Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta familia. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de marzo de 2019

Cuestión de honor

Hace unos días, recibí en el correo un antiguo vídeo donde unos paisanos llegan a las manos por las cuitas vecinales y un quítame allá unos euros. La discusión, acalorada, pasa a los golpes cuando uno de ellos insinúa que su interlocutor ha sisado dinero de la comunidad. La ofensa al honor hace que el sujeto ultrajado saque a pasear el puño y lo demás es historia viva del periodismo español contemporáneo.

El individuo de la grabación de marras es un buen ejemplo de que el ser humano puede tolerar con estoicismo determinados tipos de desprecios, pero si se trata de la honra, se le disparan los instintos más viscerales. El ciudadano medio español se emplea con vehemencia cuando le tachan de ladrón, afeminado, cornudo o le mientan a la madre. Es una reacción tan previsible como la de mezclar fuego con gasolina. 

Entre los prohombres de nuestra clase política, son numerosos los casos de reacciones airadas cuando han sido identificados como amigos de lo ajeno. En esos momentos, han preferido recurrir a la retórica para argumentar lo injustificable. Por el camino, se ha perdido una generación magnífica de literatos, a la altura de las mejores plumas del 98 o del 27, aumentando por contra la población reclusa nacional y la venta de banderas rojigualdas. 

Pero más allá de la ética, son el cuestionamiento de la virilidad y la desconsideración hacia el círculo de mujeres más cercano (esposa, madre, hermana, hija) los aspectos más recurrentes a la hora de desatar las hostilidades. De hecho, muchos hombres se muestran más inquietos por la honorabilidad de las mujeres que las propias aludidas. Algo, por otra parte, nada extraño, si observamos a ciertos representantes públicos más preocupados por la maternidad que las propias madres. Serán cosas del acervo popular, los cristales y las honras de las mocitas.

Si rebuscamos en esa tradición añeja, "el qué dirán" fue, posiblemente, el grupo de palabras más pronunciado en el seno de la familia de los años 80 hacia atrás. Eran utilizadas por los progenitores como el comodín que cerraba todas las conversaciones con los hijos a la vez que frustraba los sueños de libertad de estos. Especialmente de las hijas, que si pretendían pasar un fin de semana fuera de casa con algún chico, regresar más tarde de la hora establecida o apostar por una menor cantidad de tela en el vestir, chocaban inexorablemente con la monserga inicial (pronunciada, casi siempre, por el padre).

A los tres factores ya mencionados que empujan al desagravio (integridad moral, virilidad y defensa del núcleo femenino), se ha unido en estos tiempos un nuevo motivo de injuria para un tipo concreto de hombre: la defensa de los derechos de las mujeres. Quizás porque, en su cerebro, atenta contra esos tres pilares sagrados: su integridad -ética y viril- como rol dominante en la sociedad y el hecho de que esa demanda venga, paradójicamente, de las mismas mujeres a las que él se empeña en proteger.

A falta de un botón de fast forward que nos lleve a una sociedad futura, queda un presente donde la pedagogía, la práctica del sentido común y, por qué no decirlo, la elección del voto condicionan el desarrollo de esos derechos. La mayor deshonra sería tener que explicar a nuestros descendientes que nosotros tampoco llegamos más lejos por el qué dirán.

martes, 1 de enero de 2019

No soy yo, eres tú

Dicen que las despedidas son duras. Los abrazos previos a los controles de seguridad en los aeropuertos o los llantos enlatados en los sofás de los reality televisivos parecen confirmar la teoría. Pero decir adiós no siempre tiene por qué ser sinónimo de penitencia. Es más: hay ocasiones en las que poner tierra de por medio con determinadas personas o situaciones supone una obligación moral. 

Esta prescripción facultativa debería ser forzada en todas las relaciones insanas. Las de pareja son las más proclives a derivar en pesadilla en nombre del amor y la costumbre (se olvida que, también con Eros como excusa, se desató la guerra de Troya hace ya más de 3.000 años). Cuando se viola el principio básico que coloca los límites de la libertad propia en la frontera con la ajena, el cariño y la pasión mudan en una cárcel de infelicidad donde se vive de tiempos pretéritos. Como si el pasado por sí solo pudiera sostener el futuro.

Más allá de las relaciones de pareja, los lazos de consanguinidad se convierten, en determinadas circunstancias, en sogas al cuello. Una palabra, familia, parece el comodín para justificar todo tipo menosprecios entre personas que comparten apellido. La presión social, esa obligación de contar con una parentela bien avenida por encima de todas las cosas, empuja a muchos infelices a continuar sufriendo el maltrato psicológico en el seno genealógico. Y, por supuesto, con una sonrisa pintada en la fachada.  

Por no hablar de aquellos que viven con el miedo a la soledad metido en los huesos y prefieren compartir su tiempo con personas a las que no soportan con tal de estar acompañados. El concepto de amistad, en dichas situaciones, transmuta en una suerte de comparsa interesada, donde el supuesto premio (la compañía, sea cual sea) compensa el precio a pagar (una incomodidad manifiesta). 

El paradigma de adiós necesario se produce en el ámbito laboral. Contar con un empleo mal remunerado, donde el jefe de turno valora más las funciones de la grapadora que las del trabajador o en el que el círculo de compañeros es un nido de puñales al costado (o, por qué no, todo en conjunto) hace perentoria la huida. Claro que, en este caso, la dificultad se redobla: entra en juego la subsistencia vía salario, lo que puede obligar a alargar la condena sine die.  

Por todo lo anterior, a la hora de corroborar el tópico de la dureza de las despedidas, mejor detenerse a pensar en escenas en las que, quien más, quien menos, se ha visto inmerso de lleno. Decir adiós puede ser el mayor acto de liberación. Por eso, no tengan miedo si en algún momento de la vida deben plantarse (ante una pareja, un pariente, un amigo o un jefe). Cojan aire y díganlo sin reparo: lo siento, pero no soy yo, eres tú.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Si España fuera

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, 5 serían mujeres y 5 hombres. Respecto a su nacionalidad, 9 serían ciudadanos españoles y 1 extranjero. Aproximadamente 2 tendrían menos de 18 años, prácticamente el mismo número que aquellos con 65 o más años. La edad de los 6 restantes estaría comprendida entre los 18 y los 64.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, 5 formarían parte de la población activa, estando en edad y en condiciones de encontrar un trabajo. De ellos, 4 dispondrían de un empleo, mientras que 1 se encontrarían en paro. Las otras 5 personas formarían parte de la población inactiva, siendo 2 de ellas pensionistas y 2 estudiantes. 

De las 4 personas con empleo, 2 contarían con un horario inferior a las 40 horas semanales, cosa que sí tendrían las otras 2 personas ocupadas. De este póquer de trabajadores, 3 estarían empleados en el sector servicios. Y del total de empleados, 3 serían asalariados, mientras que uno de ellos trabajaría por cuenta propia.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, el salario mediano de los 4 empleados se situaría en 19.433 euros. Los 2 hombres con trabajo cobrarían un 28,5% más que sus 2 colegas mujeres. En cuanto a los 2 jubilados, la pensión más cobrada por el único hombre se situaría entre los 600 y los 650 euros; en el caso de la mujer, se colocaría alrededor de un 33,3% por debajo de esa cifra.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, 4 estarían casados, 3 serían solteros, 1 viudo y 1 separado o divorciado (el décimo residente en la aldea tendría menos de 16 años). 8 de ellos residirían en una vivienda en propiedad, mientras que los otros 2 tendrían su domicilio en un inmueble de alquiler. Al menos 4 vivirían en grandes ciudades (más de 100.000 habitantes), mientras que 2 lo harían en pueblos (hasta 10.000 habitantes) y el resto en municipios de entre 10.000 y 100.000 personas.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, de entre los mayores de 25 años (aproximadamente, 8 de los 10 paisanos), 3 tendrían finalizada la educación infantil o la primaria, pero no habrían concluido la secundaria; 2 sí habrían finalizado la secundaria y 3 contarían con estudios universitarios.

Si España fuera una aldea en la que vivieran 10 habitantes, de los 8 llamados a las urnas en las Elecciones Generales, 2 no ejercerían su derecho al voto. Entre los que sí optaran por elegir a sus representantes, 3 votarían al PP, 2 se decantarían por el PSOE, 2 confiarían en Unidos Podemos y 1 apoyaría a Ciudadanos.


* Fuentes empleadas:

lunes, 15 de octubre de 2018

Rostros conocidos

Nuestro círculo social se compone de tres tipos de sujetos: amigos, familiares y compañeros. A los primeros (donde podría incluirse la pareja) los elegimos a conciencia; los segundos son impuestos y de vínculo indisoluble (el contacto puede perderse, pero no quiebra el parentesco); mientras que los terceros, si bien son igualmente forzosos, desaparecen una vez abandonado el espacio común (trabajo, centro de estudios, vivienda, etc.).  

Cualquiera de los individuos descritos puede cambiar de categoría (por ejemplo, un compañero puede convertirse en amigo en un momento dado) o formar parte de varios grupos a la vez (el ejemplo paradigmático sería el de un pariente enchufado en la empresa por otro familiar con quien, a su vez, mantiene una estrecha amistad).    

Paralela a las anteriores, existe una cuarta clase: tipos con los que nos cruzamos a diario pero de los que no sabemos absolutamente nada. O, en el mejor de los supuestos, únicamente el oficio. Su rutina se entrelaza con la nuestra en un momento dado. Puede ser cuestión de segundos o, a lo sumo, desplazamientos circunstanciales. Y de esa repetición del encuentro surge una complicidad invisible.

Durante la jornada, cada persona acumula un grupo más o menos nutrido por esta variedad de personajes. Una vez puesto el pie en el asfalto, mi mañana comienza topándome con el doble de Benzema. En su caso, en lugar del Real Madrid, regenta una frutería de barrio. Me gusta pensar que realmente se trata del jugador de fútbol, en un intento de emular a Simone Weil y ocupar el lugar del trabajador para conocer su modo de vida. 

Unos pasos más adelante, llega el turno del heavy: un hombre de mediana edad con camiseta de AC/DC, coleta cana deshilachada y paso ligero aferrado a un cigarro eterno. Podría pensarse que vive esclavizado por el tabaco, que en su caminar brioso intenta alcanzar al mismo humo que exhala. O que simplemente huye de esa mujer en patinete eléctrico, siempre con ropas coloridas, que pasa por el mismo punto unos minutos más tarde.

En el 49, entre la terna de buseros que se suceden, el más inquietante es aquél de mediana edad, barbilla afilada, barba rasurada y sonrisa perenne. Una mueca inquietante, que parece esconder un gran secreto (¿oculta un cadáver en el motor?). En ese mismo autobús, entre todas las caras conocidas, destaca la del jubilado con raya a la izquierda, orejas grandes y aspecto de viejo galán de telenovela, que mantiene un vivo debate silente consigo mismo: mueve los labios, cabecea, gesticula, se encoge de hombros, rebatiendo mil veces sus propios argumentos. 

El kioskero furioso, la anciana que ha firmado un pacto con el diablo, el albañil sentado en el poyete del local frente al cierre echado, la peluquera vestida de rosa y negro que friega la acera... Todos ellos, vosotros, yo mismo, conformamos una congregación de rostros conocidos para otros. Quizás nunca se rompa el silencio entre nosotros, pero un simple cruce de miradas basta para fijar el recuerdo en la mente del prójimo. Y con esa sencilla evocación, aunque jamás lleguemos a conocernos, siempre permaneceremos vivos. 

domingo, 1 de julio de 2018

Espíritus trocados

"Tomo cuatro pinchos en el bar, porque si me trae mi mujer algo, no puedo ni comer tranquilo: los clientes te piden hasta la Constitución, no te dejan en paz, les da igual si te ven comiendo. Estás de espaldas a la barra y te gritan 'ponme un café': ni buenos días, ni por favor, ni gracias. ¿Cuando van a la carnicería hacen lo mismo? Seguro que no. Yo hace diez años no era así. ¿Y cómo no te va a cambiar el carácter?".

Mario sostiene en solitario su bar, con la ayuda puntual de su padre, ya jubilado. Exhibe una ostensible cojera fruto de una fascitis plantar crónica, mal curada por su imposibilidad de cerrar el negocio para tratarse. Pero el pie parece ser lo que menos le duele a un hombre que atisba el medio siglo de vida hastiado por su trabajo. Una apatía que traslada al cliente y que muta en cólera cuando una de ellas le espeta a bocajarro magdalena en mano: "Haber estudiao".

No muy lejos de su local, Luis regenta un kiosco de prensa, situado de cara a un edificio del que apenas le separan un par de metros. Esquiva la mirada a los vecinos y elude el buenos días de rigor desde su habitáculo de dos metros cuadrados. En soledad. Es la imagen de un negocio, el de la prensa, en franca decadencia, ensimismado y nostálgico de tiempos mejores.

En ese mismo bloque donde el kiosquero arroja sus modales, las planchas de pladur dejan pasar cada golpe, corrimiento de sillas, grito, nota musical o centrifugado en cualquier dirección. Bien lo sabe Carla, para quien conciliar el sueño cada noche se convierte en un reto: sus vecinos del tercero infringen a diario las normas más básicas de la convivencia vecinal, para perjuicio de sus nervios y los de su perro. El animal gestiona la tensión a golpe de ladrido, por lo que Santiago y Ana, en el piso inferior, son daños colaterales de un mal precedente.

Pero, ¿dónde arranca esa cadena de quebrantos? ¿Quién comienza esa bola de nieve de ira que arrasa con todo lo que se cruza? 

Abrir la puerta y no recibir un gracias, frenar a medio paso de peatones ante un acelerón de coche, toparse con un infiltrado en la cola de la panadería, ser víctima de una mentira interesada... Son acciones aparentemente nimias, que suceden a diario. Pero hilvanadas conforman un lienzo propicio para el pincel de la irritación. 

Un trabajo ingrato, un vecino desconsiderado, un familiar molesto o un cónyuge resentido pueden ser focos de hartazgo. Administrados en pequeñas dosis, vía espíritu, elaboran un cóctel tóxico que envenena lentamente el carácter del más templado, como la enfermedad más virulenta, hasta mutarlo en una figura donde no se reconoce.

lunes, 15 de mayo de 2017

La familia

La familia es la primera lotería en la que participa el ser humano sin quererlo. Un sorteo del que determinados sujetos salen ganadores y otros hipotecados de por vida. Así, para algunos, el núcleo en el que pasan sus primeros años es una rampa de lanzamiento hacia una existencia equilibrada. En cambio, para otros, se convierte en una rémora de la que nunca se liberan.

"Nunca digas lo que piensas a alguien fuera de tu familia". La frase de Vito Corleone a su hijo Sonny en El Padrino resume el sentimiento de unión y pertenencia que ciertas sagas comparten. No cuesta mucho imaginarse a esos padres transmitirle ese mensaje a sus hijos en el mundo real. El mismo Jordi Pujol podría haber firmado esa sentencia, palabra por palabra, en cualquier cena de Navidad, rodeado de todos sus vástagos ante una mesa bien dispuesta, bajo la atenta mirada conmovida de su fiel Marta.

Pero como en toda sociedad, la igualdad dentro de una tribu con ADN común es difícil de alcanzar. Filias y fobias conviven en ese microcosmos que se incuba entre cuatro paredes. La niña, el varón, el primogénito, el pequeño... Existen tantas teorías sobre quién es el favorito entre los miembros de la prole que podrían redactarse millones de tratados que contradijeran al primero. Y todos y ninguno tendrían la completa razón.

Una vez seleccionado el tallo grueso, los patriarcas que caen en la predilección pretenden hacer de sus descendientes una continuación de su obra. Conozco testimonios de hombres a los que sus padres les entregaban el sobre para las elecciones generales con la papeleta de "los buenos" dentro. Y de mujeres a las que, antes de plantearse con quién compartir su intimidad, debían someter a su candidato al casting materno, más exigente que el de un aspirante a papel protagonista en una superproducción de Hollywood. 

No hace falta recurrir a linajes ilustres e ilustrados, como el de los Panero, para encontrar casos de clanes en los que el clima se vuelve tan irrespirable como en La casa de Bernarda Alba. Entre la llamada clase media se esconden verdaderas aberraciones, donde a sus protagonistas sólo les salva de la destrucción de la personalidad una huida a tiempo para no acabar desintegrados.

También los hay que, por intentar evitar a toda costa los errores que cometieron con ellos en el seno familiar, acaban replicando los mismos desaciertos hasta el infinito, en una suerte de maldición generacional en bucle. Una condena de sangre de la que todos salen perdedores y que abona el terreno a las disputas internas.

Por eso no es extraño que, de un tiempo a esta parte, las salas de los tanatorios se hayan convertido en improvisados escenarios para los reencuentros fraternos. Y sólo allí, después de años sin mediar palabra, los hermanos -con un ojo en el cadáver del progenitor y otro en su albacea- acaban tragándose el orgullo de décadas.