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viernes, 15 de marzo de 2019

Derecho de admisión

Un sábado por la mañana de hace no mucho, me encontraba desayunando en el que, hasta entonces, era mi bar de referencia. Mientras engullía unas tostadas con café, entró una mujer. Pidió un té y depositó en la barra las monedas que sumaban los 1,30 euros de su consumición. La camarera le espetó que ese dinero no era válido en su establecimiento y que debía gastarlo en otro comercio como, por ejemplo, las tiendas regentadas por chinos.

Para el lector que pretenda comprender esta surrealista escena, daré una serie de detalles que quizás le sirvan para atar cabos: la persona que recibió esa respuesta era una mujer de unos 50 años, de etnia gitana, extranjera, que pide regularmente en esa calle, no habla bien español y las monedas con las que pretendía pagar eran de 2, 5, 10 y 20 céntimos de euro. 

Después de recoger su dinero de curso legal, la mujer en cuestión dio media vuelta y se fue. Tras cruzar la puerta del bar, la camarera y propietaria del local comenzó un monólogo (y fue así porque no encontró respuesta de los escasos presentes): "Si les dejas, se te llena el bar de gentuza". Y tras una serie de frases en esta línea, coronó su soliloquio con una pregunta que pretendía ser retórica: "¿Por qué no se volverán a su país?".

La Comunidad de Madrid regula el derecho de admisión como "eficaz instrumento para impedir la violencia y las alteraciones del normal desarrollo de espectáculos y actividades, nunca como excusa para el ejercicio de la arbitrariedad y la discriminación en unos locales que, por definición, están abiertos a todo el público y no sólo a las personas que el responsable decida admitir en cada momento". Y asegura que "no podrá utilizarse para restringir el acceso de manera arbitraria o discriminatoria, ni situar al usuario en condiciones de inferioridad, indefensión o agravio comparativo".

Bajo esta definición, y siendo muy generosos, podemos decir que la propietaria del recinto hizo, cuanto menos, una interpretación errónea del derecho de admisión. Una competencia que, por otro lado, no ha aplicado en otras ocasiones de las que he sido testigo; por ejemplo, cuando algún cliente en estado de embriaguez "alteraba el normal desarrollo" de la actividad en su local o algún otro reclamaba que le anotara su consumición "en la cuenta".

Si fuéramos un poquito más suspicaces, podríamos pensar que el racismo, el clasismo, la xenofobia o la aporofobia (o una combinación de todas) fueron los motivos reales que empujaron a esta ciudadana, propietaria de un bar, a actuar de esa manera. Pero nuestro buen hacer no nos permite ni siquiera sugerirlo.

En cualquier caso, la misma libertad que le posibilita aplicar de forma sui géneris el derecho de admisión permite a clientes como yo no volver a un bar regentado por una persona con este tipo de opiniones. Tal vez si el grueso de su clientela decidiera no regresar, ella misma podría responderse a la duda esbozada más arriba: si tuviera que cerrar su negocio y no contara con otros recursos, quizás no tendría reparos en recurrir a cualquier solución, incluida la emigración o la mendicidad, para sobrevivir. Independientemente de lo que opinasen aquellos que rechazaran su dinero y su sola presencia.

viernes, 1 de junio de 2018

Buseros

Ciertos colectivos arrastran atributos en forma de estereotipo que no siempre les hacen justicia. Si se realizara una encuesta rápida, podría recopilarse un ramillete de calificativos sobre una serie de profesiones para las que muchas respuestas serían coincidentes. Así, seguramente el adjetivo "corrupto" acompañaría al trabajo de político igual que el término "usurero" rima inexorablemente con banquero. 

En otros empleos, en cambio, los arquetipos son más abiertos. Por ejemplo, los conductores de autobús. Aunque denostado por miles de automovilistas y otros tantos usuarios de este medio de transporte, el rol del busero, como son conocidos por nuestros hermanos de El Salvador, Nicaragua y Panamá, muestra una tipología variada de sujetos entre sus filas. Especialmente apreciable en las líneas urbanas de las grandes urbes.

Un espécimen de los más abundantes, el más valorado por los impuntuales y temido por los ancianos, es el fitipaldi. No importa la edad: ya sea joven o viejo, la velocidad es su pasión, como si tras cada curva se escondiera el final de su jornada. La dicotomía para el pasajero cuando topa con él al volante es agarrarse al asiento o dejarse los dientes en el siguiente cruce.

El perfil amable responde al de aquel individuo a quien las abuelitas llaman por su nombre, le preguntan por el último examen de su hija y, de cuando en cuando, le traen patatas de su huerto. Se le identifica fácilmente porque siempre se adelanta al viajero y saluda en primer lugar, le mira a los ojos y sonríe. Como si, en una suerte de utopía laboral, disfrutara con lo que hace.

Por contra, el huraño sólo responde si le hablan previamente (y no siempre). Contesta de mala gana a las mismas preguntas que lleva escuchando durante los últimos 20 años: "¿Éste para en Plaza de Castilla?", "¿cuánto tarda hasta el centro?", "¿dan cambio de 10 euros?". Suele ser el más honrado de todos los perfiles: su cara y su verbo no dejan resquicio a la imaginación.

El desencantado sobrepasa la cincuentena, gusta de hablar a voces con sus colegas, a los que se queja del último cambio de turno o de la baja calidad del vehículo. No duda en regañar a los usuarios si no levantan la mano de forma ostensible para detener su paso en la parada o si considera que no han apretado el botón con suficiente energía para frenar su marcha en la siguiente estación.

Independientemente del carácter, la profesión de conductor de autobús comparte un factor común con otras muchas: la fuerte masculinización del puesto. Por ejemplo, en Madrid, y según datos de la EMT, de los 7.586 trabajadores dedicados al transporte urbano que componían su plantilla en 2016, un 6,2% eran mujeres. Una contribución más al exceso de testosterona que desborda las carreteras estatales, donde cada acelerón destila un trastorno mal diagnosticado.

domingo, 1 de abril de 2018

Títulos a granel

Si hace no mucho hablábamos en este mismo foro sobre la meritocracia en el mercado laboral, el máster interruptus de la presidenta de la Comunidad de Madrid ha vuelto a poner el foco en la importancia del esfuerzo a la hora de lograr, en este caso, unos estudios superiores. Situación que en España conoce el 40,8% de la población (en esto, como en la tasa de paro, la Vieja Iberia sí está por encima de la media de la Unión Europea).

Todos los que pasamos por la escuela pública siempre contemplamos con pasmo cómo cualquier estudiante que no desee (o cuya capacidad intelectual no le sea suficiente para) pasar la criba de la Selectividad tiene la opción de recurrir a la universidad privada y conseguir un certificado que le permitirá competir por un empleo de igual a igual. Una alternativa que, en el curso 2015/2016, eligieron un 13,6% de los alumnos de grado. 

El "prestigio" de la enseñanza pública parecía bastar para acoger a los centros privados en el sistema. "Vale, ellos no tienen que preparar Selectividad y van a titularse como tú, pero la estatal tiene más nombre que la privada", repetían los antiguos compañeros de instituto sobre algún afortunado que dio el salto a la carrera sin examen previo. Es decir: aunque el dinero podía equipararse al esfuerzo requerido por la Prueba de Acceso a la Universidad, el bien siempre estaría del lado de la pública, por su reputación labrada a base de décadas de historia. 

El caso de Cristina Cifuentes contiene un agravante: hace saltar por los aires la premisa anterior. En su estrambótica peripecia, ha sido una universidad pública la que se ha encargado de falsificar las notas para beneficiar con un título a una persona de reconocida influencia. Aquí ya no sólo se trata de un problema de desigualdad social (cuando el dinero y la red de influencias pasan por encima de cualquier principio ético y legal), sino que, además, mancha el nombre de una institución que, supuestamente, contaba con su prestigio como mejor arma para contrarrestar la violación de la meritocracia provocada por la universidad de pago. 

Los que pensaban que los centros privados expedían los títulos a sus alumnos a cambio de un buen fajo de billetes, ahora también manejan argumentos para sostener que en la enseñanza pública ocurre lo mismo. La falta de confianza en las instituciones democráticas (poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial) llega ya hasta el mismo epicentro de toda sociedad que se precie: su sistema educativo.

Y, como en toda cuestión sospechosa de corruptela donde un español se vea implicado, el negacionismo, junto al laissez faire, laissez passer tan liberal, es la estrategia a seguir por los responsables de este descrédito. El ejemplo alemán traído por algunos a la hora de hablar de flexibilidad laboral o de reducir la tasa de sustitución de las pensiones no se utiliza, en cambio, para tomar el camino de la dimisión por falseamiento de currículum. 

jueves, 15 de marzo de 2018

177

Sube la cuesta de Pinos Baja con trabajo, como si quisiera prolongar el viaje eternamente. Es tan modesto que hasta la propia Empresa Municipal de Transportes (EMT) lo califica de "subruta". Técnicamente, se trata de un modelo BredaMenarinibus Vivacity+ C (la EMT cuenta con 29, el 1,5% de su flota), propulsado a gas natural comprimido con 8 metros de longitud, frente al estándar de 12. Pero todos lo conocen por el número que luce en la frente: el 177.

Este sencillo midibús conecta la calle Marqués de Viana con Plaza de Castilla, allí donde Álex de la Iglesia vaticinó el nacimiento del Anticristo en El día de la bestia. Sus 11 paradas de ida y 14 de retorno hacen de este uno de los itinerarios más breves de Madrid. Pese a ello (y quizás por compensación), su ritmo cansino, no superior a los 20 km/h, provoca que necesite alrededor de una hora para completarlo.

Según relatan las crónicas, fue inaugurado el 17 de mayo de 2012 para atender una "demanda vecinal" de una barriada que conjuga un 26% de población de más de 65 años y unas pendientes con dos dígitos de desnivel. Mala combinación. Así, no es extraño que la inmensa mayoría de sus usuarios (un máximo de 13 personas pueden ocupar asiento) haya traspasado hondamente la edad de jubilación.

Las últimas cifras recopiladas hablan de 1.200 viajeros diarios. Pasajeros que, en su gran mayoría, llaman al conductor por el nombre de pila, charlan animadamente con sus convecinos de cualquier asunto ocurrido en el barrio y se despiden de forma generosa al apearse. Más de un millar de conversaciones entrecruzaudas en otros tantos recorridos pausados a través de curvas infinitas y estrechas calles con nombres de santos y militares. 

Carros de la compra, de bebé, garrotas, muletas, bolsas del mercadillo... Los aperos acarreados por los consumidores de este medio de transporte son comunes y comparten un origen humilde y práctico. No esperen encontrar en esta ruta teléfonos móviles de última generación, auriculares estridentes, bolsos de marca o cualquier otra señal de superficialidad.    

Las líneas de bus más afamadas tienen su propio apelativo. Como el 130 (de Villaverde a Vicálvaro y paso por Vallecas), conocido hace lustros como el yonquibús por la alta presencia de adictos a la heroína. De hecho, cuenta la leyenda que los toxicómanos se pinchaban el dedo antes de subir y vertían su sangre sobre las monedas, buscando que el chófer de turno las rechazara y poder viajar gratis. Para el 177, tal vez el apelativo de yayobús le haría justicia.  

Si Miguel Ríos compuso El blues del autobús, a este le iría más bien un pasodoble o una copla. O, por qué no, una oda a esos valientes que, después de una vida de trabajo, ven menguar su pensión año a año a manos de trileros de los números gruesos. Y aún así, siguen dando lecciones a una juventud abotargada, que mira cómo lentamente sus derechos se alejan de ellos. Como ese 177 por la cuesta de Pinos Baja.

jueves, 1 de febrero de 2018

Aceras

Colillas, papeles, chicles, esputos, heces, plásticos, botellas, latas, bolsas... Las aceras son reflejo de la miseria humana. Lo peor de cada uno, la escoria de la sociedad, se vierte sobre el asfalto sin ningún miramiento. Como si la ausencia de propiedad en un mundo de poseedores concediera el derecho a maltratar un bien común.

Esto tiene una consecuencia: todo lo que el personal encuentra sobre las aceras lo considera despreciable. Incluyendo a los propios seres humanos que, por necesidad, las habitan. La aporofobia, término considerado "palabra del año" por una fundación que mira por el lenguaje (paradójicamente, sostenida por un banco), es reflejo de ello. 

Hasta en las aceras se observan las desigualdades sociales: son famélicas en las calles pobres y muestran su obesidad en las principales arterias. Y se aprecian las diferencias por barrios: si el centro exhibe las más espaciosas (para que el ciudadano/consumidor pueda hacer cola en condiciones ventajosas ante las grandes superficies), las más angostas se reservan a las zonas más humildes (donde el pequeño comercio languidece).

Muchos reparan en el caos provocado por el tráfico en las ciudades, pero pocos hablan de una amenaza mayor, más peligrosa si cabe, que moverse por carretera: transitar por las aceras. Caminar por ellas es una yincana donde cada bache, cada bordillo quebrado, cada bolardo suelto, cada hez canina, son trampas inmisericordes. La lluvia, con la formación de charcos oceánicos, o la misma noche, con la ocultación de las realidades tangibles, dificultan aún más esta suerte de competición. 

El concepto de circular por la derecha, a diferencia de lo que ocurre en la autopista, no ha calado entre los viandantes, quienes no dudan en detenerse en mitad de la acera a conversar, desplazarse en paralelo por las áreas más estrechas en grupos de dos o más sujetos (como si pretendieran levantar una barricada) o forzar a quien sí pasea por su lugar a cambiar de acera (en sentido estricto) para poder continuar su trayecto. 

Y si la falta de civismo es recurrente entre los peatones (aquí, como en la sociedad española, tampoco hay conciencia de clase), la ocupación de sus espacios por parte de vehículos, motocicletas, bicis o patines (todos ellos, por supuesto, a los mandos de seres que se dicen humanos) convierte a las calles en una jungla donde prima la ley del fuerte. 

Cuando un conductor encuentra un estacionamiento rápido sobre el bordillo, desprecia por completo el derecho del peatón. Pero una máxima de comprensión tan simple no acaba de calar en ciertos individuos. Y quienes más sufren esa falta de entendederas son aquellas personas con movilidad reducida: en 2008, superaban los 2,5 millones de habitantes. Si algunos cambiaran por un día sus llantas de aleación por los radios de una silla de ruedas, seguramente se lo pensarían dos veces.   

lunes, 15 de enero de 2018

Viaje copernicano

Copérnico revolucionó la Ciencia en el siglo XVI a través de su modelo heliocéntrico del universo. Y Copérnico fue el nombre elegido por Renfe para bautizar a su sistema informático, una herramienta que centraliza todos los recursos y cuyo grado de integración es desconocido "en cualquier otra administración del mundo", como aseguran desde la compañía.

Copérnico no viajaba conmigo en el Alvia de Bilbao con destino Madrid del segundo de enero de este año. O, al menos, no pagó el billete. Al parecer, sí se encontraba en Orduña, enclave vizcaíno en la provincia de Álava, cuando el tren frenó de repente. Y ahí permaneció los 88 minutos que el convoy estuvo detenido, junto a mí, sin ni siquiera yo saberlo.

Como un romance de verano, Copérnico me olvidó nada más llegar a la estación de Chamartín (eso sí, me regaló más de una hora de su tiempo, gracias al retraso acumulado). Intenté contactar de nuevo con él a través de internet, pero me negó lo que sí me reconocía la política de su empresa: una indemnización del 100% del billete (en mi caso, dos, ya que confieso que le fui infiel incluso antes de conocerle) por una demora superior a los 60 minutos. 

Copérnico es un trabajador muy bien valorado en su compañía. Se le atribuye una infalibilidad superior a la del Papa en la Iglesia católica. Y la segunda operadora que me respondió al otro lado del teléfono (el primero me solicitó una espera de 24 horas para ejercer la reclamación) lo corroboró: el sistema nunca se equivoca y, pese al retraso físico de ese tren, no correspondía compensación de ningún tipo. 

Esa fe en Copérnico me hizo plantearme si realmente me pertenecía un resarcimiento, si el tiempo superó los 60 minutos e incluso si alguna vez fui en ese vagón. "¿Quién soy?", grité. Pero Copérnico no me oyó. Así que decidí acudir a ese lugar, más allá de la barra de bar, donde los españoles exhiben su frustración: Twitter. Allí inicié una animada conversación, donde participaron el community manager compañero de Copérnico, un grupo de indignados con Renfe y una asociación de consumidores. 

Tras una queja formal, una veintena de tuits y varios intercambios de mensajes directos con el personal de redes sociales de la corporación, llegó el turno de ampliar el círculo de amigos: una llamada del jefe de taquillas fue el comienzo del epílogo a mi infructuosa espera. Y ahí Copérnico comenzó a recular. Seis llamadas y cinco whatsapp después, decidí personarme en la estación donde Copérnico y yo nos despedimos para reencontrarnos cara a cara.

A través de la intermediación del eficiente empleado de Renfe, Copérnico al fin admitió su error: pese a negarme, por activa y por pasiva, una indemnización durante 10 días por boca de varios de sus compañeros, por vía telefónica, telemática y hasta por tamtam, se puso en plan regio para pedir disculpas.   

Conmovido por ese acto de humildad, me despedí con lágrimas en los ojos, absorto en varias cavilaciones. La primera me llevó a una reflexión sobre la importancia de reclamar cuando los derechos se ven vulnerados: de nada sirve callar. La siguiente, ante la espera prolongada en el andén, a cuestionarme el momento que atraviesa el ferrocarril en este país. Pero la más trascendental me condujo a pensar en la importancia del ser humano, tan desprestigiado en esta era de las máquinas. A fin de cuentas, sólo unos pocos trabajadores tan incrédulos como yo fueron capaces de sacar al arrogante Copérnico de su equívoco.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Tetuán

Tetuán, palabra originaria del bereber, traducida como "los ojos", ciudad al norte de Marruecos. Tetuán, barrio de Madrid, 17,3% de población extranjera, lugar de contrastes. Ambos puntos, separados por cientos de kilómetros, tienen en común el mismo aire mediterráneo lleno de arabescos que se respira, se ve, palpita en sus calles.

Un paseo por el Tetuán ibérico descubre estampas de otro tiempo. Como la de ese niño en calzoncillos que camina de la mano de su madre, mientras ésta le replica en voz alta, como si no sólo él fuera destinatario de su discurso, que debe estudiar. O la de aquella anciana de avanzada alopecia que deambula en silencio junto a su marido, a quien su prominente abdomen le asoma bajo una camiseta de Metallica.

En sus cruces de caminos se entremezclan mujeres con acento latino de pronunciadas curvas y chulazos de gimnasio; filipinas que arrastran carros de la compra repletos de viandas; hombres enjutos de piel morena que se sientan alrededor de una mesa presidida por un tablero de ajedrez mientras discuten en árabe y beben café.

Y es que Tetuán suena a idiomas indescifrables, como los de esos viajeros llegados del Este que comparten banco en un parque encajado entre cuatro edificios. Mismo emplazamiento donde una legión de jubilados, ejemplo de una integración sobrevenida, gira la cabeza al paso de adolescentes sexualizadas, empeñadas en enseñar más de lo que insinúan. 

Tetuán huele a puesto de frutas abierto hasta la madrugada, donde las cajas apiladas con géneros de vivos colores atraen la atención de viandantes sin rumbo fijo. Y tiene el sabor especiado de las decenas de kebab que lo salpican a lo largo de la calle Bravo Murillo y los pasadizos que la anudan como nervios desquiciados.

El barrio deja imágenes pintorescas a su paso. Como la de ese hombre, cerveza de medio litro en mano, que contempla las ofertas de la carnicería. O la de un carrito de supermercado encadenado al mobiliario urbano, que escenifica cómo la propiedad privada ha arraigado en todas las clases sociales. O la de ese joven nórdico que proclama a gritos su disconformidad con el mundo cuando el conductor de autobús le demanda el pago del billete.

La Puerta de Europa, donde las combadas Torres Kio no acaban de abrazarse, prologan uno de los enclaves de la capital cuyo acervo se aleja más de la tradición gatuna. Donde instantáneas propias de parajes remotos se reproducen a escasos metros de la Plaza de Castilla, un lugar en el que los juzgados, las torres gemelas más altas de la Península y los restaurantes de comida rápida se turnan en una guardia perenne.  

miércoles, 15 de noviembre de 2017

De bares

Disfrutar de la aparente soledad en un bar es una práctica que toda persona debería exigirse. Mirar de frente a la vida en una recinto de escasos metros cuadrados, donde en cualquier momento pueden suceder cosas extraordinarias, está a la altura de las experiencias consideradas más placenteras: conmoverse ante una buena novela, realizar un viaje al lugar más recóndito o gozar del orgasmo más intenso. 

El demiurgo en forma de camarero, desde su privilegiada posición tras la barra, contempla las escenas de un retablo donde el alcohol es alfa y omega. En su rol, puede salir palizas, psicoanalizar al cliente en tan sólo dos botellines y ser capaz de contarte cosas de ti mismo que desconocías. O puede ser silencioso, dedicarse fielmente a la función que le tocó en suerte y quebrar su mutismo únicamente con preguntas rápidas: "¿caña o botellín?", "¿la leche caliente?", "¿me cobro de aquí?". Hasta dispone de la potestad de alegrarte el día cuando es la única persona del mundo que aún te llama "chaval". 

Todo bar que se precie de tal catalogación cuenta con su propio grupo de parroquianos, que discuten, ríen fuerte o ahogan sus miradas en el fondo del vaso. Jueces, limpiadoras, profesores, albañiles, policías, parados... Profesiones liberales que fondean a ras de barra, donde establecen guardia desde primera hora hasta el cierre, en turnos rotatorios, como el puesto de un centinela atento a la siguiente acometida de la vida. 

En el decorado del recinto, resultan fundamentales las tapas en la vitrina del mostrador, de una antigüedad totalmente indescifrable. Pero despreciar el piscolabis más rancio, servido por unos dedos que han recorrido durante 12 horas todos los recovecos del local (desde el lavaplatos a los fogones, pasando por la cisterna o el cubo de basura), no resulta del todo elegante. 

Como una mezquita, una escuela o un hospital, el bar dispone de sus propios códigos y se muestra como el punto idóneo en el que seguir eventos que cambian el rumbo de la Historia, ya sea una final de la Champions o la votación de la independencia de Cataluña. Un espacio donde, entre trago y trago, se es capaz de tomar con máxima clarividencia decisiones que otros no ven: desde la consecución del último punto de set hasta la ejecución de los Presupuestos del Estado. Y en el que, cómo no, puede conocerse el amor a través de los besos más apasionados de cualquier amante furtivo al calor del amor en un bar. 

Cara y Cruz, El Mancheguito, Mabe, El Palentino, Pascual, La Emil, Franva, El Palomar, Juvima, López, El Chaparral... Multitud de nombres para una infinidad de parajes con carácter que comparten la misma magia e idéntica batalla contra la lacra del franquiciado. Lugares donde nadie conoce tu nombre, pero en los que, cuando te despiden con un “hasta mañana”, te sientes parte integrante y fundamental de una comunidad única.

domingo, 15 de octubre de 2017

Mercadillos

Un ejército de unos 3.000 valientes se rebela, de lunes a domingo, contra la tiranía de los poderosos. En el corazón del reino, conforman su empalizada de toldos y estructuras de metal, desde la que lanzan el grito desesperado de los que se niegan a capitular ante multinacionales del textil, supermercados de 3x2 y centros comerciales convertidos en sucursales de ocio.

Los mercadillos, plazas itinerantes con sabor añejo, perviven en las calles de todo el mundo al igual que esos faroles antiguos de metal y vidrio: como recuerdos de una época pretérita que parece no querer irse. Sólo en la Comunidad de Madrid, más de 180 de estos comercios sin sede fija se suceden, con el Rastro como hermano mayor hipster. 

Ropa, herramientas, fruta, discos, objetos de segunda mano, libros, juguetes, menaje de cocina... Una suerte de bazar sin fondo se exhibe a la intemperie, donde gentes de lo más variopinto tropiezan unas con otras: niños extasiados por los colores vivos; ancianas que pelean por el mejor descuento; hombres en busca de una pieza de repuesto que dé sentido a su vida o adolescentes para los que la moda low cost se encuentra a ras de asfalto.   

Las consignas de guerra son claras, sin necesidad de ripios: "¡Dos bragas un euro!", "¡Lo tengo barato!", "¡A un pavo todo, morena!". Mensajes pulcros, desnudos, elaborados por artistas del márketing que nunca pisaron una escuela de negocios. Expertos en alimentación, calzado, numismática, cine, tecnología o estética, según demanda. Todo un lujo para una sociedad enferma de titulitis (¿cuánto valdrían perfiles así en LinkedIn?).

Vendedores de raza, entre los que el caló es lengua común, con una vida nómada: hoy en Vallecas, mañana en Tetuán, pasado en Barajas. Su única raíz es su rutina: cargar de sueños una furgoneta, levantar un puesto en forma de trinchera, disparar los eslóganes de campaña y recoger la victoria del sustento antes de volver a cargar y partir. 

La legislación, la competencia a gran escala, el fin de mes y los complejos de una sociedad amante de las apariencias son los gigantes con los que combaten estos quijotes de barrio. Pero su linaje con siglos de historia los eleva por encima de aquellos advenedizos que dominan la economía: a fin de cuentas, ellos poseen la quintaesencia de la marca blanca.

domingo, 1 de octubre de 2017

A pie de Metro

El Metro de Madrid es una maraña de líneas, un ovillo multicolor con más de 300 estaciones bautizadas con nombres de músicos, reyes, pintores, militares, países, santos, hospitales y estadios de fútbol. Purga por dentro a una ciudad que se descompone en la superficie, donde existe la misma probabilidad de que el ladrón lleve tatuajes carcelarios impresos en la piel que chaqueta entallada y corbata de seda.

El suburbano acuchilla la urbe de norte a sur y de este a oeste, sin entender de arrabales deprimidos o zonas exclusivas. Pasa a igual velocidad por barrios ricos y pobres, tristes y alegres, sombríos y coloridos. La liturgia siempre es la misma: una sirena, el anuncio de una estación, una chispa que salta desde un techo que se encuentra a ras de suelo.

Su gente, como esos barrios, conforman bajo el asfalto una microsociedad tan variopinta que parece sacada de una novela decimonónica. Puede encontrarse ejecutivos perfumados junto a toxicómanos en pleno mono. Los obreros, herramienta en mano, se cruzan con turistas que portan bolsas de lujosas marcas. Y los jubilados que salen del baile se confunden con adolescentes que empiezan su botellón de ron con limón en el vagón de cola. 

Y lee, la gente lee. Desde el plano de metro a las pantallas digitales atornilladas en las líneas nobles, pasando por libros de papel, libros digitales, smartphones que son plaga, periódicos en extinción... Pero también currículums que buscan destino, folletos que venden sueños, mensajes desesperados que piden ayuda para comer, poemas en las paredes, ofertas de sexo en locales de acción o grafitis desconchados.

El Metro compone su playlist a base de estrépito. El llanto de un bebé se confunde con el ladrido agudo de un yorkshire; el último hit del país del reguetón no deja escuchar la megafonía que anuncia la próxima estación; los lamentos desde una estación fantasma se ocultan tras la ocarina de un mapuche. Y, de cuando en cuando, hasta algún disparo retumba entre los túneles de acero y hormigón. 

Más de 580 millones de viajes cada año condensan la vida, la muerte, el sueño y la frustración de una ciudad que se asoma al infierno desde una boca de Metro. Siempre al borde del caos, pero que nunca acaba de caer.

viernes, 15 de septiembre de 2017

De filias y fobias

La realidad impresa y la realidad tangible no suelen ir de la mano. Pongamos por caso el mercado de la vivienda en España. Realidad impresa: los expertos no se cansan de repetir que no asistimos a una burbuja residencial. Realidad tangible: después de anunciarle a mi ex casera que abandonaba su piso, decidió subir el alquiler un 26% al siguiente inquilino, que tardó 48 horas en ocupar la cama que usé durante tres años.

Aunque en este caso se trata de un alquiler "convencional", sólo una planta más arriba se ha colado el fenómeno turístico que tanto juego dio a la prensa este verano. La propietaria de este inmueble, mientras comprueba si la relación con su actual pareja tiene futuro en la costa mediterránea, arrenda su casa en Madrid por 65 euros al día en una conocida plataforma de alquiler. Es decir: en menos de 10 días obtiene lo que su vecina lograba en 30. 

A unos metros de este edificio, un bar regentado por una pareja china también ha sufrido el tsunami del alquiler. No ya en el precio de su local, sino en el despoblamiento progresivo del barrio. Con su español escaso, la camarera relata cómo hace cinco años, cuando arrendaron el local, cada mañana se agolpaban delante de la barra varios grupos de trabajadores de cuello blanco. A los que, si bien no recordaba por su nombre, sí lo hacía por el tipo de café que bebían. Hasta se emociona al recordar el momento de la despedida definitiva, cuando el traslado de las oficinas les dejó sin clientes. "Los dueños de las casas se han vuelto locos", dice.

La España de comienzos del siglo XXI tiene un aire a la del XIX. Si antes las fortunas medianas vivían de sus haciendas en el campo, ahora lo hacen de la unión de cemento y ladrillo en las ciudades. Por eso no es extraño que el sueño de muchos de los llamados emprendedores españoles sea comprar una casa en Ibiza.

Esta ambición, la de especular con la vivienda, no pasaría de los reproches éticos si no estuviera expresamente señalada como práctica a "impedir" en la Constitución. Aquella que tantísimos esgrimen para oponerse a la independencia de una comunidad autónoma, pero que, cuando toca hablar de vivienda, guardan al fondo del cajón.  

El fenómeno de la turismofobia oculta así al de la rentofilia. No ya en su acepción médica (aquella patología que lleva a un individuo a considerar que su enfermedad es consecuencia de una situación por la que debe ser compensado), sino en un término que podría definirse como "la tendencia a querer vivir de las rentas, multiplicando por 3 o por 4 los beneficios sin realizar ninguna actividad productiva, que dé trabajo o impulse la zona en la que se produce".

Esta filia propia (a maximizar las rentas) se convierte en supuesta fobia ajena (hacia el extranjero) para negar la mayor. Además, su defensa puede envolverse de cierto corte cosmopolita y, de paso, acusar al de enfrente de xenófobo. Pero no olviden aquellos que ciertas filias insanas (como la pedofilia) están castigadas en el Código Penal. Y nunca es tarde para ampliar el articulado.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Madrid es un pueblo

Un titular en prensa, una conversación de bar o un simple intercambio de miradas puede invocar la contienda pueblo versus capital. Alentada por el complejo de unos o el aire de superioridad de otros (según a qué discurso se atienda), durante siglos la desconfianza, el odio o la chanza se han cruzado como proyectiles entre finolis y paletos. 

Desde la periferia, la aversión ha tenido a Madrid como diana: chulos, estresados, laístas o fachas componen el catálogo de tópicos, con mayor o menor base real, dedicados a los capitalinos. Pero lo cierto es que la corte del reino borbónico, a pesar de considerarse una de las urbes más cosmopolitas de Europa, esconde en sus adentros un aura de pueblo con estampas propias de pedanía. 

Basta con abrir la ventana a sus calles para contemplar edificios con paredes encaladas, persianas viejas de madera o rejas oxidadas que rememoran lugares vírgenes de hormigón. Como los tejados salpicados de chimeneas menudas, poblados por antenas empotradas entre tejas con refuerzos de aluminio. O esos otros techos de chapa desconchada, bajo los cuales algún todoterreno con los bajos alicatados de barro aguarda la mañana de domingo para salir de caza a la sierra vecina. 

Los patios de barriada madrileña transmiten sonidos que conectan con cualquier aldea. Como el entrechocar de platos de mediodía, de tenedores que baten huevos o el chisporroteo del aceite sobre el fuego. En esos espacios interiores se encuentran los timelines más ardientes, donde las conversaciones entre ancianas pasan del nivel de alerta terrorista a la última andanada de Isabel Pantoja. Son convivencias pacíficas en apariencia; treguas rotas cuando alguna mueve el macetero con rosales de su semejante. 

De esos balcones, suspendidas en cuerdas de nailon verde, penden camisetas de tirantes que un día fueron blancas, calcetines de color indefinido y bragas generosas de tiempos pretéritos. Y más allá de esas confesiones hechas textil, puede otearse sobre la acera a desconocidos compartir banco a ras de bordillo. Un acto que les conecta con sus prójimos de pueblo que, a decenas de kilómetros, forman hileras de sillas de madera y esparto abiertas al relente de las últimas noches de verano.

La ciudad permanece absorta en esas cavilaciones, hasta que la sirena de ambulancia, un acelerón a destiempo o el vuelo de un helicóptero rompen ese halo rústico para devolverla a su realidad alquitranada. Y cuando cae la noche y ya no lucen las ventanas en los patios, las torres de neones intermitentes le recuerdan que el sueño rural hace tiempo que partió, huyendo de una villa esquizofrénica.

sábado, 15 de julio de 2017

Sonidos perdidos

Tres años durmiendo junto a una autopista provocan, entre otros efectos secundarios, un olvido auditivo severo. Cuando el sueño se recibe con un constante rugir de motores nocturnos y se despide con la misma sintonía, como el de una radio con mala señal emisora de ondas perennes de CO2, el cerebro extravía los sonidos que, hasta ese momento, le acompañaron.

Después de la última mudanza, recuperada la calma perdida, que el primer despertar lo produjera el trino de un gorrión me resultó tan extraño que creí encontrarme lejos de la capital del extinto imperio. Antes, el único animal al cual podía identificar por su voz, además de a mi antiguo vecino, era a la chicharra, que cada verano recuerda con su chirrido incesante cómo el calor acabará por sepultarnos.

Pocos días después, acostumbrado de nuevo a los pájaros como portadores del amanecer, el llanto de un bebé me estremeció. No por molesto (para mi sorpresa), sino por evocarme la salvaje humanidad a la cual pertenecemos, y que tan a menudo dejamos malherida en cualquier titular de prensa. 

Cuando ya creía del todo reparada la memoria sonora, el rasgueo de una guitarra proveniente de una ventana quebró el sopor de una plomiza tarde de verano, para devolverme un matiz aparcado en el subconsciente. No era ya el tañido digital salido del altavoz de una computadora, sino el roce de los dedos sobre las cuerdas de un instrumento real. 

Habitar una urbe sin vida impide una profunda cura de silencio, tan necesaria para recuperar el sentido del oído. El olvido de esos murmullos antaño familiares (el agua de una fuente, el zumbido de una mosca o el eco del propio silencio) provoca que nuestra mente sólo albergue onomatopeyas vacías (el pitido de un móvil, el claxon de un auto, la megafonía del metro) que despiertan estímulos condicionados, como el perro de Pavlov y su incómoda campana.

Ya sólo espero que, un domingo cualquiera, la armónica del afilador me devuelva a la infancia, para acabar recobrando por completo esa colección de sonidos olvidados, perdidos en algún lugar de la memoria, y que nos reconcilian con nosotros mismos.

P.D.: Volveremos con los sonidos de septiembre.

lunes, 1 de mayo de 2017

Se alquila dignidad

Alquilar vivienda en Madrid es llorar. Alrededor de tres millones de casas, según estiman las obsoletas estadísticas de la Comunidad, para 6,4 millones de personas no parecen suficientes. Y no lo son porque ciertos constructores (con la connivencia de otros tantos propietarios) no asimilan el concepto casa al término hogar, sino más bien al vocablo guarida como lo entiende la Real Academia Española: "Cueva o espesura donde se guarecen los animales".

Un rápido vistazo por alguno de los buscadores de inmuebles más populares basta para hacerse una idea de la situación. El uso de objetivos de gran angular para ilustrar el estado de las viviendas y la neolengua utilizada por los anunciantes no impide esconder la realidad: la dignidad de ciertos arrendadores se perdió en el momento en que pidieron el equivalente al salario mínimo interprofesional por auténticas cochambres.

La promoción de la infravivienda desde la clase política ha calado tan hondo entre un gran número de propietarios que asusta. Al calor del dinero fácil, no dudan en poner a disposición de la sociedad un parque de viviendas que, en su conjunto, podrían servir de decorado a cualquier película con una catástrofe nuclear como hilo conductor. 

Para colocar su producto, utilizan una larga lista de clásicos literarios de estos portales: "a cinco minutos del centro" (¿en avión?), "con muchas posibilidades" (como Berlín en 1945), "muy luminoso" (a 40 grados en agosto y sin aire acondicionado), "para entrar a vivir" (los ermitaños también viven en cuevas...), "ideal para pareja joven" (que aún mantenga el amor y la voluntad para enfrentarse a un zulo), "tranquilo" (sin ventanas al mundo exterior), "acogedor" (como una celda de una prisión camboyana), "mejor ver" (para corroborar la sinvergonzonería del anunciante) y así hasta un largo etcétera.  

Las fotografías, además de mostrar el estado de los inmuebles, son un buen ejemplo de que la España profunda también habita en las grandes ciudades: la esponja en la bañera (o su variante de cocina, con el estropajo bien fruncido), la vitrocerámica con la crema limpiadora esparcida en círculos, un primer plano del cubo de la fregona o el reflejo del propietario de turno iluminado por el fogonazo del flash son estampas que salpican una buena parte de los anuncios.

Entre los requisitos para optar al Hades, las comisiones de agencia aparecen sólo como la punta del iceberg. Seis meses de fianza (cuando la ley fija uno), aval bancario, referencias, pago de varias mensualidades por adelantado o ingresos no inferiores a cantidades que no empujarían a nadie en su sano juicio a lugares como esos abundan en un mundo, el de la vivienda, proclive al exceso, como casi todo en este país.

Mantras como "el precio lo fija la ley de la oferta y la demanda", "no hay burbuja del alquiler" o "los costes suben en relación a los salarios" conforman el argumentario favorito de quienes niegan la evidencia: la subida generalizada de precios en unas viviendas que no merecen tal catalogación, independientemente del barrio en el que se encuentren. 

La situación es especialmente sangrante cuando la, para otros menesteres, sacrosanta Constitución ("Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada") se estrella contra el mercado y son los propios organismos oficiales los que promueven la especulación (el Banco de España publica desde hace años la comparativa entre las rentabilidades de la vivienda y otras formas de inversión, como depósitos, bonos del Estado o la Bolsa). Entre el artículo 47 y el 135, más que 88 postulados, hay una distancia insalvable marcada por voluntades interesadas en que nada cambie. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Paseo del Rey

Desde la Ciudad Universitaria, pasando por el Arco de la Victoria a la derecha (dónde si no), cuesta abajo sin frenos, el caminante cae al Paseo del Rey. Aupados al teleférico, los madrileños, con su mirada miope, lo ven a mucha distancia, como una mota en el paisaje de una ciudad próspera. Y, también desde el aire, las cotorras argentinas preludian con su intenso parloteo un escenario asfaltado por colillas y cartones de vino.  

El Paseo del Rey es una calle de apenas 1.500 metros; una distancia de medio fondo que alberga la vida de los que han tocado el fondo completo. Allí comparten ecosistema viejos con la mirada ausente, jóvenes demacrados por la droga, mujeres que han sufrido maltrato e inmigrantes que algún día soñaron. 

El nucleo de sus vidas es el Centro de Acogida San Isidro, el más antiguo de Madrid. Alberga 269 plazas de pernocta y abre sus puertas las 24 horas para ofrecer otros servicios, como aseo, sanidad y ocio. Lastrado por la falta de personal, acumula años al 100% de su capacidad: pese a que la estancia media se sitúa en torno a los seis meses, hay biografías que acumulan allí más de una década.   

Se encuadra en unas coordenadas muy elocuentes: al fondo, el Palacio Real más grande de Europa Occidental; a la derecha, el centro comercial Príncipe Pío, epicentro de la clase media; a la izquierda, una Rosaleda de 32.000 metros cuadrados que edulcora el aire con su aroma; y a mitad de camino, una estación abandonada que algún día tuvo esplendor.

No muy lejos de allí, en 1808, fueron fusilados otros desheredados, estos por el ejército napoleónico. El terreno pertenecía a Francisco Pío de Saboya y Moura, el Príncipe Pío, un título nobiliario que ahora sólo evoca a los ciudadanos el nombre de una estación. Antes de ésta, se inauguró en 1882 la ya desierta Estación del Norte, muy dañada por la Guerra Civil, lo que propició su desmantelamiento en 1993. 

La Historia y la suerte nunca han acompañado al Paseo del Rey. Cuando ya había sido renombrado como Coronel Montesinos (el militar del siglo XIX considerado precursor del sistema penitenciario actual), fue uno de los primeros lugares que sufrió los bombardeos de la capital el 28 de agosto de 1936 por parte de las tropas franquistas. Hoy, los proyectiles que asedian a sus viandantes tienen forma de miseria. 

En España, según estimaciones de Cáritas y la Fundación Rais, hay 40.000 ciudadanos sin hogar. Y un 28,6% de personas está en riesgo de pobreza. Los principales factores para acabar en la calle son enfermedades de salud mental, adicciones y falta de apoyo familiar, como explica Estíbaliz, trabajadora social, en el cortometraje Al margen. "A eso, se suma una sociedad que no sólo no da soluciones, sino que rechaza", cuenta.

Y es que, desde su teleférico mental, los madrileños ven más próximas las cuentas macroeconómicas que asoman desde Moncloa que esa otra realidad, tan aparentemente lejana. Que De Guindos le cuente a esos otros que España crece.

viernes, 15 de julio de 2016

Próxima estación: Itaca

La cuenta atrás hacia agosto, ese mes en el que el país olvida su actividad, marca el comienzo del verano. La Ruta 66 a la española, entre Madrid y Valencia, derrite su asfalto ante los millones de desplazamientos. En todo el Estado, la Dirección General de Tráfico prevé, entre julio y agosto, 84 millones de traslados.

Estamos en la época en la que el espíritu dominguero se extiende a los siete días de la semana, con piscinas, parques, terrazas y parajes serranos atestados de personas. Pero aunque para algunos resulte increíble, quedan seres que deben desplazarse a su trabajo e, incluso, sin disponer de transporte privado. Para ellos, este será un verano especial: la principal arteria del suburbano madrileño sufre una cornada por la que se desangran horas de esperas, kilómetros de ascensos y descensos de escaleras y mala hostia a espuertas.

La Línea 1 de Metro de Madrid, inaugurada en 1919, arrancó el 3 de julio unas obras que paralizarán por completo el tránsito entre Sierra de Guadalupe y Plaza de Castilla hasta el 12 de noviembre. En total, 23 estaciones y 13,5 kilómetros de recorrido. Pese a que la Comunidad ha dispuesto servicios sustitutorios con autobuses de la EMT en tres trayectos, ha obviado el servicio de conexión entre Atocha Renfe y Cuatro Caminos: 10 paradas entre la estación del AVE y una de las zonas más transitadas de la ciudad. Sabina ya no se podrá bajar en Atocha.

El Gobierno regional afirma que las 14  intervenciones se ejecutarán a la vez porque "asegura  una menor afección a los usuarios, que es nuestro principal objetivo" (sic). Desde enero y hasta el mes de mayo (último dato disponible), el metropolitano tuvo más de 255 millones de desplazamientos. La Línea 1, con 38,3 millones, fue la segunda más utilizada, sólo por detrás de la Línea 6, un anillo que recorre toda la ciudad y que contó con 42,6 millones. Ahora, ambas han perdido sus dos puntos de confluencia, en las estaciones de Pacífico y Cuatro Caminos.

Para que los no iniciados en este ferrocarril subterráneo se hagan una idea, el trayecto entre Congosto y Plaza de Castilla en línea directa puede llevar en torno a los 45 minutos. Así, la persona que ahora deba hacer ese camino tendrá el siguiente itinerario:
  1. Dos paradas en Línea 1 hasta Sierra de Guadalupe;
  2. Salida a la superficie, con una temperatura media de 37 grados, para intentar entrar en uno de los autobuses sustitutorios que le lleve a Conde de Casal;
  3. Descenso al centro de la Tierra para desplazarse en la Línea 6 una estación hasta Sainz de Baranda;
  4. Trasbordo a la Línea 9, por la que deberá viajar 10 paradas hasta alcanzar su destino.

Esta odisea a través de tres líneas de metro, un autobús y varios minutos a pie puede suponer para el viajero del caso expuesto entre un 50% y un 90% más del tiempo habitual que emplea en dicho desplazamiento. Y sólo es una de las miles de peripecias que vivirán los usuarios en los próximos cuatro meses.

Los gestores de Metro de Madrid, una empresa pública con más de 1.000 millones de euros de presupuesto, un patrimonio neto superior a los 480 millones y una cifra de negocio de 783 millones, puede que no utilicen mucho el transporte con el que juegan al Scalextric con los madrileños. Aunque bastante tienen con diseñar un plan para afrontar la deuda de 659,4 millones de euros con una docena de bancos acreedores que expirará, según sus estimaciones más optimistas, no antes del año 2035. Una deuda que, por cierto, pagamos todos.

No sabemos si para entonces se habrán satisfecho esos préstamos, si el servicio en Línea 1 estará restablecido o si España seguirá jugando a la ruleta rusa con el voto. Sea como sea, nosotros volvemos en septiembre.

martes, 1 de diciembre de 2015

La ciudad de la alegría

Decía Manuela Carmena antes de su pájara existencial que pretende hacer de Madrid una ciudad donde la gente sea feliz. No le negaremos su positividad, pero harto difícil lo tiene la alcaldesa. Desde que los abuelos de los nuevos demócratas empezaran a bombardear esta urbe en el 36, la gente perdió su sonrisa. Y hasta hoy.

Sí, dura aún esa mueca entre la náusea y la incomprensión de lo que ocurre alrededor. Porque ya no sabes si la próxima hostia te vendrá de un jefe engorilado, del extracto del banco o del recuento de papeletas del 20-D. El caso es que sólo mantienen la sonrisa los niños y los locos: unos, por defecto de experiencia; otros, por exceso de ella. 

Desde que el despertador rebuzna por la mañana, se hace complicado torcer la boca para enseñar los dientes (hasta los músculos se han atrofiado como por efecto del bótox). Despiertas con un móvil del que sólo te llegan malas noticias por las redes sociales y al que te llaman para: a) pedirte dinero b) acabar discutiendo.

Salir de casa debería ser candidatura a Medalla de Honor del Congreso. El día te recibe con una neblina oscura, mezcla de humo, grasa y estrés en taza de café. Te juegas la vida en cada paso de peatones, donde esos cabrones paisanos hacen eslalon contigo, como si recibieran puntos por pasar a medio centímetro de ti. La pena es que en vez de quitárselos del carné no se los grapen en la cara en cualquier servicio de Urgencias.

Llegas al tajo, si es que lo tienes ("hay que dar gracias de tener trabajo" pasará a la Historia de España como la frase que resuma a una generación), y la cosa no mejora. Eres sospechoso de provocar pérdidas en la cuenta de resultados de la empresa. Cualquier cosa que hagas, digas o pienses será utilizada en tu contra y podrán aplicarte la ley de vagos y maleantes con 20 días por año trabajado.

Cuando acaba tu jornada, dispones de tu tiempo de ocio con una quita de 15 minutos en cada trasbordo de Metro. Luego, elige: cena, peli o copa, y prepárate para entrar en una jungla donde siempre eres el último de la fila. 

Para cerrar la noche, escapas a casa, donde esperas algo así como la paz. Si a la vecina de arriba no le da por taconear el parqué o al de al lado por regoldar la cena, puedes intentar leer a la luz de la lámpara. Aunque mejor resultaría ahorrar el precio del recibo y comprar un billete a Marte en busca de vida inteligente. O, al menos, con trazas de felicidad.

jueves, 1 de octubre de 2015

La felicidad en 100.000 metros cuadrados

Una de las formas de ocio preferida de los españoles es visitar los centros comerciales. Diez salas de cine, una veintena de restaurantes y medio centenar de tiendas para alcanzar la felicidad. A mediados de este año, según la Asociación Española de Centros y Parques Comerciales, había en este país 546 centros comerciales; de ellos, 226 se han creado desde el año 2000. Y hasta 2017, se construirán otros 20. En su conjunto, los ya existentes ocupan una superficie de unos 15,5 kilómetros cuadrados. Más que la ciudad de Cádiz (12,10 kilómetros cuadrados) o Melilla (12,3).

Hace unos días, regresé después de mucho tiempo a La Gavia, "el mayor centro comercial de la ciudad de Madrid", como se suele vender (otro duro golpe a la fama de mi antiguo barrio). 
Para los alérgicos a las compras como yo resulta más sencillo encontrar todos los comercios agrupados, para así poder huir cuanto antes. Mi visita a una conocida tienda de muebles y decoración sueca (sí, chico listo: era Ikea) me devolvió las ganas de no volver por un tiempo. 

Fui pasadas las tres de la tarde, pensando que a esas horas la gente se dispondría felizmente a dormir su siesta. Iluso de mí, comprobé que la mitad se encontraba en el restaurante insertado en esa tienda, mientras el resto hacía la digestión viendo dormitorios y estanterías. Con un itinerario marcado, riadas de gente se dejaban arrastrar con sus carros como los peces muertos por la corriente. Algunas criaturas bajitas se interponían en el camino para convertirlo en una carrera de obstáculos. Y personas que en otra vida juraron quererse discutían por el color de los cojines. Agarré una funda de nórdico con nombre de delantero del Göteborg y me largué. 

Durante 2014, estos centros recibieron 1.803 millones de visitas. Es decir: 1.803 millones de tardes perdidas en estos templos del consumo. En número de personas, La Gavia multiplica por seis los visitantes del Museo del Prado: 15 millones de seres racionales deciden pasar por el centro comercial y 2,5 millones asistir a la pinacoteca.

Para algunos, acudir a estos emporios es una forma de viajar. Allí encuentras franceses, chinos, árabes... todos con sus bolsas azules y amarillas. Sin necesidad de visado, viajando en metro o con su propio coche. Los niños ahogan su infancia en las piscinas de bolas de las hamburgueserías; las parejas otean el futuro de su relación en las colas de los cines y los jubilados agotan sus últimas horas mirando el escote a la cajera. Felicidad, lo llaman.