Mostrando entradas con la etiqueta empleo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta empleo. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de abril de 2019

Hasta aquí

"La virtud es el punto medio entre dos extremos, uno de los cuales lo es por exceso y otro por defecto". La máxima aristotélica ha perdido su sentido en un mundo empapado por el relativismo moral, social y económico. La noción de juventud (prorrogada hasta el ridículo), el nivel de ingresos dignos (rebajado hasta el insulto) o los baremos de colesterol aceptables (interpretados a su antojo por la industria farmacéutica) son algunos ejemplos de ese trilerismo conceptual.

En esta contingencia perpetua, la copa de vino peleón que espera su gaseosa ilustra la medida de todas las cosas. Cada cual tiene su nivel óptimo, ese punto de no retorno donde esboza al que le sirve su propio "hasta aquí". Rebasado ese nivel, el trago le resultará un tanto amargo; por debajo de esa cota, le caerá desabrido al paladar.

Ocurre con los empleos: además de la necesidad perentoria de ingresos en un mercado laboral esclavista, la permeabilidad a la desazón que provoca un puesto laboral tedioso depende del grosor de la piel de cada individuo. La paciencia que para algunos se agota en semanas, para otros puede postergarse durante décadas. En cualquier caso, llega un momento en que el trabajador, hastiado de una situación sin margen de maniobra, decide plantarse ante su superior y espetarle: "hasta aquí".  

Lo anterior puede extrapolarse prácticamente a cualquier ámbito de la vida: relaciones amorosas monótonas, contratos de alquiler usurarios, bromas que agotan al más templado o hábitos perpetuados en el tiempo. "Hasta aquí" marca el cambio de paso y la construcción de nuevas estructuras mentales que, pasado un lapso determinado, perderán el atractivo de lo novedoso y serán consideradas igualmente caducas.

¿Dónde está ese tope? ¿Cuándo salta la resignación por los aires? La frontera de la tolerancia es difusa, independientemente de la complejidad de cada sujeto. Sólo la voz interior (ya se le denomine conciencia, inspiración o arrebato) determina el instante exacto en el que se terminan las excusas y se procede a la acción. 

Aquellos que pulsan el botón rojo son adjetivados por el resto que permanece incólume: valientes, temerarios o locos. Y su decisión es catalogada a la ligera como error o acierto, sin término medio. Todos juzgan sin conocer la situación del otro, un ejercicio donde el español medio destaca sobremanera. Por eso, siempre que determine su propio "hasta aquí", ignore al mundo y sólo contemple su juicio. A fin de cuentas, como la copa de vino con gaseosa sobre la mesa, las elecciones de su vida sólo las saboreará usted.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Si España fuera

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, 5 serían mujeres y 5 hombres. Respecto a su nacionalidad, 9 serían ciudadanos españoles y 1 extranjero. Aproximadamente 2 tendrían menos de 18 años, prácticamente el mismo número que aquellos con 65 o más años. La edad de los 6 restantes estaría comprendida entre los 18 y los 64.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, 5 formarían parte de la población activa, estando en edad y en condiciones de encontrar un trabajo. De ellos, 4 dispondrían de un empleo, mientras que 1 se encontrarían en paro. Las otras 5 personas formarían parte de la población inactiva, siendo 2 de ellas pensionistas y 2 estudiantes. 

De las 4 personas con empleo, 2 contarían con un horario inferior a las 40 horas semanales, cosa que sí tendrían las otras 2 personas ocupadas. De este póquer de trabajadores, 3 estarían empleados en el sector servicios. Y del total de empleados, 3 serían asalariados, mientras que uno de ellos trabajaría por cuenta propia.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, el salario mediano de los 4 empleados se situaría en 19.433 euros. Los 2 hombres con trabajo cobrarían un 28,5% más que sus 2 colegas mujeres. En cuanto a los 2 jubilados, la pensión más cobrada por el único hombre se situaría entre los 600 y los 650 euros; en el caso de la mujer, se colocaría alrededor de un 33,3% por debajo de esa cifra.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, 4 estarían casados, 3 serían solteros, 1 viudo y 1 separado o divorciado (el décimo residente en la aldea tendría menos de 16 años). 8 de ellos residirían en una vivienda en propiedad, mientras que los otros 2 tendrían su domicilio en un inmueble de alquiler. Al menos 4 vivirían en grandes ciudades (más de 100.000 habitantes), mientras que 2 lo harían en pueblos (hasta 10.000 habitantes) y el resto en municipios de entre 10.000 y 100.000 personas.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, de entre los mayores de 25 años (aproximadamente, 8 de los 10 paisanos), 3 tendrían finalizada la educación infantil o la primaria, pero no habrían concluido la secundaria; 2 sí habrían finalizado la secundaria y 3 contarían con estudios universitarios.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, de los 8 llamados a las urnas en las Elecciones Generales, 2 no ejercerían su derecho al voto. Entre los que sí optaran por elegir a sus representantes, 3 votarían al PP, 2 se decantarían por el PSOE, 2 confiarían en Unidos Podemos y 1 apoyaría a Ciudadanos.


* Fuentes empleadas:

viernes, 1 de junio de 2018

Buseros

Ciertos colectivos arrastran atributos en forma de estereotipo que no siempre les hacen justicia. Si se realizara una encuesta rápida, podría recopilarse un ramillete de calificativos sobre una serie de profesiones para las que muchas respuestas serían coincidentes. Así, seguramente el adjetivo "corrupto" acompañaría al trabajo de político igual que el término "usurero" rima inexorablemente con banquero. 

En otros empleos, en cambio, los arquetipos son más abiertos. Por ejemplo, los conductores de autobús. Aunque denostado por miles de automovilistas y otros tantos usuarios de este medio de transporte, el rol del busero, como son conocidos por nuestros hermanos de El Salvador, Nicaragua y Panamá, muestra una tipología variada de sujetos entre sus filas. Especialmente apreciable en las líneas urbanas de las grandes urbes.

Un espécimen de los más abundantes, el más valorado por los impuntuales y temido por los ancianos, es el fitipaldi. No importa la edad: ya sea joven o viejo, la velocidad es su pasión, como si tras cada curva se escondiera el final de su jornada. La dicotomía para el pasajero cuando topa con él al volante es agarrarse al asiento o dejarse los dientes en el siguiente cruce.

El perfil amable responde al de aquel individuo a quien las abuelitas llaman por su nombre, le preguntan por el último examen de su hija y, de cuando en cuando, le traen patatas de su huerto. Se le identifica fácilmente porque siempre se adelanta al viajero y saluda en primer lugar, le mira a los ojos y sonríe. Como si, en una suerte de utopía laboral, disfrutara con lo que hace.

Por contra, el huraño sólo responde si le hablan previamente (y no siempre). Contesta de mala gana a las mismas preguntas que lleva escuchando durante los últimos 20 años: "¿Éste para en Plaza de Castilla?", "¿cuánto tarda hasta el centro?", "¿dan cambio de 10 euros?". Suele ser el más honrado de todos los perfiles: su cara y su verbo no dejan resquicio a la imaginación.

El desencantado sobrepasa la cincuentena, gusta de hablar a voces con sus colegas, a los que se queja del último cambio de turno o de la baja calidad del vehículo. No duda en regañar a los usuarios si no levantan la mano de forma ostensible para detener su paso en la parada o si considera que no han apretado el botón con suficiente energía para frenar su marcha en la siguiente estación.

Independientemente del carácter, la profesión de conductor de autobús comparte un factor común con otras muchas: la fuerte masculinización del puesto. Por ejemplo, en Madrid, y según datos de la EMT, de los 7.586 trabajadores dedicados al transporte urbano que componían su plantilla en 2016, un 6,2% eran mujeres. Una contribución más al exceso de testosterona que desborda las carreteras estatales, donde cada acelerón destila un trastorno mal diagnosticado.

jueves, 1 de marzo de 2018

Alta tensión

Las consecuencias de la corriente eléctrica sobre el cuerpo humano, según el Ministerio de Trabajo, "pueden ocasionar desde lesiones físicas secundarias (golpes, caídas, etc.) hasta la muerte por fibrilación ventricular". En cambio, otro tipo de corriente, como es la que mana del enchufismo, parece altamente beneficiosa en España para conseguir un empleo.

Así, más del 70% de las vacantes laborales se cubre con "conocidos", según un reciente estudio. Ya sea para el hijo del concejal, el compañero de estudios universitarios o la bailarina de striptease favoritos, el llamado mercado oculto guarda puestos donde el único requisito es ser un aliado fiel del responsable de turno.

Esta realidad, sin prender en los grandes titulares, conforma una divisa de la Marca España. Tal es la aceptación de este método que, lejos de provocar escándalo, se justifica con las explicaciones más variopintas: "es una persona válida, la conozco desde hace tiempo", "se lo merece, ha tenido muy mala suerte en su vida" o "no le queda nada por demostrar". El autoengaño como herramienta para justificar aquello que carece de defensa. 

El virus del enchufismo está dentro de cada empresa, corroe cada organismo público o privado. Convocatorias para funcionarios diseñadas a la carta, cargos creados ad hoc para ubicar a determinados sujetos, reestructuraciones de departamentos enteros con el objeto de hacer un hueco al protegido, movimientos ilógicos de personal para encajar la pieza deseada... Estas prácticas subrepticias, que no responden a ningún razonamiento económico, se anteponen a la sacrosanta productividad y a la lógica del mercado.  

La genuina reconversión industrial se vive a diario, en el momento en que las compañías se transforman en agencias de colocación e, incluso, en ONG, dando un puntapié a cualquier ética o escrúpulo. Los criterios de idoneidad para el puesto pierden todo valor cuando el argumentario del mando en cuestión mana del corazón o directamente de la bragueta.

Como complemento al enchufismo, existe un deporte de masas practicado a diario en la inmensa mayoría de las grandes empresas patrias: despachear. Este término, aún no admitido por la RAE (tomen nota, académicos), podría definirse como la "acción y efecto de conseguir en los despachos de los superiores ascensos u otras prebendas en beneficio del interviniente". De hecho, hay quien suma tantos kilómetros recorridos sobre las moquetas entre despacho y despacho que podría retar al mismísimo Mo Farah. 

En los casos más tragicómicos, la corrupción humana provoca que quienes en su juventud fueron adalides del concepto de meritocracia lo usen de manera arbitraria al quedarse calvos. Señores: hacerse trampas al solitario queda feo con uno mismo, pero si se realizan a ojos del público sin ningún rubor, negando la evidencia, resulta algo francamente patético. 

domingo, 15 de enero de 2017

Levantar España

No le des más vueltas. Sí, es la tercera vez que suena. Pero por mucho que lo destripes lanzándolo contra la pared, acabar con el despertador no va a evitar que tengas que ir al trabajo. Y da gracias de que aún lo mantienes: 4.320.800 personas no disfrutan de un empleo. Así que, venga: ¡a levantar España!

Piensa que, como tú, 18.527.500 de seres madrugamos para recibir el sustento. El milagro del capitalismo, a través de tu empresa, te da la posibilidad de comer cada día. Y de comprar esa ropa de marca que llevas. Y, claro, de pagarte esas vacaciones. El esfuerzo de miles de empresarios al servicio de la sociedad. 

Y no me vengas con el tema de impuestos. ¿Ya se te ha olvidado que hace apenas un año de la última bajada del IRPF? Sí, cinco o seis euros no dan para la entrada del cine. Pero mejor eso que nada, ¿no? Hay que pagar al Estado, que Hacienda somos todos... Bueno, vale, casi todos... De acuerdo, unos más que otros.

Según el Informe Anual de Recaudación Tributaria, una vez efectuadas las devoluciones a los contribuyentes y a la Iglesia (capítulo por el que el Estado deja de ingresar unos 45.526,5 millones de euros), en el año 2015 el Gobierno recaudó 182.008,7 millones de euros. En ese ejercicio (el último con datos consolidados sin los vaivenes de las estimaciones), entre las mayores partidas destacaron:

- Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF): 72.345,5 millones de euros
- Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA): 60.304,9 millones de euros
- Impuesto sobre Sociedades: 20.648,9 millones de euros
- Impuestos Especiales (alcohol, tabaco, hidrocarburos...): 19.146,7 millones de euros 

Esto es: los trabajadores aportaron (vía descuento en su nómina) el 39,7% del total de ingresos tributarios; a través del IVA (pagado igualitariamente cada vez que se adquiere un bien o un servicio, independientemente del salario que perciba el comprador), el porcentaje fue del 33,1%. Mientras tanto, las empresas aportaron un 11,3% de la recaudación del Estado.

Con la reciente subida de impuestos, el Gobierno espera recolectar 4.800 millones de euros más: el grueso (4.650 millones) correspondería al Impuesto sobre Sociedades. No a través de una subida directa del gravamen, sino, básicamente, mediante dos vías: poniendo freno a la desgravación de pérdidas (técnicamente "compensaciones de bases imponibles negativas") y obligando a devolver las deducciones que realizaron por la pérdida de valor de participaciones en otras compañías. Es decir: invitando a las empresas a la mayoría de edad. 

Por cierto: la cifra que pagan las compañías en impuestos es, prácticamente, la mitad de la cantidad aflorada con la amnistía fiscal que puso en marcha Montoro: unos 40.000 millones de euros... aunque Hacienda sólo recaudó un 3% de esa cifra (1.200 millones de euros).

¿Demasiados números? Tranquilo. Vete a casa, ponte una serie o un partido. O mejor: sal y tómate algo. Disfruta de tu escaso tiempo libre sin calentarte la cabeza demasiado. Que si en la Dirección General de Tráfico no pueden conducir por ti, más arriba sí hay otros patriotas encargados de pensar en tu lugar.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Higiene mental

Feli barre los egos caídos en la moqueta. Y eso, en un lugar como una redacción, da muchísimo trabajo. Durante horas, recorre kilómetros en un circuito de pasillos trillados. Sube y baja peldaños por las tripas de un edificio inteligente. Vacía de forma mecánica unas papeleras que se reproducen por esporas. Recoge centenares de colillas no embocadas en los ceniceros. E intenta poner orden en los baños que algunos cerdos con pantalones convierten en cuadras.

El salario medio de un empleado de limpieza ronda los 11.000 euros anuales. Por eso no es extraño que, como Feli, muchas profesionales se vean obligadas a desarrollar su labor en varias empresas en turnos dobles. Algo que desde el Estado se penaliza: contar con dos pagadores obliga a presentar declaración de la renta.

Ante esta realidad, la primera respuesta de la mente burguesa es automática: "Haber estudiao". Una afirmación que, además de despreciable, resulta totalmente estúpida, vista la suerte de los jóvenes españoles durante los últimos años.

Otro segmento vituperado es el de los barrenderos. Pese a que cuentan con un sueldo sensiblemente mayor al de sus colegas, no son pocos quienes les tachan de vagos y critican sus huelgas con dureza. Antes de entrar en una redacción, tuve la ocasión de pasar unos meses con un cepillo de raíces en las manos. Además de comprobar que uno puede encontrar más desechos en pasillos enmoquetados que entre bolsas de basura, escuché un lenguaje esclavista: el que fuera mi jefe se denominaba, oficialmente, capataz. Un concepto que me retrotraía a las plantaciones de algodón de la América del siglo XVIII.

En esta escala de marginalidad dentro de los trabajadores de limpieza, el personal del hogar es, posiblemente, el más desfavorecido: la ausencia de contrato es la norma en este gremio. Como en tantos otros ámbitos de la vida, ellas reciben la peor parte; así, este sector en España está sostenido por mujeres en el 95% de los casos. 

El pasado octubre se celebró el primer congreso sobre Empleo de Hogar y Cuidados. Una buena oportunidad para que los trabajadores puedan organizarse y ganar en derechos. Pero su lucha contra los empleadores que intentan abusar de ellos no tendrá ninguna fuerza mientras que, desde el resto de la sociedad, se les mire con una soberbia propia del Antiguo Régimen. 

domingo, 15 de mayo de 2016

El progreso

Pasa otra tarde sin que Skynet se haya levantado contra los humanos. Parece que John Connor aún no ha regresado del futuro para prevenirnos de las consecuencias de nuestros actos. Aunque a algunos ya nos miran como si estuviéramos tan desequilibrados como Sarah Connor. La revolución digital no trae rayos láser ni robots asesinos, pero plantea un trueque perverso: unas cuantas comodidades más por unos miles de nóminas menos.

No hace tanto (se confirma: no nacimos con un móvil en la mano), hubo un tiempo en que la gente se miraba a la cara en los vagones de metro. Y en que ciertas cosas que hoy son tan corrientes como cortarse las uñas no pasaban del mundo de los sueños. Pagar con el teléfono sin llevar un euro encima, comunicarse con la otra punta del mundo gratis, comprar en el súper desde el ordenador de casa, viajar en un taxi sin licencia a mitad de tarifa o volar en avión a precios irrisorios no se consideraban ni como hipótesis.

Estos actos nos facilitan la vida, además de ahorrarnos un buen pico. Y el que esté dispuesto a renunciar a ellos, que saque el smartphone del bolsillo y lo arroje al retrete. Pero como casi siempre, la cara B no suele sonar tan bien. La llamada transformación digital, que parece se llevará todo lo que huela a humano por delante, supone para las empresas asentarse en un nuevo modelo de negocio con una ecuación clara: aumento de la facturación a través de la disminución de plantilla. Menos es más.

Bancos; compañías textiles, papeleras, envasadoras, ganaderas, de automoción, logísticas, hoteleras, medios de comunicación... El digital first abre un horizonte, cuanto menos, incierto. De hecho, los grandes gurús en Recursos Humanos afirman que el 80% de los jóvenes de hoy trabajará mañana en empleos que aún no existen. Es decir: fórmate a ciegas con la conciencia tranquila, porque todo el tiempo y esfuerzo que inviertas en tu futuro puede que no sirva absolutamente para nada. 

Mientras tanto, nuestros gobernantes salen al paso buscando nuevos acuerdos comerciales en cualquier parte del mundo, que nos facilitarán, por ejemplo, comer carne transgénica por un módico precio. Un avance más que te permitirá sustituir ese filete mohoso de la nevera por otro con buen aspecto que te acompañará durante semanas.

Cuando la recesión económica (que dicen los técnicos) aún no se ha ido, se otea otro meneo considerable. Todo serán facilidades, pero sin importar quién quede en el camino. Al ritmo que vamos, la crisis será haber nacido.

martes, 15 de marzo de 2016

Teoría de la relatividad

Mi amigo Pedro fue despedido hace unos días. Algunos prefieren usar la expresión "perder el trabajo", como si el empleo fuera una moneda que se lleva en el bolsillo y se extravía por un descuido. Como él, 4.152.986 personas cogieron la puerta de salida de la empresa en la que se dejaron la piel con invitación exclusiva al antiguo Inem.

Su caso ya no es noticia. El discurso oficial, ese que dice que hay que acostumbrarse a los recortes, que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que es insostenible el sistema de pensiones, ha calado tan hondo que un desempleado más tiene el mismo valor que una miga de pan sobre el mantel. 

Ya dijimos hace algunas tardes que la frase "hay que dar gracias de tener trabajo" resumirá a una generación entera. Y ahí es cuando vienen los relativistas con sus comparaciones de éxito: en ciertos países están mucho peor, hay mucha gente que no tiene qué comer, otros viven con un euro al día, etcétera. La demagogia hace que estos comparadores, que suelen ocupar posiciones acomodadas, obliguen al resto a dar gracias por su suerte.

Es curioso que esa teoría de la relatividad se base siempre en que el sujeto perjudicado es confrontado con personas que viven situaciones dramáticas. La comparación va, así, de arriba abajo: mira los que viven mucho peor y consuélate con tu situación. Nunca va de abajo arriba, esto es: para que algunos vivan muy bien, tú tienes que ser un peón útil a bajo coste. O, directamente, salir del tablero. 

Cuando piensan por nosotros, resulta mucho más cómodo. Una idea dada, avalada por decenas, centenares, miles de mentes pensantes, que se instala de forma sencilla en cerebros ajenos. El problema llega al detenerse para analizar esas palabras. Al ver las costuras de esos argumentos. 

Lástima que, para cuando se desvelen sus falacias, ellos ya estarán lejos y con los bolsillos llenos. Y sus hijos no necesitarán recurrir a una ETT para pagar recibos. 

Mucho ánimo Pedro.

viernes, 15 de enero de 2016

La practicidad de la vida

La rotura de una persiana puede provocar en ciertas personas el mismo temor que sufrían los galos: que el cielo se desplome sobre sus cabezas. Esa sensación la experimenté el 7 de enero (último regalo de Reyes). Ante mí, un mecanismo descompuesto tan complejo como el de la Bomba de Hidrógeno. El ocaso ya desde el amanecer.

Ni mi llamada a la casera ni la suya al seguro recompusieron esas lamas de plástico que antaño me guarecían de la luz del mundo. Pero de repente, como si emergiera de la Liga de los Hombres Extraordinarios, mi portero llamó al timbre y contempló el desaguisado con la misma sencillez de un adulto frente a un puzle infantil.

Mientras él subía la persiana, volvía a bajarla, desarmaba la lama herida, ensamblaba el resto, enrollaba la cuerda y atornillaba el tambor (todo entre explicaciones que sonaban milagrosas), yo me dedicaba a mirar la operación atónito y a pensar en la practicidad de la vida: en esas operaciones tan fundamentales de las que sólo nos preocupamos cuando fallan. 

Y reflexionaba también sobre lo poco reconocidos que están esos seres que resuelven tan fácilmente los problemas que a todos pueden surgirnos cualquier tarde corriente. Tan mal valorados, que hasta se les denomina "chapuzas"; esto es, persona que hace "trabajos mal hechos" o "de poca importancia", según define la RAE.

Un menosprecio que parte, sin duda, de ese aire de superioridad moral con el que miran ciertas personas con estudios superiores (el mismo nombre les anima) a aquellos que no los tienen. Como si la expedición de una licenciatura o un máster otorgara un título nobiliario para diferenciarse del vulgo. A las gentes así, les pregunto: ¿De qué os sirve haber leído las obras completas de Heidegger si ni siquiera podéis cambiar una bombilla? ¿Acaso la FP, o la misma Escuela de la Vida, son inferiores al sacrosanto mundo universitario? 

Lo peor de esos sujetos es que no sólo desconocen cómo arreglar un enchufe, sino que además se vanaglorian de ello. Como si esa actividad fuera exclusiva de gente ruin; como si ese campo del saber estuviera restringido a los ignorantes; como si la vida les hubiera reservado un pedestal para no mancharse las manos. Mentecatos.  

Para todos aquellos prohombres, mi más sincero reconocimiento. Y para esos otros engreídos: la próxima vez que el azar os rompa un desagüe, el asidero de un mueble o el cabezal de la ducha, pensad de qué os sirve vuestra infinita sapiencia sin la ayuda de los artesanos terrenos.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Sobre Twitter

Confieso (porque a día de hoy suena a pecado) que hasta hace poco tiempo no tenía cuenta en Twitter. En mi caso, la falta es capital: ya saben, aquel mantra que reza algo así como que un periodista que se precie de serlo tiene que estar en Twitter. Cuando empecé a estudiar esta carrera (perdón: oficio/profesión/religión, para los puristas), esta red social no existía. Y ahora parece que la estrategia de los grandes medios (y no tan grandes) gira en torno al pajarito azul. 

Según tengo entendido, Twitter es una herramienta informativa muy valiosa. Por el escaso tiempo que llevo utilizándola, puedo decir que estoy de acuerdo. Eso sí, siempre y cuando el usuario sea capaz de procesar unos 50 tuits por minuto. Es decir: si permanece encadenado a su móvil (y la batería de éste a la red eléctrica), puede considerarse bien informado. Con lo que pasamos de la tecnología móvil al ciudadano fijo (fijado a un teléfono móvil).

Otra particularidad de este “servicio de microblogging”, como lo define Wikipedia, es su reflejo de la sociedad. Cuenta con todos los alicientes de un patio de vecinos: cotilleos, insultos, peloteos, mentiras y envidias. Algunos han perdido el empleo en 140 caracteres. Y otros han recibido la visita de la policía por este motivo.

La relación de seguidores (followers, en este argot tuitero) es el Santo Grial que todos persiguen. Una lista que fluctúa como la prima de riesgo y que, según los gurús del tema, lo hace en relación directamente proporcional al interés de lo que tengas que decir. Junto a esto, hay tuits patrocinados. Esto es: gente que paga a Twitter (o a otros usuarios) para que sus comentarios tengan mayor visibilidad.

En las entrevistas de trabajo, y como un requisito más, algunas empresas ya han comenzado a fijarse en el número de seguidores en Twitter de los demandantes de empleo. Así, cuantos más tenga el candidato en cuestión, más apto resulta, dicen. No sé cómo serán los casos de los que suman miles de seguidores. En el mío, mientras escribo estas líneas, cuento 159: la  mayoría son compañeros de trabajo, amigos y familiares, por este orden. El resto van desde compañías telefónicas a empresas de transporte, pasando por discotecas, señores que intentan venderme algo y algún perfil que ofrece fotos de mujeres ligeras de ropa.

No me considero un ludita ni un nostálgico de la grabadora de cinta. Y tampoco pretendo contradecir a más de 500 millones de personas. Ni siquiera tengo intención de cancelar mi perfil en este servicio. Pero algo chirría cuando tu cuenta corriente puede depender del número de followers de tu cuenta de Twitter. Y menos coherente resulta conceder que el futuro de los medios de comunicación, y de la sociedad en su conjunto, se encuentra en manos de una compañía privada.

Por cierto: por lo que pueda pasar, no olviden seguirme en @jota_exposito

martes, 15 de septiembre de 2015

¡Trabaja, vago!

“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. O algo así vino a decir Dios al primer hombre, según la tradición cristiana. La misma que llama pecado capital a la pereza. Castigo divino o redención (dejemos esto a los teólogos), para el común de los mortales el trabajo ha estado mal valorado desde la noche de los tiempos. Ocupaciones que roban horas a otras cuestiones (metafísicas o mundanas) y que acaban por agriar el alma. 

Hasta el mismo diccionario no escatima adjetivos para definir al trabajo. “Dificultad, impedimento, perjuicio, penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz”, entre algunas de sus acepciones. Ya en 1883, un señor llamado Lafargue reclamó el derecho a la pereza como vía para alcanzar una sociedad en equilibrio con el capital. 

Salvo para unas cuantas familias (siempre sustentadas por otras), el trabajo es la primera certeza que conoce el ser humano. La segunda es la de su propia muerte (y muchas veces van íntimamente ligadas: hay trabajos que matan). “El trabajo os hará libres”, escribieron los nazis en las puertas de entrada a los campos de concentración. Una costumbre que se ha perdido, pero que algunos empleadores mantienen en su fuero interno.    

Claro que hay trabajos y trabajos. Imagino que un pocero no debe tener las mismas condiciones que un futbolista de élite. Aunque cada uno se lo toma como quiere. Por ejemplo, cada mañana, cuando cierro la puerta de casa, escucho a mi portero canturreando mientras pasa la fregona. Se le ve feliz. Y a mí eso me hace preguntarme muchas cosas.  

En su caso (el de mi portero), no sé si eligió serlo. Pero la solución menos mala pasa por elegir tu trabajo. Y hay vocaciones muy bonitas: médico, bombero, maestro, periodista, actor porno... El caso es que te sientas a gusto con lo que haces. Normalmente, estas profesiones exigen pasar por la Universidad. Una inversión, la llaman, de tiempo y dinero, que te garantiza el éxito. O eso dicen. Habría que preguntar a los titulados que dejaron el país. O a los que siguen confiando en que su suerte cambie mientras encuadernan sus diplomas en edición facsímil.  

Algunos se guían por el sueldo para decidir su futuro. Lástima que ahí no tengas mucho que decir. Incluso, los expertos en Recursos Humanos defienden que es un error preguntar por los honorarios a las primeras de cambio en las entrevistas de selección. Pero no te preocupes: otros deciden por ti. Según un estudio, los gerifaltes del IBEX han aumentado un 10% su salario en los últimos cuatro años; en ese tiempo, el de los trabajadores ha descendido un 5%. Otra Bolsa, la de parados, cotiza al alza: a finales de junio, si creemos en la Encuesta de Población Activa del INE (otra tarde hablaremos de esta nueva religión que son los datos), estaba en el 22,37%. Esto es: de cada 100 personas en condiciones de trabajar, más de 22 no tenían empleo conocido. 

Hay quien no trabaja porque no quiere. Quien no lo hace porque no puede. Y a otros que, aún con el querer y el poder, no se lo permiten. El currículum vitae es el género literario del siglo XXI y muchos podrían escribir tesis doctorales al respecto para impartir clase en las facultades. Así, la fábrica de parados en la que, de un tiempo a esta parte, se ha convertido la Universidad serviría, al menos, para tratar con una realidad cotidiana.
Si no te gusta tu trabajo, no lo tienes o tu sueldo no da para más, siempre puedes mirarte en el espejo de los empresarios y dar trabajo a otros. Un acto altruista y que va bien para eso que llaman Marca España. Por ejemplo, bajar al bar más cercano. Con ese simple gesto, mejoras el PIB nacional varios puntos: das trabajo al camarero, a tu hígado y, si te esmeras un poco, al médico de guardia. Vamos, lo que los economistas de manual llaman pleno empleo.