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lunes, 15 de abril de 2019

Hasta aquí

"La virtud es el punto medio entre dos extremos, uno de los cuales lo es por exceso y otro por defecto". La máxima aristotélica ha perdido su sentido en un mundo empapado por el relativismo moral, social y económico. La noción de juventud (prorrogada hasta el ridículo), el nivel de ingresos dignos (rebajado hasta el insulto) o los baremos de colesterol aceptables (interpretados a su antojo por la industria farmacéutica) son algunos ejemplos de ese trilerismo conceptual.

En esta contingencia perpetua, la copa de vino peleón que espera su gaseosa ilustra la medida de todas las cosas. Cada cual tiene su nivel óptimo, ese punto de no retorno donde esboza al que le sirve su propio "hasta aquí". Rebasado ese nivel, el trago le resultará un tanto amargo; por debajo de esa cota, le caerá desabrido al paladar.

Ocurre con los empleos: además de la necesidad perentoria de ingresos en un mercado laboral esclavista, la permeabilidad a la desazón que provoca un puesto laboral tedioso depende del grosor de la piel de cada individuo. La paciencia que para algunos se agota en semanas, para otros puede postergarse durante décadas. En cualquier caso, llega un momento en que el trabajador, hastiado de una situación sin margen de maniobra, decide plantarse ante su superior y espetarle: "hasta aquí".  

Lo anterior puede extrapolarse prácticamente a cualquier ámbito de la vida: relaciones amorosas monótonas, contratos de alquiler usurarios, bromas que agotan al más templado o hábitos perpetuados en el tiempo. "Hasta aquí" marca el cambio de paso y la construcción de nuevas estructuras mentales que, pasado un lapso determinado, perderán el atractivo de lo novedoso y serán consideradas igualmente caducas.

¿Dónde está ese tope? ¿Cuándo salta la resignación por los aires? La frontera de la tolerancia es difusa, independientemente de la complejidad de cada sujeto. Sólo la voz interior (ya se le denomine conciencia, inspiración o arrebato) determina el instante exacto en el que se terminan las excusas y se procede a la acción. 

Aquellos que pulsan el botón rojo son adjetivados por el resto que permanece incólume: valientes, temerarios o locos. Y su decisión es catalogada a la ligera como error o acierto, sin término medio. Todos juzgan sin conocer la situación del otro, un ejercicio donde el español medio destaca sobremanera. Por eso, siempre que determine su propio "hasta aquí", ignore al mundo y sólo contemple su juicio. A fin de cuentas, como la copa de vino con gaseosa sobre la mesa, las elecciones de su vida sólo las saboreará usted.

viernes, 1 de febrero de 2019

Construir recuerdos

El álbum fotográfico de la conciencia guarda imágenes que se revelan en nuestro córtex cerebral cuando menos se las espera. También se rebelan contra nuestro corazón cuando éste las creía ya más que sepultadas por el tiempo. En ambas situaciones (de exposición o de amotinamiento), al ser humano sólo le queda dejarse embargar por esa fuerza irracional. 

Los recuerdos nos asaltan a punta de navaja a cualquier hora del día. No muestran ninguna piedad en el momento de testar nuestra tolerancia al pasado. Simplemente, surgen. Son manifestaciones de etapas pretéritas que, embarcadas en batiscafos, emergen a la superficie tras un largo periodo de exploración por el subconsciente.

Sonidos, fragancias, sabores o imágenes evocan el recuerdo en cualquiera de sus formas y sentidos. Un amor perdido, la risa de un familiar difunto, un viaje al rincón más lejano del globo, la última charla con un amigo o el sabor de un guiso de la infancia pueden presentarse ante nosotros invocados por arte del tejido neuronal. 

La idealización de los recuerdos forma parte del menú en la mesa del nostálgico. Platos que se suceden para alimentar la melancolía de los más templados. La justa medida hace que, a cucharadas pequeñas, la reminiscencia sea apetecible, pero en cantidades copiosas pueda provocar trances engorrosos. Y en ese banquete de morriña, no es extraño que el empacho de los tristes les conduzca a las fronteras de la depresión. 

De forma pueril, como ese niño a su juguete más preciado y viejo, nos aferramos a los recuerdos de un pasado que, quizás, nunca fue. O, al menos, no en la forma en que lo rememoramos. Incluso escenarios ya lejanos que nos parecieron negativos cuando los experimentamos, hoy pueden ser percibidos como gratos vistos desde el tamiz de la remembranza.   

En este ejercicio de funambulismo memorístico, no somos conscientes de que esos recuerdos, algún día, fueron presente. Tan real como el que hoy nos hunde en la cotidianidad más salvaje. Pero hay algo aún más relevante, que despreciamos por evidente: como seres (moderadamente) racionales, podemos esforzarnos en crear una vida que, en un futuro no lejano, será un recuerdo excelente. No lo olviden.

domingo, 15 de julio de 2018

Esperas

"Los tristes tienen dos motivos para estarlo: ignoran o esperan". La cita recurrente de Albert Camus que acompaña a esta bitácora señala dos males que azotan al ser humano desde la noche de los tiempos: el desconocimiento y la espera. Si el primero, en determinadas situaciones, es considerado una dicha, el segundo conduce a la desesperanza más absoluta.

La espera y el tiempo cabalgan juntos. En una relación directamente proporcional, la noción del paso de los segundos se acentúa cuando se acrecenta la espera. Pero ésta, como el tiempo, resulta relativa: nunca es igual para dos sujetos. Lo que para uno supone una lenta tortura, para otro no pasa de un mero tránsito entre dos instantes. 

Ese relativismo temporal implica que no todas las esperas sean iguales. Convengamos en que no resulta equiparable la impaciencia del telespectador ante la pausa publicitaria que el transcurrir de los días para el opositor que aguarda la nota de su última convocatoria. O, en los casos más extremos, la vigilia del paciente ante los resultados de unas pruebas médicas.

Sea como fuere, la espera está insertada en nuestras venas, se respira a diario. En esta era de frenesí, dominada por la prisa, aún se vuelve más tangible por la impaciencia que nos empapa. Ya sea en la parada del autobús, frente a la puerta de un baño público, en la terminal de un aeropuerto o en la butaca de la sala del dentista, a diario acapara centenares de momentos.

El mayor drama de la espera es que, en ocasiones, nunca termina. En ese escenario crítico, se convierte en un continuo, donde cada minuto del día, cada día del mes y cada mes del año son una concatenación de esperas. Lo sabe el pretendiente que nunca halló el amor verdadero, el oficinista que jamás atrapó su ascenso o el idealista que pereció engullido por un mundo infame.

Ante la incertidumbre de la espera, el manto de la esperanza es la salvaguarda para todos los que viven expectantes de cambio. La promesa de la venida de un algo que quizás sólo exista en su imaginación, como un paraíso perdido que anhela recobrarse. Ese sentimiento vehemente es lo único que los mantiene erguidos en proa, ansiosos por avistar tierra, combatiendo la sentencia de André Giroux: "El infierno es esperar sin esperanza".

Ahí precisamente radicaría el secreto: en esperar sin desesperar, con la conciencia de que todo lo bueno retarda su llegada... Y aunque este no sea el caso, habrá que aguardar hasta septiembre para volver a leer Tardes Corrientes.

domingo, 1 de julio de 2018

Espíritus trocados

"Tomo cuatro pinchos en el bar, porque si me trae mi mujer algo, no puedo ni comer tranquilo: los clientes te piden hasta la Constitución, no te dejan en paz, les da igual si te ven comiendo. Estás de espaldas a la barra y te gritan 'ponme un café': ni buenos días, ni por favor, ni gracias. ¿Cuando van a la carnicería hacen lo mismo? Seguro que no. Yo hace diez años no era así. ¿Y cómo no te va a cambiar el carácter?".

Mario sostiene en solitario su bar, con la ayuda puntual de su padre, ya jubilado. Exhibe una ostensible cojera fruto de una fascitis plantar crónica, mal curada por su imposibilidad de cerrar el negocio para tratarse. Pero el pie parece ser lo que menos le duele a un hombre que atisba el medio siglo de vida hastiado por su trabajo. Una apatía que traslada al cliente y que muta en cólera cuando una de ellas le espeta a bocajarro magdalena en mano: "Haber estudiao".

No muy lejos de su local, Luis regenta un kiosco de prensa, situado de cara a un edificio del que apenas le separan un par de metros. Esquiva la mirada a los vecinos y elude el buenos días de rigor desde su habitáculo de dos metros cuadrados. En soledad. Es la imagen de un negocio, el de la prensa, en franca decadencia, ensimismado y nostálgico de tiempos mejores.

En ese mismo bloque donde el kiosquero arroja sus modales, las planchas de pladur dejan pasar cada golpe, corrimiento de sillas, grito, nota musical o centrifugado en cualquier dirección. Bien lo sabe Carla, para quien conciliar el sueño cada noche se convierte en un reto: sus vecinos del tercero infringen a diario las normas más básicas de la convivencia vecinal, para perjuicio de sus nervios y los de su perro. El animal gestiona la tensión a golpe de ladrido, por lo que Santiago y Ana, en el piso inferior, son daños colaterales de un mal precedente.

Pero, ¿dónde arranca esa cadena de quebrantos? ¿Quién comienza esa bola de nieve de ira que arrasa con todo lo que se cruza? 

Abrir la puerta y no recibir un gracias, frenar a medio paso de peatones ante un acelerón de coche, toparse con un infiltrado en la cola de la panadería, ser víctima de una mentira interesada... Son acciones aparentemente nimias, que suceden a diario. Pero hilvanadas conforman un lienzo propicio para el pincel de la irritación. 

Un trabajo ingrato, un vecino desconsiderado, un familiar molesto o un cónyuge resentido pueden ser focos de hartazgo. Administrados en pequeñas dosis, vía espíritu, elaboran un cóctel tóxico que envenena lentamente el carácter del más templado, como la enfermedad más virulenta, hasta mutarlo en una figura donde no se reconoce.

viernes, 15 de junio de 2018

Mundiales

Enhorabuena a los que gustan de los paseos en soledad por los centros urbanos: otra vez tenemos encima un Mundial. Cada cuatro años, como esa alergia que creíamos olvidada, regresa la tormenta balompédica que empapa, incluso, a los no seguidores de este deporte (por favor, multa de un euro por cada "a mí no me gusta el fútbol, pero el Mundial sí").

Uno de mis primeros recuerdos deportivos más nítidos coincide con un Mundial. Una tarde calurosa, allá por el mes de julio de 1994, mis padres y un servidor contemplábamos desde un sofá de escay el España-Italia en una televisión descolorida con nombre alemán. El botón de encendido, sujeto por medio mondadientes, era reflejo de la I+D española de una época en la que, en determinados hogares, el mando a distancia era cosa de brujería. 

A esa edad preadolescente, todo giraba en torno al fútbol. Una amalgama que unía a los imberbes de barrio: bastaba un balón para conectar a la salida del colegio con un grupo de desconocidos y competir sobre una pista de asfalto, donde cada caída suponía un desgarrón de chándal y la consiguiente bronca familiar. 

En esa Copa del Mundo de EEUU, Bakero, Hierro, Luis Enrique, Guerrero o Caminero eran los ídolos de turno. Como internet aún no aparecía ni en nuestros sueños más profundos, la única forma de seguirles era a través de los póster que regalaban en las panaderías con los chicles o los cromos de los bollycaosEn el banquillo, asomaba un sempiterno Javier Clemente, de quien lo único que nos interesaba era escucharle a medianoche intercambiar insultos con De la Morena a través de una radio a pilas

Un gol de rebote tras disparo de Caminero desató la euforia en el país y las primeras lágrimas futboleras para algunos de nosotros. Aunque sirvió para poco, después de que Roberto Baggio diera la victoria a Italia en la ronda maldita de cuartos. Un jugador odiado y admirado por los niños de una generación que creció con estrellas como Romario, Del Piero, Laudrup, Batistuta, Cantona o Raúl, cuando el fútbol no era cosa de guapos. 

Después de seis sinsabores más en los grandes torneos (traducido en tiempo, 14 años), la Selección, ya bautizada como La Rojarevertió la situación y cambió las goleadas en las fases de clasificación a equipos menores por títulos. Algo insólito para unos niños que hoy rozan la cuarentena y cuya mayor satisfacción patriótica adolescente fue celebrar un 9-0 ante Austria. Pero esas gestas llegaron tarde, muy tarde; al menos, para disfrutarlas a esa edad en la que fútbol y vida son equivalentes. 

Hoy debuta España en Rusia: para muchos, supone el evento del año; para otros, será una tarde corriente de televisor y cerveza. Algunos lo afrontamos con una mezcla de desgana y nostalgia por descubrirnos saltando de nuevo del sofá, hoy ya sintético. Así estamos a estas alturas del partido, tras comprobar que más codazos que Tassotti da la vida y cuando, por fin, comprendimos a Julio Salinas a fuerza de acostumbrarnos a nuestros propios errores.

lunes, 1 de enero de 2018

La trampa del pasado

No hace mucho, regresé al que fue mi barrio durante tres años. Las calles que en ese intervalo me parecieron, en ocasiones, inhóspitas y desconocidas, las encontré ahora con una expresión de cordialidad que me recibió a través de una suave brisa. Los vecinos, el asfalto, las fachadas de cemento y hasta los motores de los coches parecían acogerme.

Es curioso cómo lo que hoy es percibido extraño y ajeno, con el paso del tiempo es idealizado. Ocurre con las relaciones que se terminan (infiernos en el presente que se envuelven de calidez con la pátina de los años), los ciclos vitales (¿quién no añora la odiada época de estudiante?) y también con los lugares.

Sin duda, la mala memoria es responsable de esto. Y nos pone zancadillas en el presente, para que lo percibamos, no ya como ocurrió verdaderamente, sino de forma diferente al pasado que realmente fue. Una suerte de holograma, de representación, que refleja una visión que en nada se parece a la vivida.

En esa trampa espacio-temporal, estamos condenados a esperar el futuro para encontrar a nuestro ahora más atractivo, en un juego sin fin que nos conduce al delirio. Bajo esa falsa premisa, todo tiempo aún no llegado nunca será mejor que el ya concluido; incluso si ese momento finiquitado nos torturó hondamente, la óptica engañosa de la posteridad le otorgará un aire totalmente renovado.

La parte positiva de este sinsentido es que nos aproxima a la comprensión del absurdo que nos empapa: ese que, por todos los medios, busca un significado, un fin, a un mundo que se desvela incoherente. En definitiva, una tierra hostil, que guarda silencio ante nuestros interrogantes y se muestra indiferente ante nuestras dudas, tormentos o cuestiones teleológicas más fundamentales.

Ante ese disparate humano, Camus planteaba tres respuestas racionales: el suicidio físico, la creencia religiosa (denominada "suicidio filosófico") o abrazar el absurdo para seguir viviendo, en una suerte de rebelión ante la incoherencia. Y era esa última opción, la de aceptar este mundo descabellado hasta sus últimas consecuencias, por la que se decantó el filósofo. Una tesis expuesta de manera magistral en su ensayo El mito de Sísifo, donde utiliza como parábola el castigo divino del personaje mitológico, condenado a subir eternamente una piedra por una pendiente y dejarla caer una y otra vez.

Recobrar la conciencia de la muerte es el mejor regalo que puede proporcionarnos esa conciencia plena del absurdo. Una forma de cortocircuitar el círculo vicioso que supone esa perenne idealización del pasado. Y lo que es más importante (aunque resulte paradójico): esa percepción permite dotarse de consciencia, despertar a la vida, para así encarar el futuro con el optimismo del que nada tiene que perder. 

jueves, 15 de junio de 2017

El reino del sol

Desde los tiempos del Spain is different, no pocos han loado las bondades de este país donde poder desarrollar el tránsito entre el nacimiento y la muerte. Con la grasa de un pincho de tortilla de patata en las comisuras, el bañador mojado pegado a las nalgas y bajo los efectos de un tinto con limón bien cargado, cada verano se escucha la misma sentencia en cualquier playa del territorio: "Como en España, en ningún sitio".

Parece que el sol (una de las pocas cosas que no han conseguido recortar los políticos) es remedio para todo a este lado de los Pirineos. Jubilado, ¿no le llega su pensión a fin de mes? Salga a la calle un día primaveral y verá cómo ensancha el ánimo y su renta. Parado, ¿no encuentra trabajo? Vaya al parque y, bajo los rayos del astro Rey, estará más cerca de su empleo. Estudiante, ¿ya vas por la cuarta reválida? ¡No te preocupes! Un buen baño de sol te embeberá de conocimiento.

Esa cifra indeterminada de mujeres y hombres imbuidos de espíritu aventurero que dejaron su patria para buscar suerte en otro lugar no tenían una vivienda con orientación sur. Seguro. Si no, ¿cómo se explica ese abandono voluntario de El Dorado? Dar de lado este vergel de días luminosos y cambiarlo por lugares lúgubres como Londres, Berlín o París, u otras latitudes más septentrionales, ¿en qué cabeza cabe?

"Prefiero disfrutar de un buen vino al calor de la chimenea en cualquier ciudad de Centroeuropa que sudar en la terraza de un bar en España", me decía una amiga venida de un país lejano antes de que arreciara el calor estival. No cabe duda que influida por el desconocimiento de esta tierra en la que ha permanecido durante las últimas dos décadas.

Mejor atender a esos otros extranjeros bien informados que han hecho de Magaluf, Benidorm, Marbella o la misma Barcelona centros de recepción de viajeros ávidos de conocer las bondades de este pasaporte al nirvana. Ejemplos de turismo de calidad y de disfrute bajo un sol que sonríe a su paso. Son visitantes desenfadados que, además, hacen de este sector el motor de la economía española y multiplican las contrataciones.

La ausencia de aire acondicionado en el hogar, de vacaciones retribuidas (por exceso o carencia de trabajo) o, incluso, de ahorros para alojarse en el patio trasero de Europa suenan a la excusa del chiquillo que no quiere ir a clase. Minucias que no pueden hacer sombra al reino del sol, que ni en invierno cesa. ¡Como en España, en ningún sitio!

sábado, 1 de abril de 2017

Conversaciones

Las conversaciones, como las personas, también envejecen. Del caca-culo-pedo-pis infantil se viaja en un suspiro al eterno debate entre el jotabé cola y el ron con limón. Las transiciones son rápidas, apenas se dejan notar. Sólo cuando uno toma conciencia de las palabras que salen de su boca descubre que ha cambiado de nivel.

Los grupos de whatsapp (además de cuestionar el contraste entre la edad física y mental de los participantes) intentan ejercer la resistencia activa: buscan una involución hacia conversaciones más propias de la adolescencia. De tetas a gatitos, pasando por fútbol, motores, alcohol o las últimas tendencias de moda, el repertorio es amplio. Pero fuera de la virtualidad, la evolución es siempre hacia delante. 

Hace unos días, después de bastante tiempo, volví a coincidir con unos buenos amigos, compañeros de profesión. Ahora, las charlas a tres se han multiplicado por dos, con la presencia de las respectivas parejas. Y las cuestiones sociales, periodísticas o de cualquier otra índole, han dejado paso a otras materias con un marcado componente familiar. 

La cena, en un restaurante venezolano de Madrid, estuvo amenizada por los llantos de una niña de unos dos años en la mesa contigua, que se encargó de lanzar al aire el contenido de los platos. Patacón, carne mechada y arroz deconstruidos sobre suelo de gres. Un buen prólogo de lo que vendría más tarde.

Las hipotecas y el precio de la vivienda (en su vertiente de alquiler y compra) representaron el 95% del intercambio de opiniones que allí se vertieron. En un momento indeterminado (esas transiciones desenfrenadas), la conversación desembocó en cómo y quién debe encargarse de cambiar los pañales en el seno de una familia. El giro tan brusco me mareó y salí a la calle a fumar un cigarro.

Mientras tanto, en un grupo de whatsapp en el que ejerzo de voyeur ocasional, compartían noticias sobre condones inteligentes y muñecas sexuales capaces de alcanzar el orgasmo. Una breve involución antes del regreso al futuro que me esperaba dentro del restaurante. En el camino a casa, los llantos de niños retumbaron en mi cabeza, acompañados por visiones de banqueros gordos vestidos con sombreros de copa que amasaban montones de cédulas hipotecarias entre sus manos. 

Al día siguiente, uno de los comensales me pidió disculpas por hablar de "cosas de adultos" durante la velada. No contesté porque aún no sé qué decir. Debió pensar que la transición fue demasiado rápida. O que mi edad física no tiene concordancia con la mental. O que directamente soy gilipollas. Lo hizo a través de un grupo de whatsapp, claro. 

Supongo que el siguiente paso lógico en las conversaciones es compartir con el resto de la humanidad la inteligencia sobrenatural del hijo propio, capaz de atarse los cordones o limpiarse el culo sin ayuda. El salto posterior debe pasar por quejarse de lo malos que son esos mismos hijos y lo poco que se acuerdan de sus padres. Para acabar hablando con las fotos de los muertos y constatar lo solos que estamos.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Llenar el tiempo

Modelo 1: día laboral

Suena el despertador. Consultas las redes sociales. Te levantas. Desayunas. Engulles. Te aseas. Consultas las redes sociales. Vas al gimnasio. Sudas. Te duchas. Consultas las redes sociales. Vas a casa. Bebes café. Fumas. Consultas las redes sociales. Coges el bus (metro, coche, taxi). Llegas a la oficina (fábrica, andamio, comercio). Trabajas. Consultas las redes sociales. Pausa para comer. Engulles. Regresas a tu puesto. Trabajas. Te cansas. Consultas las redes sociales. Anochece. Coges el bus (metro, coche, taxi). Consultas las redes sociales. Compras. Entras en casa. Besas a tu mujer (marido, padre, perro). Preparas la cena. Enciendes la televisión. Engulles. Observas cómo te roban. Te pones el pijama. Fumas (bebes, practicas sexo, lees). Consultas las redes sociales. Entras en la cama. Duermes. Sueñas (tienes pesadillas, insomnio). Martes, miércoles, jueves, viernes (sábado, domingo). 

Modelo 2: jornada de descanso 

Suena el despertador (te despierta el vecino, el perro del vecino, las obras del vecino, el coche del vecino). Consultas las redes sociales. Te levantas. Te duchas. Preparas el desayuno. Engulles. Consultas las redes sociales. Coges el bus (metro, coche, taxi). Compras (limpias, cocinas, paseas, vas a clases de pintura, ganchillo, física cuántica). Consultas las redes sociales. Regresas a casa. Besas a tu mujer (marido, padre, perro). Preparas la comida. Engulles. Consultas las redes sociales. Caes en el sofá. Enciendes la televisión. Observas cómo te roban. Duermes. Sueñas (tienes pesadillas, insomnio). Atardece (anochece). Suena el teléfono. Quedas con amigos (novia, padres, suegros, colegas, cuñado, en soledad). Te duchas. Consultas las redes sociales. Coges el bus (metro, coche, taxi). Entras al bar (cine, teatro, museo, estadio, centro comercial, biblioteca, ciudad, campo). Consultas las redes sociales. Charlas (fumas, bebes, engulles, escuchas, discutes, miras). Anochece (amanece). Coges el bus (metro, coche, taxi). Consultas las redes sociales. Llegas a casa. Enciendes la televisión. Observas cómo te roban. Te pones el pijama. Fumas (bebes, practicas sexo, lees). Entras en la cama. Consultas las redes sociales. Duermes. Sueñas (tienes pesadillas, insomnio). Sábado, domingo (lunes, martes, miércoles, jueves, viernes). 

Teoría general del modelo

Suena el despertador. Te llevan al colegio. Vas al instituto. Vas a la universidad. Te gradúas. Trabajas. Consumes. Observas cómo te roban. Pagas impuestos (casa, luz, agua, gas, teléfono, comida, coche, seguros, viajes, cursos). Observas cómo te roban. Conoces a una mujer (hombre, animal, ente astral). Compras una vivienda. Observas cómo te roban. Formas una familia. Observas cómo te roban. Consumes. Te quedas en paro. Buscas trabajo. Lo encuentras. Observas cómo te roban. Consumes. Te jubilas. Cobras pensión. Observas cómo te roban. Sobrevives con tu pensión. Mueres. Suenan las campanas. Observan cómo te robaron.

Coda

¿Llenas el tiempo o el tiempo te llena a ti? ¿Disfrutas de él o él abusa de ti? ¿Eliges cómo usarlo o él te usa a ti? ¿Construyes tu tiempo o tu tiempo te destruye?

Es tarde.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Finales

Los finales, como las buenas manos de póquer, siempre se hacen esperar. Aunque algunos más que otros. Casi siempre, todo depende del ansia con el que se aguarde su venida. No es lo mismo la vigilia del preso en sus últimos días de condena que la del estudiante en las horas que despiden al verano.

De entre todos los finales, los felices son los más deseados por improbables (¿o tal vez al revés?). Como los de esos cuentos de los que siempre andamos tan necesitados los niños que fuimos. Muy pocos los consiguen, y entre esa minoría, no resulta excepcional quien descubre que ha llegado a él cuando le toca marcharse del juego de la vida.

Hay finales que golpean fuerte, como los de esos tragos que echan por tierra el aguante del más curda para desplomarle sobre la barra. O los de esos amores tan adictivos como insanos, que convierten a los otrora amantes en extraños, hundiéndoles en un pasado del que, en ocasiones, jamás se acaban de reponer. 

Ya lo dijo el filósofo: que te deje la novia es como perder una final de la Champions, un dolor que se queda ahí dentro para toda la vida. Y es que también son desgarradoras las finales deportivas, especialmente cuando se espera hasta el minuto 93 para encajar el golpe definitivo (o eso cuentan algunos).

Para otros, los finales más complicados se repiten en los estertores del mes. La caída de las hojas del calendario acompasa el milagro camaleónico de sus cuentas corrientes: los números adquieren un tono rojizo, como el de la sangre que les cuesta volverlos a negro. 

A veces se dan finales malos, como los de esas películas de sobremesa dominical de las que se acaba desertando para entregarse al sofá. Como los de esos días cargados de plomo, en que hubiera sido mejor no levantarse. O como los de ciertos textos como éste, cuando uno se arrepiente (demasiado tarde) de haberlos comenzado.

Hay finales que parecen no llegar nunca. Como los de la guerra. O los de una visita obligada al dentista. O como los de ciertos mandatos de determinados presidentes. Pero, tarde o temprano, siempre se revelan. Porque cada epílogo, al fin y al cabo, remata una esperanza, un sufrimiento o una vida vaciada de deseos que sólo aspira a cerrarse con un breve punto final.

sábado, 1 de octubre de 2016

Cerveza sin gas

Si reposa demasiado, la espuma se evapora, las burbujas desaparecen. Se calienta, poco a poco malogra sus propiedades. De lata o de barril, aunque esté bien tirada y se incline el vaso 45 grados para servirla, la cerveza pierde fuerza. Una realidad incontestable que conocen tanto los bebedores de rubia como los que esperan en exceso.

La espera, al igual que la cerveza, puede convertirse en un arte, como sabe muy bien cierto político gallego. Para Camus, era una de las razones para que los tristes lo estuvieran (la otra era que ignoraran; de hecho, en muchos casos, esperar es una forma de ignorar la ausencia de efectividad de la propia espera). 

"(...) Aquí, los afortunados, con dinero, influencias o suerte, obtenían visados para Lisboa, la antesala del Nuevo Mundo. Pero los otros, esperaban en Casablanca. Esperaban... esperaban... esperaban...".

El arranque del clásico de Michael Curtiz, donde resume el destino de los que huían de una Alemania nazi en pleno apogeo, sigue siendo válido para explicar la sociedad actual. Cámbiese Lisboa por una una meta al azar (grande, mediana, pequeña) y resultará la ecuación que nos golpea. Un ascenso laboral, Justicia con mayúsculas, resolver un trámite burocrático, concertar una cita con el especialista, la posibilidad de un cambio social o una palabra de gratitud. Objetivos, ilusiones, deseos, sueños, aspiraciones. Vanos como la espera que los alberga.

Todos aguardamos en Casablanca: ese limbo en el que el tiempo se detiene, nada ocurre, o todo cambia para quedarse igual, con giros continuos de 360 grados. Esa estación donde los trenes pasan y nunca se detienen. Como aquellas nubes de Azorín, "siempre varias y siempre las mismas", que ya miraron otros antes que nosotros, bajo las que el escritor se pregunta: 


"¿Habrá sensación más trágica que aquella de quien sienta el tiempo, la de quien vea ya en el presente el pasado y en el pasado el porvenir?".

La propia RAE entiende que des-esperar ya es quitarse la vida, o al menos intentarlo, cuando se sabe que nada llegará. No se trata de una falta de optimismo patológico, sólo de evidencias, de acceso a la realidad que se cuela por cada grieta, empapando todo de certezas que no dejan resquicio a la esperanza.

No esperen más y apuren su cerveza.

viernes, 1 de julio de 2016

Tiempo y libertad

En  su epílogo a Guerra y Paz, Tolstoi reflexiona entre otras muchas cosas acerca de la relación entre la libertad y la necesidad en los actos humanos. La conclusión a la que llega es que esa relación es inversamente proporcional: cuanto más pesa la necesidad, menos cabida tiene la libertad, y viceversa. A su vez, indica tres factores para medir el peso de una variable sobre otra: la interacción del autor del acto con el mundo exterior, el tiempo transcurrido entre el desarrollo de la acción y su estudio y, por último, el conocimiento de las causas que provocan dicho acto.
De esta forma, y según su razonamiento, cuanta mayor relación tengamos con el medio externo, más influencia tendrá en nosotros, y seremos menos libres; cuanto más tiempo haya sucedido entre el hecho que estudiemos y el momento de su observación, menos autónomo nos parecerá; y cuanto mayor sea el conocimiento que tengamos de las causas que lo han desencadenado, menor libertad apreciaremos en él.
"Si me traslado en la memoria a un acto más lejano, de hace diez años o incluso más, entonces sus consecuencias me resultarán aún más evidentes y me será difícil representarme cualquier cosa si aquel hecho remoto no hubiera existido. Cuanto más retroceda en la memoria o, lo que es lo mismo, cuanto más proyecte hacia el futuro mi juicio, tanto más dudosos me parecerán mis razonamientos acerca de la libertad del acto realizado".
El autor ruso presenta así el tiempo como el hilo que hilvana el discurso de nuestra existencia, con el que construirnos el relato de nuestra realidad. El trabajo que elegimos, la novia a la que dejamos marchar o el resultado de las últimas elecciones generales parecen acontecimientos incomprensibles en el momento en que se producen, pero adquieren sentido vistos a través del tamiz de los años.

Nuestro pasado funcionaría así como un puzle, donde cada hecho, cada circunstancia, cada decisión tomada ocupa su lugar para dibujar un paisaje claro de nuestra existencia pasado equis tiempo, hasta arrojar la luz definitiva sobre nuestro presente. Un hoy que a la vez es difuso cuando se observa en el momento en que transcurre.

Esta idea es harto generosa con los hombres, a los que atribuye capacidad de síntesis y una finalidad en cada uno de sus actos. Sin embargo, obvia algo importante, más allá del libre albedrío: la infinitud de la estupidez humana. Sólo así pueden explicarse algunos de los acontecimientos que observamos casi a diario.

Sin hacer mención de esta realidad, el propio autor, ya al final de su exposición, concede que sólo podemos hacernos "impresiones" acerca de la libertad y de la necesidad:

"(...) por mucho que cambiemos nuestro punto de vista, por más esfuerzos que hagamos para explicarnos la relación en que se encuentra el hombre con el mundo exterior, por más comprensible que nos resulte, por más que tratemos de alargar o acortar el período de tiempo, por más que nos parezcan comprensibles o incomprensibles las causas, nunca podremos representarnos la necesidad completa ni la libertad absoluta".

Quedamos así ante una balanza formada por el platillo de los condicionantes (sociales, culturales, biológicos) y el de la capacidad de elección: en ocasiones, ésta se desequilibrará de un lado, para hacerlo del segundo en otras tantas. Pero con independencia de las veces que pese más la necesidad o la libertad, la parte más importante del artilugio se sitúa en el fiel: la pieza que marca la igualdad de los pesos comparados queda en manos de un tiempo que acaba por desequilibrarnos a todos.

domingo, 1 de mayo de 2016

Promoción del 97

A veces me despierto con la sensación de que el mundo ha avanzado mucho más rápido que la escasa capacidad de asimilación de mi cerebro. Como si por mis 33 años hubieran pasado, al cambio, dos siglos en mi entorno. Me da la sensación de que todo lo que aprendimos en el colegio o en casa se ha quedado tan obsoleto como la implantación del Trivium y el Quadrivium en una escuela de ingeniería bioquímica.

Será la consecuencia de ser un subproducto de la EGB y un experimento de los primeros planes de la LOGSE (conclusión: dos diplomas para la misma educación obligatoria firmados por un rey jubilado). O de haber creído ese discurso machacón que decía: "si estudias, llegarás a algo en la vida; si no, serás un desgraciado". Mirando a los concursantes de cualquier reality me pregunto dónde estarán los que me asesoraron.

Cuando veo a esos críos que apenas levantan tres palmos del suelo jugar con un móvil o una tablet, recuerdo que mi primer teléfono llegó junto a mi derecho al voto. Entonces éramos unos adolescentes raros, que para volver a ver a aquella chica repetían local el fin de semana siguiente. También los últimos que bebimos con 16 años en los bares, cuando el garrafón era el mismo que ahora, pero a la mitad de precio.

Aquel era un tiempo en el que el fútbol se escuchaba más que se veía: sólo había un partido televisado a la semana y siempre en abierto (el pay per view era todavía un esbozo de alguna mente maquiavélica). Seguíamos las polémicas radiofónicas entre García y De la Morena y veíamos los goles de la jornada mientras nos cachondeábamos de las orejas de Reyero en el primer Fútbol es Fútbol.

Para nosotros, las start up no pasaban de dos conceptos que siempre aparecían en las máquinas recreativas cuando echabas cinco duros (el emprendimiento  era algo que ni sabíamos separar por sílabas). Y es que sólo había dos tipos de personas: empresarios y trabajadores. Si nacías con dinero, podías pertenecer al primer grupo; si no tenías tanta suerte, la fuerza de tu trabajo era lo único que hablaba por ti.

Después crecimos, metimos con respeto un pie en el universo digital y nos encostramos en casa de papá hasta que la burbuja del ladrillo nos dio una tregua. El problema es que, cuando llegamos a las empresas, los últimos contratos indefinidos ya se habían repartido y tuvimos que vivir como precarios de saldo

Hoy a lo único que aspiramos es a conservar un mileurismo que se descojona cuando le hablas de la futura pensión. A cambio, las palabras de amor más bonitas que nos dedican es que somos el mejor nicho de mercado.

viernes, 15 de abril de 2016

Principio de incertidumbre

Estos tiempos nuestros parecen impregnados por una constante indefinición vital. El futuro se escribe prácticamente cada hora, con cambios sustanciales que modifican lo planificado una y otra vez, como un mal guion de cine. El enunciado de Heisenberg, reservado a la física cuántica, lo ratificamos a diario desde que abrimos los ojos.

Al final, uno acaba definido por sus amigos, sus ex novias y sus empleos. Los primeros se pierden al convertirse en desconocidos, las segundas escapan cuando te conocen y los últimos te queman sin obtener ningún reconocimiento a cambio. Y esas tres variables sólo devuelven una única certeza: tarde o temprano, se evaporarán como si jamás hubieran existido.

Algo que debería resultar sencillo, como es concertar una simple cita con nuestros seres queridos, se vuelve una misión imposible. ¿Quién no tiene pendiente aún esas cervezas con aquel amigo desde hace meses? La facilidad de comunicarse vía móvil da también paso a las cancelaciones de última hora, un convencionalismo social tan aceptado ya como el de ceder el asiento a una anciana en el autobús.

Las cosas no tienen un cariz más estable en las relaciones sentimentales. Hace décadas, los mismos ojos que intuías detrás del velo eran aquellos que te lloraban junto a tu mortaja. Hoy, permanecer seis meses continuados con la misma pareja tendría que convalidarse por un título de experto matrimonial. Por no hablar de ser padre, toda una heroicidad sólo al alcance de unos pocos incautos valientes.

En lo laboral, la amenaza del paro siempre sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Hacer números a, pongamos, 20 años vista se transforma en una osadía equiparable a la conquista del espacio a bordo de un globo aerostático. Pedir una hipoteca con la pretensión de pagarla resulta tan temerario como creer en la palabra de un político.

No sabemos qué suelo pisaremos mañana, quién dormirá a nuestro lado o cómo nos llevaremos el pan a la boca. Sólo manejamos simples esbozos, trazos gruesos que no sirven para dibujar una estampa identificable, quedando condenados a vivir en un perpetuo día a día

lunes, 1 de febrero de 2016

Mañana

La ignorante felicidad de la infancia suele durar hasta que tomamos conciencia del tiempo. En ese estado pre-adulto, no sabemos cuándo es nuestro cumpleaños, qué día vienen los Reyes Magos o si vivimos en lunes o viernes. Es un tiempo detenido, en el que sólo cuenta lo que los mayores llaman el ahora.

No recuerdo cuando tomé por primera vez conciencia del tiempo. Quizás fuera en la Primaria, en esos minutos previos a las 16.30 horas; esperaba el rugido de la campana para salir de clase y regresar al colegio, fuera del horario lectivo, con varios amigos y una pelota. Saltábamos la valla para jugar en unas pistas de asfalto, donde una caída suponía un buen costurón.

Desde ese momento, el tiempo manda en mi vida, muy a mi pesar. Tanto que hasta me hace perder la noción del propio tiempo. Esto es: pensar en un instante que no existe aún y del que no tengo una certeza absoluta de que vaya a existir jamás. Creo que no soy el único al que le ocurre, aunque no me sirve de consuelo.

En la época estudiantil, los colegiales sueñan con el verano. Ven el período de exámenes como una pasión católica que debe sufrirse antes del paraíso de sol y playa. Esa etapa, más o menos, va desde los 5 años hasta los 23. O por lo menos, en el pasado era así; antes de que la cola del paro devolviera a los jóvenes a las aulas para formarse en un empleo que no existe (otra vez la espera de una época futura...).

Cerrado el ciclo de libros y apuntes, llega el turno de pagar impuestos y facturas. Cambia el objetivo: ya no miramos al verano. Nos basta con llegar al fin de semana para romper la rutina. Y en esas, deambulamos por trabajos sin futuro, con la fecha de vencimiento que marcan los contratos. (Los políticos nos resuelven la caducidad de los yogures; de los contratos prefieren no hablar). Y los que no los tienen, esperan un futuro en el que poder gritar "vivan las caenas".

El año que viene... El próximo verano... En el puente... El fin de semana... Mañana... Categorías temporales vaciadas de contenido. Vamos postergando la felicidad a un futuro que no existe. El deseo de lo que pensamos que vendrá nos mantiene atados a la vida. Como el apostante que se consuela con su resguardo de la Primitiva recién sellado dentro de la cartera.

¿Y si ese tiempo deseado no llega nunca? ¿O no se parece tanto a lo imaginado? Muchos prefieren no pensarlo por miedo a detenerse. Por temor a frenar su inercia. Por no atreverse a romper el tiempo. Quizás no estaría de más recordar a ese niño que fuimos, que sin saber que los meses tienen 30 días o el día 24 horas, se limitaba a exprimir cada segundo, sin ni siquiera tener conciencia de su ser. 

domingo, 1 de noviembre de 2015

¿Jalo qué?

Desde hace unos años, en vísperas del 31 de octubre la gente prepara con esmero eso que llaman Halloween. Fiestas de disfraces, programaciones especiales en televisión, decorados estridentes en las tiendas... Sin ir muy lejos, desde este lunes (si no fue antes, la pereza me impidió comprobarlo), el gimnasio que pago cada mes y visito con menos frecuencia se ha llenado de cortinas ensangrentadas, telas negras, dibujos con miembros amputados, tumbas y calabazas. Las telarañas son lo más real: llevan allí desde hace meses.
    
Las personas se preguntan qué van a hacer el fin de semana de Halloween como quien se interesa por las vacaciones de verano, el cumpleaños o el viaje de luna de miel. Y es que esta tradición se ha colado en nuestras vidas como un amigo gorrón: sin avisar y para sacarnos lo que pueda. Intento hacer memoria de mi adolescencia, y lo único que recuerdo referente a esta fiesta es algún capítulo especial de Los Simpson emitido en pleno mes de agosto.

Sí, comparten fechas. Pero el día de Todos los Santos y Halloween casan mal. Muy mal. El primero, tiempo para el recuerdo de los que ya no están, tiene muy presente a la muerte, sin necesidad de artificios. El segundo, cargado de pompa y decorado, pretende reírse de ella y mira a otro lado (la fiesta, el lado lúdico), ocultando así el pavor a la parca.
En un día como hoy, antes la gente solía ir a los cementerios a dejar flores a sus familiares y amigos muertos. Era una forma de recordarles, de saber que, aunque ausentes, seguían muy presentes. En el ambiente había un aire de solemnidad, de respeto y recuerdo. Ya no sé lo que hace la gente, ni sé quién es la gente.

Los camposantos son un ejemplo de igualdad: aunque haya vagones de primera y otros de tercera, todos los viajes terminan en el mismo sitio. En el cementerio de Montparnasse, en París, descansan, entre otros ilustres, los restos de Julio Cortázar: en su tumba nunca faltan versos de admiradores, rayuelas dibujadas, tabaco o whisky. En la misma ciudad, las Catacumbas ocultan bajo tierra miles de huesos de personas anónimas, apilados unos sobre otros. Y el jardín del Monasterio de Nevski, en San Petersburgo, cuenta por decenas las lápidas con nombres de jóvenes fallecidos en la lucha contra la Alemania nazi.

Con el arraigo de Halloween en la sociedad, me pregunto qué hubiera sido del delicioso artículo de Larra sobre el Día de Difuntos. Qué hubiera visto Fígaro en esas calles con escaparates repletos de calaveras y huesos, con carteles promocionales de fiestas de disfraces. O qué hubiera sido de la inquietante leyenda del Monte de las Ánimas de Bécquer en una Soria plagada de calabazas.

Alguno pensará, no sin razón, que disfrazarse en la previa del 1 de noviembre no significa el olvido de los que no están. O que no necesita un día especial para recordar a sus ausentes. De acuerdo. Pero, ya que lo tenemos, no está de más dedicar este día a la memoria de los que se fueron. Detenerse a pensar que, igual que ellos ya no están, habrá un día en que nosotros tampoco estemos. Además de para evocar su memoria, quizás también nos sirva para tomar conciencia de que nuestro viaje por la vida acaba en la muerte. Y así disfrutar cada segundo del camino como si fuera el último.

jueves, 15 de octubre de 2015

No vuelvas nunca

Entre otras muchas oportunidades, perdí la de vivir en la URSS (cosas de la edad). El ideal de igualdad, los viajes pagados a Siberia y los brindis con Stolichnaya me quedan lejos. Pero hay algo que aún puedo disfrutar de ese periodo: la burocracia. Esa relación ciudadano-Estado, desigual como los salarios en España, que nos hace mirar a la raza humana con recelo. 

Desde que nacemos, la burocracia nos somete como a una doncella en la Edad Media. Cuando naces, tu entrada en el Registro da fe de tu salida del útero. Hasta que no figuras en los archivos oficiales, no eres nada. Los existencialistas defendían que la existencia precede a la esencia. Yo añadiría que la burocracia precede a la existencia.  

Dios me libre de odiar a los funcionarios, y que me perdonen mis amigos de la Administración. Pero desde el momento en que se marcan el empleo público como meta, su mirada cambia. El lado oscuro se apodera de ellos. De hecho, los opositores no estudian. En sus horas de supuesta preparación, planean una venganza fría contra la sociedad. Y cuando consiguen su plaza, se cobran sus horas de insomnio torturando al ciudadano. No usan fusta, ni potro, ni garrote vil. Prefieren atentar directamente contra tu sistema nervioso para que acabes en el psicoanalista.

En mi última escaramuza con el Gobierno volví a salir magullado. Un trámite aparentemente sencillo, como es la solicitud de una clave para acceder por vía telemática a la Seguridad Social, me descubrió la preparación del personal. Lugar: Instituto Nacional de la Seguridad Social. Omitiré la calle madrileña. El funcionario, director de la oficina en cuestión, comenta que soy la primera persona que pide acceso a ese sistema. Bueno: por una vez soy el primero en algo, pienso. Me pide que, si no es inconveniente, le explique cómo me registro en su propia web. Pero este conejillo de Indias tiene “incidencias” en su vida laboral (ay, esos contratos...) y no puede acceder al sistema. Y la solución que me aporta mi cicerone es poner una queja. 

Así, reclamo por un fallo informático con un escrito de mi puño y letra en un folio en blanco. Todo tan coherente como el asesinato de un padre. Perdone, ¿dónde se encamina este papel? “A la central”. Bien. ¿Y dónde puedo acudir si no se ponen en contacto conmigo? “Pues... vienes aquí y me lo dices”. Perfecto. El eterno retorno nietzscheano versión burocracia 2.0.

En tiempos de Larra, el 'vuelva usted mañana' era la frase de moda. Pero hoy apuestan por el 'no vuelvas nunca'. No molestes. No te quejes. Olvídalo. Reclama mediante un escrito con viaje a ninguna parte y vete. Y aquí paso las tardes, acodado en la ventana, viendo cómo este cigarro se consume con mi paciencia. Esperando quizás que una paloma mensajera con membrete oficial traiga anudada en una pata esa respuesta administrativa. 

martes, 1 de septiembre de 2015

Septiembre

Septiembre suena a ocaso, a despedida, a un ‘hasta siempre’. A atasco en hora punta, a cafetera hirviendo, a risa forzada. Tiempo de balance y nuevos propósitos, semilla de futuras frustraciones. El asfalto va con prisas, echa humo y mal humor. Funcionarios bronceados y niños de uniforme se mezclan sin tocarse buscando oficinas grises y aulas sucias. El despertador se ríe de ti a carcajadas.

Septiembre huele a moqueta de gimnasio con matrícula gratis. A cocina de bar con menú del día. A perfume barato, a tapicería de coche, a la lluvia que se avecina. El frío espanta cucarachas y resucita ratas con corbata. Repetimos sin interés a gente extraña las vivencias tenidas en su ausencia. Y soportamos el odio que nace al evocar lo pasado. 

Septiembre sabe amargo. A tabaco rubio, a sopa de sobre, a cerveza en lata. El estrés cotiza al alza y los psicólogos comienzan su agosto. El noveno mes del año incumple su mandamiento homólogo y se llena de deseos impuros. Fingimos ser importantes y soñamos con el fin de semana. El extracto del banco es la única carta que se espera. 

Septiembre juega al trueque: cambia vicios por virtudes. Cierra la maleta con candado. Amanece nublado y no usa filtro de Instagram. Pone treinta días por delante para cultivar rencores. Buen momento para iniciar disputas (hasta la Segunda Guerra Mundial empezó en septiembre). Te adelanta por la derecha sin intermitente. Es contagioso. 

Septiembre anuncia el vértigo por el fin de algo que se acaba. Mata una parte que ya nunca vuelve. Para unos, su vida es un septiembre perpetuo. Para otros, su septiembre llega en junio. O a los 40. O el día de su boda.  

Septiembre es un estado de ánimo agazapado en el subconsciente. Habla y no escucha. Como las nubes, regresa sin haberse ido nunca. Con otro rostro y otro miedo debajo del brazo. Cuando menos se le espera, entra por la ventana y se cuela en las rendijas del pensamiento. Se instala con intención de quedarse.  

Por suerte, como todo en la vida, como la misma vida, tiene algo bueno: se acaba. 

Feliz septiembre.