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lunes, 1 de octubre de 2018

Murciélagos

Ya hace más de una semana que, oficialmente, el verano recogió sus bártulos. Los rayos de sol, como las añoranzas de cambio, se consumen cada vez más temprano en el juego de sístole-diástole de los días al través del calendario. Pero en este octubre instalado en los 30 grados (constatación de la idiocia humana sobre el planeta), ellos todavía serpentean en vuelo aparentemente errático al caer la tarde.  

Los murciélagos ondulan entre los postes de la luz al ponerse el sol, calle arriba, calle abajo, en torno a las farolas que comienzan a iluminarse. Como las oscuras golondrinas del poema de Bécquer, siempre regresan a los balcones. Aunque ellos lo hacen cuando el calor de las tardes empieza a espesar, para absorber así la claridad de unos días plomizos. 

Esa consistencia vespertina flota en el ambiente y atrapa los anhelos en una gran red de pescador, por donde solo escapan pequeños fragmentos de deseo. En una siesta interrumpida, donde caben todos los sueños del mundo, el cabeceo dominical entre imágenes vaporosas expira cuando un murciélago zigzaguea al otro lado de la ventana al inicio del crepúsculo.

Su imagen despierta un miedo ancestral entre gran parte de la población. En cierta medida, debido a la asociación de este animal a determinados estereotipos mitológicos con carga simbólica negativa (oscuridad, muerte, sangre). Los ataques esporádicos de este último verano han servido para demonizar un poco más esa supuesta naturaleza peligrosa. 

Sin embargo, su labor es más que digna de agradecer, al acabar con molestas plagas de insectos y realizar funciones polinizadoras. De hecho, el 70% de estas especies son insectívoras. Y como asegura la Secemu (Asociación Española para la Conservación y el Estudio de los Murciélagos), además de estar protegidos por ley, sólo se ha reconocido una muerte en Europa por transmisión de rabia en las últimas tres décadas. 

Con la llegada del frío, desaparecerán del paisaje sin que reparemos en su adiós. Como las letanías del devoto en el templo, flotarán en el ambiente hasta extinguirse por los tejados. Y una vez ausentes, aguardaremos a que el bochorno estival perfile su regreso y remonten el vuelo, en un juego de sombras chinescas sobre el azul de un cielo de estío que hoy ya es pasado.

sábado, 15 de julio de 2017

Sonidos perdidos

Tres años durmiendo junto a una autopista provocan, entre otros efectos secundarios, un olvido auditivo severo. Cuando el sueño se recibe con un constante rugir de motores nocturnos y se despide con la misma sintonía, como el de una radio con mala señal emisora de ondas perennes de CO2, el cerebro extravía los sonidos que, hasta ese momento, le acompañaron.

Después de la última mudanza, recuperada la calma perdida, que el primer despertar lo produjera el trino de un gorrión me resultó tan extraño que creí encontrarme lejos de la capital del extinto imperio. Antes, el único animal al cual podía identificar por su voz, además de a mi antiguo vecino, era a la chicharra, que cada verano recuerda con su chirrido incesante cómo el calor acabará por sepultarnos.

Pocos días después, acostumbrado de nuevo a los pájaros como portadores del amanecer, el llanto de un bebé me estremeció. No por molesto (para mi sorpresa), sino por evocarme la salvaje humanidad a la cual pertenecemos, y que tan a menudo dejamos malherida en cualquier titular de prensa. 

Cuando ya creía del todo reparada la memoria sonora, el rasgueo de una guitarra proveniente de una ventana quebró el sopor de una plomiza tarde de verano, para devolverme un matiz aparcado en el subconsciente. No era ya el tañido digital salido del altavoz de una computadora, sino el roce de los dedos sobre las cuerdas de un instrumento real. 

Habitar una urbe sin vida impide una profunda cura de silencio, tan necesaria para recuperar el sentido del oído. El olvido de esos murmullos antaño familiares (el agua de una fuente, el zumbido de una mosca o el eco del propio silencio) provoca que nuestra mente sólo albergue onomatopeyas vacías (el pitido de un móvil, el claxon de un auto, la megafonía del metro) que despiertan estímulos condicionados, como el perro de Pavlov y su incómoda campana.

Ya sólo espero que, un domingo cualquiera, la armónica del afilador me devuelva a la infancia, para acabar recobrando por completo esa colección de sonidos olvidados, perdidos en algún lugar de la memoria, y que nos reconcilian con nosotros mismos.

P.D.: Volveremos con los sonidos de septiembre.

jueves, 15 de junio de 2017

El reino del sol

Desde los tiempos del Spain is different, no pocos han loado las bondades de este país donde poder desarrollar el tránsito entre el nacimiento y la muerte. Con la grasa de un pincho de tortilla de patata en las comisuras, el bañador mojado pegado a las nalgas y bajo los efectos de un tinto con limón bien cargado, cada verano se escucha la misma sentencia en cualquier playa del territorio: "Como en España, en ningún sitio".

Parece que el sol (una de las pocas cosas que no han conseguido recortar los políticos) es remedio para todo a este lado de los Pirineos. Jubilado, ¿no le llega su pensión a fin de mes? Salga a la calle un día primaveral y verá cómo ensancha el ánimo y su renta. Parado, ¿no encuentra trabajo? Vaya al parque y, bajo los rayos del astro Rey, estará más cerca de su empleo. Estudiante, ¿ya vas por la cuarta reválida? ¡No te preocupes! Un buen baño de sol te embeberá de conocimiento.

Esa cifra indeterminada de mujeres y hombres imbuidos de espíritu aventurero que dejaron su patria para buscar suerte en otro lugar no tenían una vivienda con orientación sur. Seguro. Si no, ¿cómo se explica ese abandono voluntario de El Dorado? Dar de lado este vergel de días luminosos y cambiarlo por lugares lúgubres como Londres, Berlín o París, u otras latitudes más septentrionales, ¿en qué cabeza cabe?

"Prefiero disfrutar de un buen vino al calor de la chimenea en cualquier ciudad de Centroeuropa que sudar en la terraza de un bar en España", me decía una amiga venida de un país lejano antes de que arreciara el calor estival. No cabe duda que influida por el desconocimiento de esta tierra en la que ha permanecido durante las últimas dos décadas.

Mejor atender a esos otros extranjeros bien informados que han hecho de Magaluf, Benidorm, Marbella o la misma Barcelona centros de recepción de viajeros ávidos de conocer las bondades de este pasaporte al nirvana. Ejemplos de turismo de calidad y de disfrute bajo un sol que sonríe a su paso. Son visitantes desenfadados que, además, hacen de este sector el motor de la economía española y multiplican las contrataciones.

La ausencia de aire acondicionado en el hogar, de vacaciones retribuidas (por exceso o carencia de trabajo) o, incluso, de ahorros para alojarse en el patio trasero de Europa suenan a la excusa del chiquillo que no quiere ir a clase. Minucias que no pueden hacer sombra al reino del sol, que ni en invierno cesa. ¡Como en España, en ningún sitio!

viernes, 15 de julio de 2016

Próxima estación: Itaca

La cuenta atrás hacia agosto, ese mes en el que el país olvida su actividad, marca el comienzo del verano. La Ruta 66 a la española, entre Madrid y Valencia, derrite su asfalto ante los millones de desplazamientos. En todo el Estado, la Dirección General de Tráfico prevé, entre julio y agosto, 84 millones de traslados.

Estamos en la época en la que el espíritu dominguero se extiende a los siete días de la semana, con piscinas, parques, terrazas y parajes serranos atestados de personas. Pero aunque para algunos resulte increíble, quedan seres que deben desplazarse a su trabajo e, incluso, sin disponer de transporte privado. Para ellos, este será un verano especial: la principal arteria del suburbano madrileño sufre una cornada por la que se desangran horas de esperas, kilómetros de ascensos y descensos de escaleras y mala hostia a espuertas.

La Línea 1 de Metro de Madrid, inaugurada en 1919, arrancó el 3 de julio unas obras que paralizarán por completo el tránsito entre Sierra de Guadalupe y Plaza de Castilla hasta el 12 de noviembre. En total, 23 estaciones y 13,5 kilómetros de recorrido. Pese a que la Comunidad ha dispuesto servicios sustitutorios con autobuses de la EMT en tres trayectos, ha obviado el servicio de conexión entre Atocha Renfe y Cuatro Caminos: 10 paradas entre la estación del AVE y una de las zonas más transitadas de la ciudad. Sabina ya no se podrá bajar en Atocha.

El Gobierno regional afirma que las 14  intervenciones se ejecutarán a la vez porque "asegura  una menor afección a los usuarios, que es nuestro principal objetivo" (sic). Desde enero y hasta el mes de mayo (último dato disponible), el metropolitano tuvo más de 255 millones de desplazamientos. La Línea 1, con 38,3 millones, fue la segunda más utilizada, sólo por detrás de la Línea 6, un anillo que recorre toda la ciudad y que contó con 42,6 millones. Ahora, ambas han perdido sus dos puntos de confluencia, en las estaciones de Pacífico y Cuatro Caminos.

Para que los no iniciados en este ferrocarril subterráneo se hagan una idea, el trayecto entre Congosto y Plaza de Castilla en línea directa puede llevar en torno a los 45 minutos. Así, la persona que ahora deba hacer ese camino tendrá el siguiente itinerario:
  1. Dos paradas en Línea 1 hasta Sierra de Guadalupe;
  2. Salida a la superficie, con una temperatura media de 37 grados, para intentar entrar en uno de los autobuses sustitutorios que le lleve a Conde de Casal;
  3. Descenso al centro de la Tierra para desplazarse en la Línea 6 una estación hasta Sainz de Baranda;
  4. Trasbordo a la Línea 9, por la que deberá viajar 10 paradas hasta alcanzar su destino.

Esta odisea a través de tres líneas de metro, un autobús y varios minutos a pie puede suponer para el viajero del caso expuesto entre un 50% y un 90% más del tiempo habitual que emplea en dicho desplazamiento. Y sólo es una de las miles de peripecias que vivirán los usuarios en los próximos cuatro meses.

Los gestores de Metro de Madrid, una empresa pública con más de 1.000 millones de euros de presupuesto, un patrimonio neto superior a los 480 millones y una cifra de negocio de 783 millones, puede que no utilicen mucho el transporte con el que juegan al Scalextric con los madrileños. Aunque bastante tienen con diseñar un plan para afrontar la deuda de 659,4 millones de euros con una docena de bancos acreedores que expirará, según sus estimaciones más optimistas, no antes del año 2035. Una deuda que, por cierto, pagamos todos.

No sabemos si para entonces se habrán satisfecho esos préstamos, si el servicio en Línea 1 estará restablecido o si España seguirá jugando a la ruleta rusa con el voto. Sea como sea, nosotros volvemos en septiembre.