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domingo, 15 de julio de 2018

Esperas

"Los tristes tienen dos motivos para estarlo: ignoran o esperan". La cita recurrente de Albert Camus que acompaña a esta bitácora señala dos males que azotan al ser humano desde la noche de los tiempos: el desconocimiento y la espera. Si el primero, en determinadas situaciones, es considerado una dicha, el segundo conduce a la desesperanza más absoluta.

La espera y el tiempo cabalgan juntos. En una relación directamente proporcional, la noción del paso de los segundos se acentúa cuando se acrecenta la espera. Pero ésta, como el tiempo, resulta relativa: nunca es igual para dos sujetos. Lo que para uno supone una lenta tortura, para otro no pasa de un mero tránsito entre dos instantes. 

Ese relativismo temporal implica que no todas las esperas sean iguales. Convengamos en que no resulta equiparable la impaciencia del telespectador ante la pausa publicitaria que el transcurrir de los días para el opositor que aguarda la nota de su última convocatoria. O, en los casos más extremos, la vigilia del paciente ante los resultados de unas pruebas médicas.

Sea como fuere, la espera está insertada en nuestras venas, se respira a diario. En esta era de frenesí, dominada por la prisa, aún se vuelve más tangible por la impaciencia que nos empapa. Ya sea en la parada del autobús, frente a la puerta de un baño público, en la terminal de un aeropuerto o en la butaca de la sala del dentista, a diario acapara centenares de momentos.

El mayor drama de la espera es que, en ocasiones, nunca termina. En ese escenario crítico, se convierte en un continuo, donde cada minuto del día, cada día del mes y cada mes del año son una concatenación de esperas. Lo sabe el pretendiente que nunca halló el amor verdadero, el oficinista que jamás atrapó su ascenso o el idealista que pereció engullido por un mundo infame.

Ante la incertidumbre de la espera, el manto de la esperanza es la salvaguarda para todos los que viven expectantes de cambio. La promesa de la venida de un algo que quizás sólo exista en su imaginación, como un paraíso perdido que anhela recobrarse. Ese sentimiento vehemente es lo único que los mantiene erguidos en proa, ansiosos por avistar tierra, combatiendo la sentencia de André Giroux: "El infierno es esperar sin esperanza".

Ahí precisamente radicaría el secreto: en esperar sin desesperar, con la conciencia de que todo lo bueno retarda su llegada... Y aunque este no sea el caso, habrá que aguardar hasta septiembre para volver a leer Tardes Corrientes.

lunes, 1 de enero de 2018

La trampa del pasado

No hace mucho, regresé al que fue mi barrio durante tres años. Las calles que en ese intervalo me parecieron, en ocasiones, inhóspitas y desconocidas, las encontré ahora con una expresión de cordialidad que me recibió a través de una suave brisa. Los vecinos, el asfalto, las fachadas de cemento y hasta los motores de los coches parecían acogerme.

Es curioso cómo lo que hoy es percibido extraño y ajeno, con el paso del tiempo es idealizado. Ocurre con las relaciones que se terminan (infiernos en el presente que se envuelven de calidez con la pátina de los años), los ciclos vitales (¿quién no añora la odiada época de estudiante?) y también con los lugares.

Sin duda, la mala memoria es responsable de esto. Y nos pone zancadillas en el presente, para que lo percibamos, no ya como ocurrió verdaderamente, sino de forma diferente al pasado que realmente fue. Una suerte de holograma, de representación, que refleja una visión que en nada se parece a la vivida.

En esa trampa espacio-temporal, estamos condenados a esperar el futuro para encontrar a nuestro ahora más atractivo, en un juego sin fin que nos conduce al delirio. Bajo esa falsa premisa, todo tiempo aún no llegado nunca será mejor que el ya concluido; incluso si ese momento finiquitado nos torturó hondamente, la óptica engañosa de la posteridad le otorgará un aire totalmente renovado.

La parte positiva de este sinsentido es que nos aproxima a la comprensión del absurdo que nos empapa: ese que, por todos los medios, busca un significado, un fin, a un mundo que se desvela incoherente. En definitiva, una tierra hostil, que guarda silencio ante nuestros interrogantes y se muestra indiferente ante nuestras dudas, tormentos o cuestiones teleológicas más fundamentales.

Ante ese disparate humano, Camus planteaba tres respuestas racionales: el suicidio físico, la creencia religiosa (denominada "suicidio filosófico") o abrazar el absurdo para seguir viviendo, en una suerte de rebelión ante la incoherencia. Y era esa última opción, la de aceptar este mundo descabellado hasta sus últimas consecuencias, por la que se decantó el filósofo. Una tesis expuesta de manera magistral en su ensayo El mito de Sísifo, donde utiliza como parábola el castigo divino del personaje mitológico, condenado a subir eternamente una piedra por una pendiente y dejarla caer una y otra vez.

Recobrar la conciencia de la muerte es el mejor regalo que puede proporcionarnos esa conciencia plena del absurdo. Una forma de cortocircuitar el círculo vicioso que supone esa perenne idealización del pasado. Y lo que es más importante (aunque resulte paradójico): esa percepción permite dotarse de consciencia, despertar a la vida, para así encarar el futuro con el optimismo del que nada tiene que perder. 

sábado, 1 de octubre de 2016

Cerveza sin gas

Si reposa demasiado, la espuma se evapora, las burbujas desaparecen. Se calienta, poco a poco malogra sus propiedades. De lata o de barril, aunque esté bien tirada y se incline el vaso 45 grados para servirla, la cerveza pierde fuerza. Una realidad incontestable que conocen tanto los bebedores de rubia como los que esperan en exceso.

La espera, al igual que la cerveza, puede convertirse en un arte, como sabe muy bien cierto político gallego. Para Camus, era una de las razones para que los tristes lo estuvieran (la otra era que ignoraran; de hecho, en muchos casos, esperar es una forma de ignorar la ausencia de efectividad de la propia espera). 

"(...) Aquí, los afortunados, con dinero, influencias o suerte, obtenían visados para Lisboa, la antesala del Nuevo Mundo. Pero los otros, esperaban en Casablanca. Esperaban... esperaban... esperaban...".

El arranque del clásico de Michael Curtiz, donde resume el destino de los que huían de una Alemania nazi en pleno apogeo, sigue siendo válido para explicar la sociedad actual. Cámbiese Lisboa por una una meta al azar (grande, mediana, pequeña) y resultará la ecuación que nos golpea. Un ascenso laboral, Justicia con mayúsculas, resolver un trámite burocrático, concertar una cita con el especialista, la posibilidad de un cambio social o una palabra de gratitud. Objetivos, ilusiones, deseos, sueños, aspiraciones. Vanos como la espera que los alberga.

Todos aguardamos en Casablanca: ese limbo en el que el tiempo se detiene, nada ocurre, o todo cambia para quedarse igual, con giros continuos de 360 grados. Esa estación donde los trenes pasan y nunca se detienen. Como aquellas nubes de Azorín, "siempre varias y siempre las mismas", que ya miraron otros antes que nosotros, bajo las que el escritor se pregunta: 


"¿Habrá sensación más trágica que aquella de quien sienta el tiempo, la de quien vea ya en el presente el pasado y en el pasado el porvenir?".

La propia RAE entiende que des-esperar ya es quitarse la vida, o al menos intentarlo, cuando se sabe que nada llegará. No se trata de una falta de optimismo patológico, sólo de evidencias, de acceso a la realidad que se cuela por cada grieta, empapando todo de certezas que no dejan resquicio a la esperanza.

No esperen más y apuren su cerveza.