superficies), las más angostas se reservan a las zonas más humildes (donde el pequeño comercio languidece).

Muchos reparan en el caos provocado por el tráfico en las ciudades, pero pocos hablan de una amenaza mayor, más peligrosa si cabe, que moverse por carretera: transitar por las aceras. Caminar por ellas es una yincana donde cada bache, cada bordillo quebrado, cada bolardo suelto, cada hez canina, son trampas inmisericordes. La lluvia, con la formación de charcos oceánicos, o la misma noche, con la ocultación de las realidades tangibles, dificultan aún más esta suerte de competición. 

El concepto de circular por la derecha, a diferencia de lo que ocurre en la autopista, no ha calado entre los viandantes, quienes no dudan en detenerse en mitad de la acera a conversar, desplazarse en paralelo por las áreas más estrechas en grupos de dos o más sujetos (como si pretendieran levantar una barricada) o forzar a quien sí pasea por su lugar a cambiar de acera (en sentido estricto) para poder continuar su trayecto. 

Y si la falta de civismo es recurrente entre los peatones (aquí, como en la sociedad española, tampoco hay conciencia de clase), la ocupación de sus espacios por parte de vehículos, motocicletas, bicis o patines (todos ellos, por supuesto, a los mandos de seres que se dicen humanos) convierte a las calles en una jungla donde prima la ley del fuerte. 

Cuando un conductor encuentra un estacionamiento rápido sobre el bordillo, desprecia por completo el derecho del peatón. Pero una máxima de comprensión tan simple no acaba de calar en ciertos individuos. Y quienes más sufren esa falta de entendederas son aquellas personas con movilidad reducida: en 2008, superaban los 2,5 millones de habitantes. Si algunos cambiaran por un día sus llantas de aleación por los radios de una silla de ruedas, seguramente se lo pensarían dos veces.   

lunes, 15 de enero de 2018

Viaje copernicano

Copérnico revolucionó la Ciencia en el siglo XVI a través de su modelo heliocéntrico del universo. Y Copérnico fue el nombre elegido por Renfe para bautizar a su sistema informático, una herramienta que centraliza todos los recursos y cuyo grado de integración es desconocido "en cualquier otra administración del mundo", como aseguran desde la compañía.

Copérnico no viajaba conmigo en el Alvia de Bilbao con destino Madrid del segundo de enero de este año. O, al menos, no pagó el billete. Al parecer, sí se encontraba en Orduña, enclave vizcaíno en la provincia de Álava, cuando el tren frenó de repente. Y ahí permaneció los 88 minutos que el convoy estuvo detenido, junto a mí, sin ni siquiera yo saberlo.

Como un romance de verano, Copérnico me olvidó nada más llegar a la estación de Chamartín (eso sí, me regaló más de una hora de su tiempo, gracias al retraso acumulado). Intenté contactar de nuevo con él a través de internet, pero me negó lo que sí me reconocía la política de su empresa: una indemnización del 100% del billete (en mi caso, dos, ya que confieso que le fui infiel incluso antes de conocerle) por una demora superior a los 60 minutos. 

Copérnico es un trabajador muy bien valorado en su compañía. Se le atribuye una infalibilidad superior a la del Papa en la Iglesia católica. Y la segunda operadora que me respondió al otro lado del teléfono (el primero me solicitó una espera de 24 horas para ejercer la reclamación) lo corroboró: el sistema nunca se equivoca y, pese al retraso físico de ese tren, no correspondía compensación de ningún tipo. 

Esa fe en Copérnico me hizo plantearme si realmente me pertenecía un resarcimiento, si el tiempo superó los 60 minutos e incluso si alguna vez fui en ese vagón. "¿Quién soy?", grité. Pero Copérnico no me oyó. Así que decidí acudir a ese lugar, más allá de la barra de bar, donde los españoles exhiben su frustración: Twitter. Allí inicié una animada conversación, donde participaron el community manager compañero de Copérnico, un grupo de indignados con Renfe y una asociación de consumidores. 

Tras una queja formal, una veintena de tuits y varios intercambios de mensajes directos con el personal de redes sociales de la corporación, llegó el turno de ampliar el círculo de amigos: una llamada del jefe de taquillas fue el comienzo del epílogo a mi infructuosa espera. Y ahí Copérnico comenzó a recular. Seis llamadas y cinco whatsapp después, decidí personarme en la estación donde Copérnico y yo nos despedimos para reencontrarnos cara a cara.

A través de la intermediación del eficiente empleado de Renfe, Copérnico al fin admitió su error: pese a negarme, por activa y por pasiva, una indemnización durante 10 días por boca de varios de sus compañeros, por vía telefónica, telemática y hasta por tamtam, se puso en plan regio para pedir disculpas.   

Conmovido por ese acto de humildad, me despedí con lágrimas en los ojos, absorto en varias cavilaciones. La primera me llevó a una reflexión sobre la importancia de reclamar cuando los derechos se ven vulnerados: de nada sirve callar. La siguiente, ante la espera prolongada en el andén, a cuestionarme el momento que atraviesa el ferrocarril en este país. Pero la más trascendental me condujo a pensar en la importancia del ser humano, tan desprestigiado en esta era de las máquinas. A fin de cuentas, sólo unos pocos trabajadores tan incrédulos como yo fueron capaces de sacar al arrogante Copérnico de su equívoco.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Mirar por la ventana

Enmarañados en las redes sociales o masticando la basura catódica que expulsa la televisión, las personas ya no miran por la ventana. Salvo para tender la ropa, regar las plantas o comprobar el estado del tiempo, pocos se detienen a contemplar su mundo inmediato más allá de las cuatro paredes que los encierran.

Las connotaciones negativas que arrastra este acto de plena libertad coartan a la inmensa mayoría. Las voces maledicentes que los tildan de "cotillas" provocan que estos individuos temerosos encaren el dintel con vergüenza, como queriendo esquivar la visión que se les presenta al otro lado de su reflejo.

Descorrer cortinas, levantar persianas y atravesar el vidrio con la mirada es la forma más preclara de aventar la mente. Admirar el brillo del sol entre las nubes, envolverse en la melancolía mientras resbalan las gotas de lluvia por el cristal o abstraerse en el vuelo de una golondrina son alimento para el espíritu. 

Una de las maravillas que ofrece mirar por la ventana es la de comprobar la mutabilidad del tiempo. El paso de los años puede corroborarse, por ejemplo, a través del deterioro de los ladrillos en las fachadas. Al igual que la marcha del procés se determina por la paulatina degradación de las banderas de España pendientes de los balcones.

Desde la cristalera, el ser humano se observa a sí mismo, como si la sociedad que otea fuera un espejo donde encontrarse. Ya en la estampa de ese anciano que, envuelto en su bata gris, se marchita cada invierno ante una pantalla. Ya en esa otra mujer que, en las noches de verano, se adentra en la cocina desnuda mientras sus curvas se intuyen entre la tenue luz de la nevera. 

Las interacciones sociales que se muestran a cielo abierto nos hacen reflexionar acerca de la condición animal que aún habita en nosotros. Cada grito, cada insulto, cada falta de civismo presenciado desde ese mirador interior nos golpea el estómago para presentarnos como una especie miserable a medio evolucionar. 

Para los atribulados, la única salida es acodarse en el balcón, encender un pitillo y apuntar la vista al cielo al compás del humo que se eleva, como esas aspiraciones que siempre mueren no se sabe dónde. Mientras otros, los más descreídos, deciden estrellar sus anhelos contra el asfalto en una caída cruel que les sirve de feroz epitafio.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Tetuán

Tetuán, palabra originaria del bereber, traducida como "los ojos", ciudad al norte de Marruecos. Tetuán, barrio de Madrid, 17,3% de población extranjera, lugar de contrastes. Ambos puntos, separados por cientos de kilómetros, tienen en común el mismo aire mediterráneo lleno de arabescos que se respira, se ve, palpita en sus calles.

Un paseo por el Tetuán ibérico descubre estampas de otro tiempo. Como la de ese niño en calzoncillos que camina de la mano de su madre, mientras ésta le replica en voz alta, como si no sólo él fuera destinatario de su discurso, que debe estudiar. O la de aquella anciana de avanzada alopecia que deambula en silencio junto a su marido, a quien su prominente abdomen le asoma bajo una camiseta de Metallica.

En sus cruces de caminos se entremezclan mujeres con acento latino de pronunciadas curvas y chulazos de gimnasio; filipinas que arrastran carros de la compra repletos de viandas; hombres enjutos de piel morena que se sientan alrededor de una mesa presidida por un tablero de ajedrez mientras discuten en árabe y beben café.

Y es que Tetuán suena a idiomas indescifrables, como los de esos viajeros llegados del Este que comparten banco en un parque encajado entre cuatro edificios. Mismo emplazamiento donde una legión de jubilados, ejemplo de una integración sobrevenida, gira la cabeza al paso de adolescentes sexualizadas, empeñadas en enseñar más de lo que insinúan. 

Tetuán huele a puesto de frutas abierto hasta la madrugada, donde las cajas apiladas con géneros de vivos colores atraen la atención de viandantes sin rumbo fijo. Y tiene el sabor especiado de las decenas de kebab que lo salpican a lo largo de la calle Bravo Murillo y los pasadizos que la anudan como nervios desquiciados.

El barrio deja imágenes pintorescas a su paso. Como la de ese hombre, cerveza de medio litro en mano, que contempla las ofertas de la carnicería. O la de un carrito de supermercado encadenado al mobiliario urbano, que escenifica cómo la propiedad privada ha arraigado en todas las clases sociales. O la de ese joven nórdico que proclama a gritos su disconformidad con el mundo cuando el conductor de autobús le demanda el pago del billete.

La Puerta de Europa, donde las combadas Torres Kio no acaban de abrazarse, prologan uno de los enclaves de la capital cuyo acervo se aleja más de la tradición gatuna. Donde instantáneas propias de parajes remotos se reproducen a escasos metros de la Plaza de Castilla, un lugar en el que los juzgados, las torres gemelas más altas de la Península y los restaurantes de comida rápida se turnan en una guardia perenne.  

miércoles, 15 de noviembre de 2017

De bares

Disfrutar de la aparente soledad en un bar es una práctica que toda persona debería exigirse. Mirar de frente a la vida en una recinto de escasos metros cuadrados, donde en cualquier momento pueden suceder cosas extraordinarias, está a la altura de las experiencias consideradas más placenteras: conmoverse ante una buena novela, realizar un viaje al lugar más recóndito o gozar del orgasmo más intenso. 

El demiurgo en forma de camarero, desde su privilegiada posición tras la barra, contempla las escenas de un retablo donde el alcohol es alfa y omega. En su rol, puede salir palizas, psicoanalizar al cliente en tan sólo dos botellines y ser capaz de contarte cosas de ti mismo que desconocías. O puede ser silencioso, dedicarse fielmente a la función que le tocó en suerte y quebrar su mutismo únicamente con preguntas rápidas: "¿caña o botellín?", "¿la leche caliente?", "¿me cobro de aquí?". Hasta dispone de la potestad de alegrarte el día cuando es la única persona del mundo que aún te llama "chaval". 

Todo bar que se precie de tal catalogación cuenta con su propio grupo de parroquianos, que discuten, ríen fuerte o ahogan sus miradas en el fondo del vaso. Jueces, limpiadoras, profesores, albañiles, policías, parados... Profesiones liberales que fondean a ras de barra, donde establecen guardia desde primera hora hasta el cierre, en turnos rotatorios, como el puesto de un centinela atento a la siguiente acometida de la vida. 

En el decorado del recinto, resultan fundamentales las tapas en la vitrina del mostrador, de una antigüedad totalmente indescifrable. Pero despreciar el piscolabis más rancio, servido por unos dedos que han recorrido durante 12 horas todos los recovecos del local (desde el lavaplatos a los fogones, pasando por la cisterna o el cubo de basura), no resulta del todo elegante. 

Como una mezquita, una escuela o un hospital, el bar dispone de sus propios códigos y se muestra como el punto idóneo en el que seguir eventos que cambian el rumbo de la Historia, ya sea una final de la Champions o la votación de la independencia de Cataluña. Un espacio donde, entre trago y trago, se es capaz de tomar con máxima clarividencia decisiones que otros no ven: desde la consecución del último punto de set hasta la ejecución de los Presupuestos del Estado. Y en el que, cómo no, puede conocerse el amor a través de los besos más apasionados de cualquier amante furtivo al calor del amor en un bar. 

Cara y Cruz, El Mancheguito, Mabe, El Palentino, Pascual, La Emil, Franva, El Palomar, Juvima, López, El Chaparral... Multitud de nombres para una infinidad de parajes con carácter que comparten la misma magia e idéntica batalla contra la lacra del franquiciado. Lugares donde nadie conoce tu nombre, pero en los que, cuando te despiden con un “hasta mañana”, te sientes parte integrante y fundamental de una comunidad única.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

100 octubres después

Hace un siglo, distancias que hoy se perciben cortas tardaban días en salvarse a bordo de un tren de vapor o a lomos de un caballo. Las comunicaciones, sin la instantaneidad de internet, se dejaban en manos del telégrafo o el correo postal. Y la digitalización no era más que una quimera para unas fábricas que comenzaban a desperezarse. Todos aquellos medios, aunque ya muy lejanos, fueron fundamentales para construir el mundo actual.  

Entre las principales transformaciones, por su relevancia social, se encuentra la Revolución de Octubre, de la que el próximo 7 de noviembre se cumplen 100 años. Un cambio que, como el propio del calendario juliano vigente por entonces en Rusia (que calificó a la revolución "de octubre", por suceder el 25 de ese mes, fecha correspondiente al 7 de noviembre del calendario gregoriano), cogió a todo el planeta con el pie cambiado cuando un joven Lenin se puso al frente de los bolcheviques.

Para una gran mayoría de la sociedad occidental, ensalzar hoy las conquistas de ese periodo es sinónimo de hagiografía del totalitarismo estalinista. Como si el elogio de las libertades conseguidas por la Revolución Francesa de 1789 supusiera automáticamente identificarse con las tropelías napoleónicas que vinieron más tarde. Obvian así una cuestión principal: la diferenciación radical existente entre el socialismo real y la revolución que dio pie a él. Algo que mentes preclaras del siglo XX, como la del historiador Eric Hobsbawm, sí supieron ver.

Incluso desde una parte de la izquierda, que despreció (y aún hoy lo hace) a quienes rememoraban Octubre, se desprestigió esa memoria. De hecho, hasta el propio régimen de la URSS en un momento dado quiso sepultar su legado. Como describen Jesús Izquierdo y Jairo Pulpillo en la magnífica obra coral 1917. La Revolución rusa cien años después: "La utopía revolucionaria se transformó en una revolución distópica cuyo resultado fue, paradójicamente, el encubrimiento de un pensamiento antiutópico según el cual 1917 ya no podía ser más que pensado como acontecimiento histórico que, afortunadamente, había sido superado".

El desarrollo de derechos políticos y laborales, unidos a los primeros pasos serios en la emancipación de la mujer, fueron la gran hazaña de ese acontecimiento, que tuvo como consecuencia la concesión de ciertas garantías (sentando las bases del hoy cuestionado Estado del Bienestar) en las sociedades occidentales, cuyos gobiernos temían la propagación del terror rojo. Unos avances que, pasada una centuria, ya sea por las crisis económicas nacidas de la insaciable voracidad o por la connivencia de gobiernos timoratos, se diluyen peligrosamente, acentuando las diferencias sociales que el sistema económico imperante prometía erradicar. 

De forma antitética, hoy el comunismo sigue muy vivo de la mano de sus más acérrimos detractores en una variante perversa: "líneas de crédito en condiciones ventajosas" a bancos en quiebra, pago del mal llamado "déficit tarifario" a compañías energéticas o indemnizaciones a sociedades concesionarias de autopistas no rentables. Esto es: en forma de estatalización de pérdidas de empresas privadas con dinero público.

Cien octubres después, resulta buen momento para recordar a aquellos miles de hombres y mujeres que, en una aparente tarde corriente, fueron capaces de cambiar la concepción del mundo y resquebrajar unas bases que, por injustas, parecían inquebrantables. Para así tener conciencia de que el cambio, en cualquiera de sus variantes, queda siempre en manos de gentes normales capaces de añadir páginas al libro de la Historia de una manera extraordinaria.    

domingo, 15 de octubre de 2017

Mercadillos

Un ejército de unos 3.000 valientes se rebela, de lunes a domingo, contra la tiranía de los poderosos. En el corazón del reino, conforman su empalizada de toldos y estructuras de metal, desde la que lanzan el grito desesperado de los que se niegan a capitular ante multinacionales del textil, supermercados de 3x2 y centros comerciales convertidos en sucursales de ocio.

Los mercadillos, plazas itinerantes con sabor añejo, perviven en las calles de todo el mundo al igual que esos faroles antiguos de metal y vidrio: como recuerdos de una época pretérita que parece no querer irse. Sólo en la Comunidad de Madrid, más de 180 de estos comercios sin sede fija se suceden, con el Rastro como hermano mayor hipster. 

Ropa, herramientas, fruta, discos, objetos de segunda mano, libros, juguetes, menaje de cocina... Una suerte de bazar sin fondo se exhibe a la intemperie, donde gentes de lo más variopinto tropiezan unas con otras: niños extasiados por los colores vivos; ancianas que pelean por el mejor descuento; hombres en busca de una pieza de repuesto que dé sentido a su vida o adolescentes para los que la moda low cost se encuentra a ras de asfalto.   

Las consignas de guerra son claras, sin necesidad de ripios: "¡Dos bragas un euro!", "¡Lo tengo barato!", "¡A un pavo todo, morena!". Mensajes pulcros, desnudos, elaborados por artistas del márketing que nunca pisaron una escuela de negocios. Expertos en alimentación, calzado, numismática, cine, tecnología o estética, según demanda. Todo un lujo para una sociedad enferma de titulitis (¿cuánto valdrían perfiles así en LinkedIn?).

Vendedores de raza, entre los que el caló es lengua común, con una vida nómada: hoy en Vallecas, mañana en Tetuán, pasado en Barajas. Su única raíz es su rutina: cargar de sueños una furgoneta, levantar un puesto en forma de trinchera, disparar los eslóganes de campaña y recoger la victoria del sustento antes de volver a cargar y partir. 

La legislación, la competencia a gran escala, el fin de mes y los complejos de una sociedad amante de las apariencias son los gigantes con los que combaten estos quijotes de barrio. Pero su linaje con siglos de historia los eleva por encima de aquellos advenedizos que dominan la economía: a fin de cuentas, ellos poseen la quintaesencia de la marca blanca.