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miércoles, 15 de mayo de 2019

Nuevos retos

"Entre la duda de hacer o no hacer, siempre haz: si te equivocas, te queda la experiencia, pero si no haces, te queda la frustración". La frase, atribuida a Alejandro Jodorowsky, ilustra bien la toma de una decisión tan trascendente como es el cambio de costumbres que, por su significación, trastocan por completo una existencia. Eso que los posmodernos llaman "salir de la zona de confort" y que, en román paladino, es un cambio de vida.

La inercia del día a día nos va adentrando en una nebulosa que, si bien puede ser desagradable, nos resulta propia. En ella, aunque no podemos vislumbrar otro camino, nos encontramos cómodos pese a la oscuridad. Trabajo, localizaciones, rutinas, personas que conforman el álbum de nuestra biografía... En definitiva, lugares comunes, identificables, donde nos reconocemos con facilidad frente al espejo.

Abandonar hábitos cultivados durante años supone un esfuerzo ímprobo. Hasta al preso, cuando está a punto de abandonar su celda, puede costarle dar el paso que le conduce a la libertad. Pesa así más el miedo a la incertidumbre ante una situación nueva que la esperanza de enmendar su circunstancia, por muy oscura que ésta sea.     

La inseguridad o la desconfianza frente a un futuro incierto no pueden, sin embargo, menospreciar la oportunidad que se abre cuando se decide cambiar de hábitos. Nuevos aires que ventean los automatismos aprendidos; proyectos que sustituyen a otros ya obsoletos. O, que en el mejor de los casos, dejaron de aportar la satisfacción de antaño.

Decidirse a tomar un nuevo camino conlleva sus riesgos. El principal: que un día la novedad deje de serlo. Pero hasta que pueda llegar ese momento, si es que lo hace, mejor aventurarse en lo desconocido y recuperar la facultad de emocionarse. A fin de cuentas, los años de vida son limitados, como la capacidad de ser feliz.

Y feliz ha sido el que escribe estas líneas compartiendo con ustedes sus reflexiones quincenales. Unas Tardes Corrientes de las que, por un tiempo indefinido, me ausentaré para centrarme en otras rutas. Si han llegado hasta aquí, sólo puedo darles las gracias por haberme acompañado. ¡Hasta pronto!

lunes, 15 de abril de 2019

Hasta aquí

"La virtud es el punto medio entre dos extremos, uno de los cuales lo es por exceso y otro por defecto". La máxima aristotélica ha perdido su sentido en un mundo empapado por el relativismo moral, social y económico. La noción de juventud (prorrogada hasta el ridículo), el nivel de ingresos dignos (rebajado hasta el insulto) o los baremos de colesterol aceptables (interpretados a su antojo por la industria farmacéutica) son algunos ejemplos de ese trilerismo conceptual.

En esta contingencia perpetua, la copa de vino peleón que espera su gaseosa ilustra la medida de todas las cosas. Cada cual tiene su nivel óptimo, ese punto de no retorno donde esboza al que le sirve su propio "hasta aquí". Rebasado ese nivel, el trago le resultará un tanto amargo; por debajo de esa cota, le caerá desabrido al paladar.

Ocurre con los empleos: además de la necesidad perentoria de ingresos en un mercado laboral esclavista, la permeabilidad a la desazón que provoca un puesto laboral tedioso depende del grosor de la piel de cada individuo. La paciencia que para algunos se agota en semanas, para otros puede postergarse durante décadas. En cualquier caso, llega un momento en que el trabajador, hastiado de una situación sin margen de maniobra, decide plantarse ante su superior y espetarle: "hasta aquí".  

Lo anterior puede extrapolarse prácticamente a cualquier ámbito de la vida: relaciones amorosas monótonas, contratos de alquiler usurarios, bromas que agotan al más templado o hábitos perpetuados en el tiempo. "Hasta aquí" marca el cambio de paso y la construcción de nuevas estructuras mentales que, pasado un lapso determinado, perderán el atractivo de lo novedoso y serán consideradas igualmente caducas.

¿Dónde está ese tope? ¿Cuándo salta la resignación por los aires? La frontera de la tolerancia es difusa, independientemente de la complejidad de cada sujeto. Sólo la voz interior (ya se le denomine conciencia, inspiración o arrebato) determina el instante exacto en el que se terminan las excusas y se procede a la acción. 

Aquellos que pulsan el botón rojo son adjetivados por el resto que permanece incólume: valientes, temerarios o locos. Y su decisión es catalogada a la ligera como error o acierto, sin término medio. Todos juzgan sin conocer la situación del otro, un ejercicio donde el español medio destaca sobremanera. Por eso, siempre que determine su propio "hasta aquí", ignore al mundo y sólo contemple su juicio. A fin de cuentas, como la copa de vino con gaseosa sobre la mesa, las elecciones de su vida sólo las saboreará usted.

viernes, 15 de marzo de 2019

Derecho de admisión

Un sábado por la mañana de hace no mucho, me encontraba desayunando en el que, hasta entonces, era mi bar de referencia. Mientras engullía unas tostadas con café, entró una mujer. Pidió un té y depositó en la barra las monedas que sumaban los 1,30 euros de su consumición. La camarera le espetó que ese dinero no era válido en su establecimiento y que debía gastarlo en otro comercio como, por ejemplo, las tiendas regentadas por chinos.

Para el lector que pretenda comprender esta surrealista escena, daré una serie de detalles que quizás le sirvan para atar cabos: la persona que recibió esa respuesta era una mujer de unos 50 años, de etnia gitana, extranjera, que pide regularmente en esa calle, no habla bien español y las monedas con las que pretendía pagar eran de 2, 5, 10 y 20 céntimos de euro. 

Después de recoger su dinero de curso legal, la mujer en cuestión dio media vuelta y se fue. Tras cruzar la puerta del bar, la camarera y propietaria del local comenzó un monólogo (y fue así porque no encontró respuesta de los escasos presentes): "Si les dejas, se te llena el bar de gentuza". Y tras una serie de frases en esta línea, coronó su soliloquio con una pregunta que pretendía ser retórica: "¿Por qué no se volverán a su país?".

La Comunidad de Madrid regula el derecho de admisión como "eficaz instrumento para impedir la violencia y las alteraciones del normal desarrollo de espectáculos y actividades, nunca como excusa para el ejercicio de la arbitrariedad y la discriminación en unos locales que, por definición, están abiertos a todo el público y no sólo a las personas que el responsable decida admitir en cada momento". Y asegura que "no podrá utilizarse para restringir el acceso de manera arbitraria o discriminatoria, ni situar al usuario en condiciones de inferioridad, indefensión o agravio comparativo".

Bajo esta definición, y siendo muy generosos, podemos decir que la propietaria del recinto hizo, cuanto menos, una interpretación errónea del derecho de admisión. Una competencia que, por otro lado, no ha aplicado en otras ocasiones de las que he sido testigo; por ejemplo, cuando algún cliente en estado de embriaguez "alteraba el normal desarrollo" de la actividad en su local o algún otro reclamaba que le anotara su consumición "en la cuenta".

Si fuéramos un poquito más suspicaces, podríamos pensar que el racismo, el clasismo, la xenofobia o la aporofobia (o una combinación de todas) fueron los motivos reales que empujaron a esta ciudadana, propietaria de un bar, a actuar de esa manera. Pero nuestro buen hacer no nos permite ni siquiera sugerirlo.

En cualquier caso, la misma libertad que le posibilita aplicar de forma sui géneris el derecho de admisión permite a clientes como yo no volver a un bar regentado por una persona con este tipo de opiniones. Tal vez si el grueso de su clientela decidiera no regresar, ella misma podría responderse a la duda esbozada más arriba: si tuviera que cerrar su negocio y no contara con otros recursos, quizás no tendría reparos en recurrir a cualquier solución, incluida la emigración o la mendicidad, para sobrevivir. Independientemente de lo que opinasen aquellos que rechazaran su dinero y su sola presencia.

martes, 1 de enero de 2019

No soy yo, eres tú

Dicen que las despedidas son duras. Los abrazos previos a los controles de seguridad en los aeropuertos o los llantos enlatados en los sofás de los reality televisivos parecen confirmar la teoría. Pero decir adiós no siempre tiene por qué ser sinónimo de penitencia. Es más: hay ocasiones en las que poner tierra de por medio con determinadas personas o situaciones supone una obligación moral. 

Esta prescripción facultativa debería ser forzada en todas las relaciones insanas. Las de pareja son las más proclives a derivar en pesadilla en nombre del amor y la costumbre (se olvida que, también con Eros como excusa, se desató la guerra de Troya hace ya más de 3.000 años). Cuando se viola el principio básico que coloca los límites de la libertad propia en la frontera con la ajena, el cariño y la pasión mudan en una cárcel de infelicidad donde se vive de tiempos pretéritos. Como si el pasado por sí solo pudiera sostener el futuro.

Más allá de las relaciones de pareja, los lazos de consanguinidad se convierten, en determinadas circunstancias, en sogas al cuello. Una palabra, familia, parece el comodín para justificar todo tipo menosprecios entre personas que comparten apellido. La presión social, esa obligación de contar con una parentela bien avenida por encima de todas las cosas, empuja a muchos infelices a continuar sufriendo el maltrato psicológico en el seno genealógico. Y, por supuesto, con una sonrisa pintada en la fachada.  

Por no hablar de aquellos que viven con el miedo a la soledad metido en los huesos y prefieren compartir su tiempo con personas a las que no soportan con tal de estar acompañados. El concepto de amistad, en dichas situaciones, transmuta en una suerte de comparsa interesada, donde el supuesto premio (la compañía, sea cual sea) compensa el precio a pagar (una incomodidad manifiesta). 

El paradigma de adiós necesario se produce en el ámbito laboral. Contar con un empleo mal remunerado, donde el jefe de turno valora más las funciones de la grapadora que las del trabajador o en el que el círculo de compañeros es un nido de puñales al costado (o, por qué no, todo en conjunto) hace perentoria la huida. Claro que, en este caso, la dificultad se redobla: entra en juego la subsistencia vía salario, lo que puede obligar a alargar la condena sine die.  

Por todo lo anterior, a la hora de corroborar el tópico de la dureza de las despedidas, mejor detenerse a pensar en escenas en las que, quien más, quien menos, se ha visto inmerso de lleno. Decir adiós puede ser el mayor acto de liberación. Por eso, no tengan miedo si en algún momento de la vida deben plantarse (ante una pareja, un pariente, un amigo o un jefe). Cojan aire y díganlo sin reparo: lo siento, pero no soy yo, eres tú.

lunes, 1 de enero de 2018

La trampa del pasado

No hace mucho, regresé al que fue mi barrio durante tres años. Las calles que en ese intervalo me parecieron, en ocasiones, inhóspitas y desconocidas, las encontré ahora con una expresión de cordialidad que me recibió a través de una suave brisa. Los vecinos, el asfalto, las fachadas de cemento y hasta los motores de los coches parecían acogerme.

Es curioso cómo lo que hoy es percibido extraño y ajeno, con el paso del tiempo es idealizado. Ocurre con las relaciones que se terminan (infiernos en el presente que se envuelven de calidez con la pátina de los años), los ciclos vitales (¿quién no añora la odiada época de estudiante?) y también con los lugares.

Sin duda, la mala memoria es responsable de esto. Y nos pone zancadillas en el presente, para que lo percibamos, no ya como ocurrió verdaderamente, sino de forma diferente al pasado que realmente fue. Una suerte de holograma, de representación, que refleja una visión que en nada se parece a la vivida.

En esa trampa espacio-temporal, estamos condenados a esperar el futuro para encontrar a nuestro ahora más atractivo, en un juego sin fin que nos conduce al delirio. Bajo esa falsa premisa, todo tiempo aún no llegado nunca será mejor que el ya concluido; incluso si ese momento finiquitado nos torturó hondamente, la óptica engañosa de la posteridad le otorgará un aire totalmente renovado.

La parte positiva de este sinsentido es que nos aproxima a la comprensión del absurdo que nos empapa: ese que, por todos los medios, busca un significado, un fin, a un mundo que se desvela incoherente. En definitiva, una tierra hostil, que guarda silencio ante nuestros interrogantes y se muestra indiferente ante nuestras dudas, tormentos o cuestiones teleológicas más fundamentales.

Ante ese disparate humano, Camus planteaba tres respuestas racionales: el suicidio físico, la creencia religiosa (denominada "suicidio filosófico") o abrazar el absurdo para seguir viviendo, en una suerte de rebelión ante la incoherencia. Y era esa última opción, la de aceptar este mundo descabellado hasta sus últimas consecuencias, por la que se decantó el filósofo. Una tesis expuesta de manera magistral en su ensayo El mito de Sísifo, donde utiliza como parábola el castigo divino del personaje mitológico, condenado a subir eternamente una piedra por una pendiente y dejarla caer una y otra vez.

Recobrar la conciencia de la muerte es el mejor regalo que puede proporcionarnos esa conciencia plena del absurdo. Una forma de cortocircuitar el círculo vicioso que supone esa perenne idealización del pasado. Y lo que es más importante (aunque resulte paradójico): esa percepción permite dotarse de consciencia, despertar a la vida, para así encarar el futuro con el optimismo del que nada tiene que perder. 

viernes, 15 de diciembre de 2017

Mirar por la ventana

Enmarañados en las redes sociales o masticando la basura catódica que expulsa la televisión, las personas ya no miran por la ventana. Salvo para tender la ropa, regar las plantas o comprobar el estado del tiempo, pocos se detienen a contemplar su mundo inmediato más allá de las cuatro paredes que los encierran.

Las connotaciones negativas que arrastra este acto de plena libertad coartan a la inmensa mayoría. Las voces maledicentes que los tildan de "cotillas" provocan que estos individuos temerosos encaren el dintel con vergüenza, como queriendo esquivar la visión que se les presenta al otro lado de su reflejo.

Descorrer cortinas, levantar persianas y atravesar el vidrio con la mirada es la forma más preclara de aventar la mente. Admirar el brillo del sol entre las nubes, envolverse en la melancolía mientras resbalan las gotas de lluvia por el cristal o abstraerse en el vuelo de una golondrina son alimento para el espíritu. 

Una de las maravillas que ofrece mirar por la ventana es la de comprobar la mutabilidad del tiempo. El paso de los años puede corroborarse, por ejemplo, a través del deterioro de los ladrillos en las fachadas. Al igual que la marcha del procés se determina por la paulatina degradación de las banderas de España pendientes de los balcones.

Desde la cristalera, el ser humano se observa a sí mismo, como si la sociedad que otea fuera un espejo donde encontrarse. Ya en la estampa de ese anciano que, envuelto en su bata gris, se marchita cada invierno ante una pantalla. Ya en esa otra mujer que, en las noches de verano, se adentra en la cocina desnuda mientras sus curvas se intuyen entre la tenue luz de la nevera. 

Las interacciones sociales que se muestran a cielo abierto nos hacen reflexionar acerca de la condición animal que aún habita en nosotros. Cada grito, cada insulto, cada falta de civismo presenciado desde ese mirador interior nos golpea el estómago para presentarnos como una especie miserable a medio evolucionar. 

Para los atribulados, la única salida es acodarse en el balcón, encender un pitillo y apuntar la vista al cielo al compás del humo que se eleva, como esas aspiraciones que siempre mueren no se sabe dónde. Mientras otros, los más descreídos, deciden estrellar sus anhelos contra el asfalto en una caída cruel que les sirve de feroz epitafio.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Llenar el tiempo

Modelo 1: día laboral

Suena el despertador. Consultas las redes sociales. Te levantas. Desayunas. Engulles. Te aseas. Consultas las redes sociales. Vas al gimnasio. Sudas. Te duchas. Consultas las redes sociales. Vas a casa. Bebes café. Fumas. Consultas las redes sociales. Coges el bus (metro, coche, taxi). Llegas a la oficina (fábrica, andamio, comercio). Trabajas. Consultas las redes sociales. Pausa para comer. Engulles. Regresas a tu puesto. Trabajas. Te cansas. Consultas las redes sociales. Anochece. Coges el bus (metro, coche, taxi). Consultas las redes sociales. Compras. Entras en casa. Besas a tu mujer (marido, padre, perro). Preparas la cena. Enciendes la televisión. Engulles. Observas cómo te roban. Te pones el pijama. Fumas (bebes, practicas sexo, lees). Consultas las redes sociales. Entras en la cama. Duermes. Sueñas (tienes pesadillas, insomnio). Martes, miércoles, jueves, viernes (sábado, domingo). 

Modelo 2: jornada de descanso 

Suena el despertador (te despierta el vecino, el perro del vecino, las obras del vecino, el coche del vecino). Consultas las redes sociales. Te levantas. Te duchas. Preparas el desayuno. Engulles. Consultas las redes sociales. Coges el bus (metro, coche, taxi). Compras (limpias, cocinas, paseas, vas a clases de pintura, ganchillo, física cuántica). Consultas las redes sociales. Regresas a casa. Besas a tu mujer (marido, padre, perro). Preparas la comida. Engulles. Consultas las redes sociales. Caes en el sofá. Enciendes la televisión. Observas cómo te roban. Duermes. Sueñas (tienes pesadillas, insomnio). Atardece (anochece). Suena el teléfono. Quedas con amigos (novia, padres, suegros, colegas, cuñado, en soledad). Te duchas. Consultas las redes sociales. Coges el bus (metro, coche, taxi). Entras al bar (cine, teatro, museo, estadio, centro comercial, biblioteca, ciudad, campo). Consultas las redes sociales. Charlas (fumas, bebes, engulles, escuchas, discutes, miras). Anochece (amanece). Coges el bus (metro, coche, taxi). Consultas las redes sociales. Llegas a casa. Enciendes la televisión. Observas cómo te roban. Te pones el pijama. Fumas (bebes, practicas sexo, lees). Entras en la cama. Consultas las redes sociales. Duermes. Sueñas (tienes pesadillas, insomnio). Sábado, domingo (lunes, martes, miércoles, jueves, viernes). 

Teoría general del modelo

Suena el despertador. Te llevan al colegio. Vas al instituto. Vas a la universidad. Te gradúas. Trabajas. Consumes. Observas cómo te roban. Pagas impuestos (casa, luz, agua, gas, teléfono, comida, coche, seguros, viajes, cursos). Observas cómo te roban. Conoces a una mujer (hombre, animal, ente astral). Compras una vivienda. Observas cómo te roban. Formas una familia. Observas cómo te roban. Consumes. Te quedas en paro. Buscas trabajo. Lo encuentras. Observas cómo te roban. Consumes. Te jubilas. Cobras pensión. Observas cómo te roban. Sobrevives con tu pensión. Mueres. Suenan las campanas. Observan cómo te robaron.

Coda

¿Llenas el tiempo o el tiempo te llena a ti? ¿Disfrutas de él o él abusa de ti? ¿Eliges cómo usarlo o él te usa a ti? ¿Construyes tu tiempo o tu tiempo te destruye?

Es tarde.

viernes, 1 de julio de 2016

Tiempo y libertad

En  su epílogo a Guerra y Paz, Tolstoi reflexiona entre otras muchas cosas acerca de la relación entre la libertad y la necesidad en los actos humanos. La conclusión a la que llega es que esa relación es inversamente proporcional: cuanto más pesa la necesidad, menos cabida tiene la libertad, y viceversa. A su vez, indica tres factores para medir el peso de una variable sobre otra: la interacción del autor del acto con el mundo exterior, el tiempo transcurrido entre el desarrollo de la acción y su estudio y, por último, el conocimiento de las causas que provocan dicho acto.
De esta forma, y según su razonamiento, cuanta mayor relación tengamos con el medio externo, más influencia tendrá en nosotros, y seremos menos libres; cuanto más tiempo haya sucedido entre el hecho que estudiemos y el momento de su observación, menos autónomo nos parecerá; y cuanto mayor sea el conocimiento que tengamos de las causas que lo han desencadenado, menor libertad apreciaremos en él.
"Si me traslado en la memoria a un acto más lejano, de hace diez años o incluso más, entonces sus consecuencias me resultarán aún más evidentes y me será difícil representarme cualquier cosa si aquel hecho remoto no hubiera existido. Cuanto más retroceda en la memoria o, lo que es lo mismo, cuanto más proyecte hacia el futuro mi juicio, tanto más dudosos me parecerán mis razonamientos acerca de la libertad del acto realizado".
El autor ruso presenta así el tiempo como el hilo que hilvana el discurso de nuestra existencia, con el que construirnos el relato de nuestra realidad. El trabajo que elegimos, la novia a la que dejamos marchar o el resultado de las últimas elecciones generales parecen acontecimientos incomprensibles en el momento en que se producen, pero adquieren sentido vistos a través del tamiz de los años.

Nuestro pasado funcionaría así como un puzle, donde cada hecho, cada circunstancia, cada decisión tomada ocupa su lugar para dibujar un paisaje claro de nuestra existencia pasado equis tiempo, hasta arrojar la luz definitiva sobre nuestro presente. Un hoy que a la vez es difuso cuando se observa en el momento en que transcurre.

Esta idea es harto generosa con los hombres, a los que atribuye capacidad de síntesis y una finalidad en cada uno de sus actos. Sin embargo, obvia algo importante, más allá del libre albedrío: la infinitud de la estupidez humana. Sólo así pueden explicarse algunos de los acontecimientos que observamos casi a diario.

Sin hacer mención de esta realidad, el propio autor, ya al final de su exposición, concede que sólo podemos hacernos "impresiones" acerca de la libertad y de la necesidad:

"(...) por mucho que cambiemos nuestro punto de vista, por más esfuerzos que hagamos para explicarnos la relación en que se encuentra el hombre con el mundo exterior, por más comprensible que nos resulte, por más que tratemos de alargar o acortar el período de tiempo, por más que nos parezcan comprensibles o incomprensibles las causas, nunca podremos representarnos la necesidad completa ni la libertad absoluta".

Quedamos así ante una balanza formada por el platillo de los condicionantes (sociales, culturales, biológicos) y el de la capacidad de elección: en ocasiones, ésta se desequilibrará de un lado, para hacerlo del segundo en otras tantas. Pero con independencia de las veces que pese más la necesidad o la libertad, la parte más importante del artilugio se sitúa en el fiel: la pieza que marca la igualdad de los pesos comparados queda en manos de un tiempo que acaba por desequilibrarnos a todos.

martes, 1 de diciembre de 2015

La ciudad de la alegría

Decía Manuela Carmena antes de su pájara existencial que pretende hacer de Madrid una ciudad donde la gente sea feliz. No le negaremos su positividad, pero harto difícil lo tiene la alcaldesa. Desde que los abuelos de los nuevos demócratas empezaran a bombardear esta urbe en el 36, la gente perdió su sonrisa. Y hasta hoy.

Sí, dura aún esa mueca entre la náusea y la incomprensión de lo que ocurre alrededor. Porque ya no sabes si la próxima hostia te vendrá de un jefe engorilado, del extracto del banco o del recuento de papeletas del 20-D. El caso es que sólo mantienen la sonrisa los niños y los locos: unos, por defecto de experiencia; otros, por exceso de ella. 

Desde que el despertador rebuzna por la mañana, se hace complicado torcer la boca para enseñar los dientes (hasta los músculos se han atrofiado como por efecto del bótox). Despiertas con un móvil del que sólo te llegan malas noticias por las redes sociales y al que te llaman para: a) pedirte dinero b) acabar discutiendo.

Salir de casa debería ser candidatura a Medalla de Honor del Congreso. El día te recibe con una neblina oscura, mezcla de humo, grasa y estrés en taza de café. Te juegas la vida en cada paso de peatones, donde esos cabrones paisanos hacen eslalon contigo, como si recibieran puntos por pasar a medio centímetro de ti. La pena es que en vez de quitárselos del carné no se los grapen en la cara en cualquier servicio de Urgencias.

Llegas al tajo, si es que lo tienes ("hay que dar gracias de tener trabajo" pasará a la Historia de España como la frase que resuma a una generación), y la cosa no mejora. Eres sospechoso de provocar pérdidas en la cuenta de resultados de la empresa. Cualquier cosa que hagas, digas o pienses será utilizada en tu contra y podrán aplicarte la ley de vagos y maleantes con 20 días por año trabajado.

Cuando acaba tu jornada, dispones de tu tiempo de ocio con una quita de 15 minutos en cada trasbordo de Metro. Luego, elige: cena, peli o copa, y prepárate para entrar en una jungla donde siempre eres el último de la fila. 

Para cerrar la noche, escapas a casa, donde esperas algo así como la paz. Si a la vecina de arriba no le da por taconear el parqué o al de al lado por regoldar la cena, puedes intentar leer a la luz de la lámpara. Aunque mejor resultaría ahorrar el precio del recibo y comprar un billete a Marte en busca de vida inteligente. O, al menos, con trazas de felicidad.

martes, 1 de septiembre de 2015

Septiembre

Septiembre suena a ocaso, a despedida, a un ‘hasta siempre’. A atasco en hora punta, a cafetera hirviendo, a risa forzada. Tiempo de balance y nuevos propósitos, semilla de futuras frustraciones. El asfalto va con prisas, echa humo y mal humor. Funcionarios bronceados y niños de uniforme se mezclan sin tocarse buscando oficinas grises y aulas sucias. El despertador se ríe de ti a carcajadas.

Septiembre huele a moqueta de gimnasio con matrícula gratis. A cocina de bar con menú del día. A perfume barato, a tapicería de coche, a la lluvia que se avecina. El frío espanta cucarachas y resucita ratas con corbata. Repetimos sin interés a gente extraña las vivencias tenidas en su ausencia. Y soportamos el odio que nace al evocar lo pasado. 

Septiembre sabe amargo. A tabaco rubio, a sopa de sobre, a cerveza en lata. El estrés cotiza al alza y los psicólogos comienzan su agosto. El noveno mes del año incumple su mandamiento homólogo y se llena de deseos impuros. Fingimos ser importantes y soñamos con el fin de semana. El extracto del banco es la única carta que se espera. 

Septiembre juega al trueque: cambia vicios por virtudes. Cierra la maleta con candado. Amanece nublado y no usa filtro de Instagram. Pone treinta días por delante para cultivar rencores. Buen momento para iniciar disputas (hasta la Segunda Guerra Mundial empezó en septiembre). Te adelanta por la derecha sin intermitente. Es contagioso. 

Septiembre anuncia el vértigo por el fin de algo que se acaba. Mata una parte que ya nunca vuelve. Para unos, su vida es un septiembre perpetuo. Para otros, su septiembre llega en junio. O a los 40. O el día de su boda.  

Septiembre es un estado de ánimo agazapado en el subconsciente. Habla y no escucha. Como las nubes, regresa sin haberse ido nunca. Con otro rostro y otro miedo debajo del brazo. Cuando menos se le espera, entra por la ventana y se cuela en las rendijas del pensamiento. Se instala con intención de quedarse.  

Por suerte, como todo en la vida, como la misma vida, tiene algo bueno: se acaba. 

Feliz septiembre.