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domingo, 1 de abril de 2018

Títulos a granel

Si hace no mucho hablábamos en este mismo foro sobre la meritocracia en el mercado laboral, el máster interruptus de la presidenta de la Comunidad de Madrid ha vuelto a poner el foco en la importancia del esfuerzo a la hora de lograr, en este caso, unos estudios superiores. Situación que en España conoce el 40,8% de la población (en esto, como en la tasa de paro, la Vieja Iberia sí está por encima de la media de la Unión Europea).

Todos los que pasamos por la escuela pública siempre contemplamos con pasmo cómo cualquier estudiante que no desee (o cuya capacidad intelectual no le sea suficiente para) pasar la criba de la Selectividad tiene la opción de recurrir a la universidad privada y conseguir un certificado que le permitirá competir por un empleo de igual a igual. Una alternativa que, en el curso 2015/2016, eligieron un 13,6% de los alumnos de grado. 

El "prestigio" de la enseñanza pública parecía bastar para acoger a los centros privados en el sistema. "Vale, ellos no tienen que preparar Selectividad y van a titularse como tú, pero la estatal tiene más nombre que la privada", repetían los antiguos compañeros de instituto sobre algún afortunado que dio el salto a la carrera sin examen previo. Es decir: aunque el dinero podía equipararse al esfuerzo requerido por la Prueba de Acceso a la Universidad, el bien siempre estaría del lado de la pública, por su reputación labrada a base de décadas de historia. 

El caso de Cristina Cifuentes contiene un agravante: hace saltar por los aires la premisa anterior. En su estrambótica peripecia, ha sido una universidad pública la que se ha encargado de falsificar las notas para beneficiar con un título a una persona de reconocida influencia. Aquí ya no sólo se trata de un problema de desigualdad social (cuando el dinero y la red de influencias pasan por encima de cualquier principio ético y legal), sino que, además, mancha el nombre de una institución que, supuestamente, contaba con su prestigio como mejor arma para contrarrestar la violación de la meritocracia provocada por la universidad de pago. 

Los que pensaban que los centros privados expedían los títulos a sus alumnos a cambio de un buen fajo de billetes, ahora también manejan argumentos para sostener que en la enseñanza pública ocurre lo mismo. La falta de confianza en las instituciones democráticas (poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial) llega ya hasta el mismo epicentro de toda sociedad que se precie: su sistema educativo.

Y, como en toda cuestión sospechosa de corruptela donde un español se vea implicado, el negacionismo, junto al laissez faire, laissez passer tan liberal, es la estrategia a seguir por los responsables de este descrédito. El ejemplo alemán traído por algunos a la hora de hablar de flexibilidad laboral o de reducir la tasa de sustitución de las pensiones no se utiliza, en cambio, para tomar el camino de la dimisión por falseamiento de currículum. 

jueves, 15 de junio de 2017

El reino del sol

Desde los tiempos del Spain is different, no pocos han loado las bondades de este país donde poder desarrollar el tránsito entre el nacimiento y la muerte. Con la grasa de un pincho de tortilla de patata en las comisuras, el bañador mojado pegado a las nalgas y bajo los efectos de un tinto con limón bien cargado, cada verano se escucha la misma sentencia en cualquier playa del territorio: "Como en España, en ningún sitio".

Parece que el sol (una de las pocas cosas que no han conseguido recortar los políticos) es remedio para todo a este lado de los Pirineos. Jubilado, ¿no le llega su pensión a fin de mes? Salga a la calle un día primaveral y verá cómo ensancha el ánimo y su renta. Parado, ¿no encuentra trabajo? Vaya al parque y, bajo los rayos del astro Rey, estará más cerca de su empleo. Estudiante, ¿ya vas por la cuarta reválida? ¡No te preocupes! Un buen baño de sol te embeberá de conocimiento.

Esa cifra indeterminada de mujeres y hombres imbuidos de espíritu aventurero que dejaron su patria para buscar suerte en otro lugar no tenían una vivienda con orientación sur. Seguro. Si no, ¿cómo se explica ese abandono voluntario de El Dorado? Dar de lado este vergel de días luminosos y cambiarlo por lugares lúgubres como Londres, Berlín o París, u otras latitudes más septentrionales, ¿en qué cabeza cabe?

"Prefiero disfrutar de un buen vino al calor de la chimenea en cualquier ciudad de Centroeuropa que sudar en la terraza de un bar en España", me decía una amiga venida de un país lejano antes de que arreciara el calor estival. No cabe duda que influida por el desconocimiento de esta tierra en la que ha permanecido durante las últimas dos décadas.

Mejor atender a esos otros extranjeros bien informados que han hecho de Magaluf, Benidorm, Marbella o la misma Barcelona centros de recepción de viajeros ávidos de conocer las bondades de este pasaporte al nirvana. Ejemplos de turismo de calidad y de disfrute bajo un sol que sonríe a su paso. Son visitantes desenfadados que, además, hacen de este sector el motor de la economía española y multiplican las contrataciones.

La ausencia de aire acondicionado en el hogar, de vacaciones retribuidas (por exceso o carencia de trabajo) o, incluso, de ahorros para alojarse en el patio trasero de Europa suenan a la excusa del chiquillo que no quiere ir a clase. Minucias que no pueden hacer sombra al reino del sol, que ni en invierno cesa. ¡Como en España, en ningún sitio!

domingo, 15 de enero de 2017

Levantar España

No le des más vueltas. Sí, es la tercera vez que suena. Pero por mucho que lo destripes lanzándolo contra la pared, acabar con el despertador no va a evitar que tengas que ir al trabajo. Y da gracias de que aún lo mantienes: 4.320.800 personas no disfrutan de un empleo. Así que, venga: ¡a levantar España!

Piensa que, como tú, 18.527.500 de seres madrugamos para recibir el sustento. El milagro del capitalismo, a través de tu empresa, te da la posibilidad de comer cada día. Y de comprar esa ropa de marca que llevas. Y, claro, de pagarte esas vacaciones. El esfuerzo de miles de empresarios al servicio de la sociedad. 

Y no me vengas con el tema de impuestos. ¿Ya se te ha olvidado que hace apenas un año de la última bajada del IRPF? Sí, cinco o seis euros no dan para la entrada del cine. Pero mejor eso que nada, ¿no? Hay que pagar al Estado, que Hacienda somos todos... Bueno, vale, casi todos... De acuerdo, unos más que otros.

Según el Informe Anual de Recaudación Tributaria, una vez efectuadas las devoluciones a los contribuyentes y a la Iglesia (capítulo por el que el Estado deja de ingresar unos 45.526,5 millones de euros), en el año 2015 el Gobierno recaudó 182.008,7 millones de euros. En ese ejercicio (el último con datos consolidados sin los vaivenes de las estimaciones), entre las mayores partidas destacaron:

- Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF): 72.345,5 millones de euros
- Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA): 60.304,9 millones de euros
- Impuesto sobre Sociedades: 20.648,9 millones de euros
- Impuestos Especiales (alcohol, tabaco, hidrocarburos...): 19.146,7 millones de euros 

Esto es: los trabajadores aportaron (vía descuento en su nómina) el 39,7% del total de ingresos tributarios; a través del IVA (pagado igualitariamente cada vez que se adquiere un bien o un servicio, independientemente del salario que perciba el comprador), el porcentaje fue del 33,1%. Mientras tanto, las empresas aportaron un 11,3% de la recaudación del Estado.

Con la reciente subida de impuestos, el Gobierno espera recolectar 4.800 millones de euros más: el grueso (4.650 millones) correspondería al Impuesto sobre Sociedades. No a través de una subida directa del gravamen, sino, básicamente, mediante dos vías: poniendo freno a la desgravación de pérdidas (técnicamente "compensaciones de bases imponibles negativas") y obligando a devolver las deducciones que realizaron por la pérdida de valor de participaciones en otras compañías. Es decir: invitando a las empresas a la mayoría de edad. 

Por cierto: la cifra que pagan las compañías en impuestos es, prácticamente, la mitad de la cantidad aflorada con la amnistía fiscal que puso en marcha Montoro: unos 40.000 millones de euros... aunque Hacienda sólo recaudó un 3% de esa cifra (1.200 millones de euros).

¿Demasiados números? Tranquilo. Vete a casa, ponte una serie o un partido. O mejor: sal y tómate algo. Disfruta de tu escaso tiempo libre sin calentarte la cabeza demasiado. Que si en la Dirección General de Tráfico no pueden conducir por ti, más arriba sí hay otros patriotas encargados de pensar en tu lugar.

martes, 15 de noviembre de 2016

Loterías

Euromillones –martes y viernes–, cinco euros. Primitiva –jueves y sábado–, dos euros. Bonoloto –lunes a sábado–, tres euros. Gordo de la Primitiva –domingo–, un euro con cincuenta. Quiniela –domingo–, un euro con cincuenta. Ahí van 13 euros. Sin contar Lotería Nacional, Quíntuple Plus, Lototurf o el celebérrimo cupón de la ONCE (los ciegos, para los nostálgicos de un léxico ya muerto que no conocía de correcciones políticas).

Fuera por sentirse ofendida o por simple sadismo, esta organización castigó a varias generaciones enteras con una sintonía que resuena en todas las cabezas de los mayores de 30 años. De hecho, mientras escribo estas líneas, la percibo nítida al comprobar que he vuelto a "contribuir con una gran labor social" en su sorteo del pasado día 11 de noviembre. Para ello, me ha tocado lo de siempre: perder. 

Como ocurre desde la noche de los tiempos, siempre que unos pierden, otros ganan. Y en materia de juego, el Estado (más allá de jugar con la vida de jubilados, dependientes, trabajadores, estudiantes...) sabe bastante. De hecho, por las ventas de todas las modalidades de su marca Loterías y Apuestas, en 2015 se embolsó 8.779,71 millones de euros. Y, una vez entregados los premios (de los que también se lleva un generoso 20%), se quedó 3.287,01 millones de euros limpios, un 4,9% más que en 2014.

Estos datos, publicados por la Dirección General de Ordenación del Juego del Ministerio de Hacienda, dejan claro que, como a Serrat, al español –además del vino– le gusta el juego. Y mucho. Tanto que, si se tiene en cuenta todo el repertorio de azares legales –bingos, casinos, tragaperras, apuestas deportivas, rifas, loterías, concursos...–, el año pasado nos gastamos 33.396,17 millones de euros, un 11,6% más que el anterior. 

Ya sea la maldita ilusión de todos los días, la suerte que acompaña o ese calvo que mira de reojo, el caso es que nos lanzamos de manera irracional a cambiar papel moneda por ese otro con números impresos. Aunque, casi siempre, éste no sirve de nada para hacer frente a esos otros papeles en forma de factura. 

La cercanía de la Navidad abre la carrera hasta el 22 de diciembre. Una fecha que nadie necesita que le expliquen (antes olvidarían su aniversario de bodas que el Sorteo de Navidad). Las colas infinitas en la administración de Doña Manolita aproximan al ser humano a sus ancestros homínidos. "Es que allí siempre toca", responde el paisano de turno después de aguardar dos horas para comprar un décimo. Obvia, sin embargo, los más de 67 millones de décimos que vende el establecimiento, mientras que la diosa Estadística se carcajea sin piedad.

El tráfico de ilusiones es el más rentable: se nutre de las miserias de la gente y su estancamiento social. La mera hipótesis de poder comprar un sueño (en forma de casa, viaje, coche, negocio) conecta con las más bajas pasiones. Nos convierte en niños ante un escaparate repleto de juguetes y dulces. Pero por desgracia, salvo que uno se llame Carlos Fabra, el día del sorteo transcurre como un lunes cualquiera.

lunes, 15 de febrero de 2016

Muertos de tercera

El egoísmo es uno de los compañeros de viaje más fieles del hombre durante toda su vida. Le empuja a anteponer su interés por delante de todo, a pensar que su esfuerzo siempre es el mayor, que su opinión es la más acertada o que su hijo es el más inteligente. El problema no pasaría de una simple actitud infantil si no le llevara a despreciar al de enfrente con unas maneras tan burdas que insultan a la inteligencia.   

El caso de los titiriteros es un buen ejemplo de ese "mirarse el ombligo" tan fieramente humano. La detención de dos miembros de una compañía de marionetas por supuesta apología del terrorismo ha sido defendida desde un sector muy definido de la sociedad por "faltar al respeto a las víctimas y a sus familiares". Bien.

Lo que chirría es que muchos de esos que se llevan las manos a la cabeza desprecian de forma sistemática a otras víctimas: las que fueron ejecutadas por el Gobierno español a partir de 1939. Esto es, en el período inmediatamente posterior a la guerra, ya sin trincheras de por medio, en el que miles de personas fueron asesinadas hasta una década después del final del conflicto.

De entre todas las excusas que emplean estos tipos para despreciar a esos damnificados, la de reabrir las heridas es la más recurrente. Como si dar digna sepultura a un ciudadano que murió por un tiro en la espalda pudiera provocar un levantamiento popular. ¿Acaso tiene la dignidad humana fecha de caducidad? Igual que los derechos de autor, ¿pierde vigencia el respeto a los muertos una vez pasado cierto tiempo? Entonces, ¿el menosprecio a las víctimas de ETA podrá ejercerse impunemente a partir de, pongamos, el año 2085? 

Casualmente, estas personas suelen ser las mismas que se indignan cuando un ayuntamiento pretende cambiar el nombre de las calles con connotaciones franquistas. No estaría de más recordar a estos defensores del imperio de la Ley, capaces de sostener la aplicación de un régimen FIES a dos comediantes por apología del terrorismo, que la Ley 52/2007, en su artículo 15, dice lo siguiente: "Las Administraciones públicas, en el ejercicio de sus competencias, tomarán las medidas oportunas para la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura".

En este país, donde a la justicia se le llama revancha, a la memoria se la equipara con la ira y al recuerdo con el odio, mientras siga existiendo una categorización de los muertos, nunca despertaremos de nuestras pesadillas. No cuesta tanto: basta una lápida y un poco de respeto.

jueves, 15 de octubre de 2015

No vuelvas nunca

Entre otras muchas oportunidades, perdí la de vivir en la URSS (cosas de la edad). El ideal de igualdad, los viajes pagados a Siberia y los brindis con Stolichnaya me quedan lejos. Pero hay algo que aún puedo disfrutar de ese periodo: la burocracia. Esa relación ciudadano-Estado, desigual como los salarios en España, que nos hace mirar a la raza humana con recelo. 

Desde que nacemos, la burocracia nos somete como a una doncella en la Edad Media. Cuando naces, tu entrada en el Registro da fe de tu salida del útero. Hasta que no figuras en los archivos oficiales, no eres nada. Los existencialistas defendían que la existencia precede a la esencia. Yo añadiría que la burocracia precede a la existencia.  

Dios me libre de odiar a los funcionarios, y que me perdonen mis amigos de la Administración. Pero desde el momento en que se marcan el empleo público como meta, su mirada cambia. El lado oscuro se apodera de ellos. De hecho, los opositores no estudian. En sus horas de supuesta preparación, planean una venganza fría contra la sociedad. Y cuando consiguen su plaza, se cobran sus horas de insomnio torturando al ciudadano. No usan fusta, ni potro, ni garrote vil. Prefieren atentar directamente contra tu sistema nervioso para que acabes en el psicoanalista.

En mi última escaramuza con el Gobierno volví a salir magullado. Un trámite aparentemente sencillo, como es la solicitud de una clave para acceder por vía telemática a la Seguridad Social, me descubrió la preparación del personal. Lugar: Instituto Nacional de la Seguridad Social. Omitiré la calle madrileña. El funcionario, director de la oficina en cuestión, comenta que soy la primera persona que pide acceso a ese sistema. Bueno: por una vez soy el primero en algo, pienso. Me pide que, si no es inconveniente, le explique cómo me registro en su propia web. Pero este conejillo de Indias tiene “incidencias” en su vida laboral (ay, esos contratos...) y no puede acceder al sistema. Y la solución que me aporta mi cicerone es poner una queja. 

Así, reclamo por un fallo informático con un escrito de mi puño y letra en un folio en blanco. Todo tan coherente como el asesinato de un padre. Perdone, ¿dónde se encamina este papel? “A la central”. Bien. ¿Y dónde puedo acudir si no se ponen en contacto conmigo? “Pues... vienes aquí y me lo dices”. Perfecto. El eterno retorno nietzscheano versión burocracia 2.0.

En tiempos de Larra, el 'vuelva usted mañana' era la frase de moda. Pero hoy apuestan por el 'no vuelvas nunca'. No molestes. No te quejes. Olvídalo. Reclama mediante un escrito con viaje a ninguna parte y vete. Y aquí paso las tardes, acodado en la ventana, viendo cómo este cigarro se consume con mi paciencia. Esperando quizás que una paloma mensajera con membrete oficial traiga anudada en una pata esa respuesta administrativa. 

martes, 15 de septiembre de 2015

¡Trabaja, vago!

“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. O algo así vino a decir Dios al primer hombre, según la tradición cristiana. La misma que llama pecado capital a la pereza. Castigo divino o redención (dejemos esto a los teólogos), para el común de los mortales el trabajo ha estado mal valorado desde la noche de los tiempos. Ocupaciones que roban horas a otras cuestiones (metafísicas o mundanas) y que acaban por agriar el alma. 

Hasta el mismo diccionario no escatima adjetivos para definir al trabajo. “Dificultad, impedimento, perjuicio, penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz”, entre algunas de sus acepciones. Ya en 1883, un señor llamado Lafargue reclamó el derecho a la pereza como vía para alcanzar una sociedad en equilibrio con el capital. 

Salvo para unas cuantas familias (siempre sustentadas por otras), el trabajo es la primera certeza que conoce el ser humano. La segunda es la de su propia muerte (y muchas veces van íntimamente ligadas: hay trabajos que matan). “El trabajo os hará libres”, escribieron los nazis en las puertas de entrada a los campos de concentración. Una costumbre que se ha perdido, pero que algunos empleadores mantienen en su fuero interno.    

Claro que hay trabajos y trabajos. Imagino que un pocero no debe tener las mismas condiciones que un futbolista de élite. Aunque cada uno se lo toma como quiere. Por ejemplo, cada mañana, cuando cierro la puerta de casa, escucho a mi portero canturreando mientras pasa la fregona. Se le ve feliz. Y a mí eso me hace preguntarme muchas cosas.  

En su caso (el de mi portero), no sé si eligió serlo. Pero la solución menos mala pasa por elegir tu trabajo. Y hay vocaciones muy bonitas: médico, bombero, maestro, periodista, actor porno... El caso es que te sientas a gusto con lo que haces. Normalmente, estas profesiones exigen pasar por la Universidad. Una inversión, la llaman, de tiempo y dinero, que te garantiza el éxito. O eso dicen. Habría que preguntar a los titulados que dejaron el país. O a los que siguen confiando en que su suerte cambie mientras encuadernan sus diplomas en edición facsímil.  

Algunos se guían por el sueldo para decidir su futuro. Lástima que ahí no tengas mucho que decir. Incluso, los expertos en Recursos Humanos defienden que es un error preguntar por los honorarios a las primeras de cambio en las entrevistas de selección. Pero no te preocupes: otros deciden por ti. Según un estudio, los gerifaltes del IBEX han aumentado un 10% su salario en los últimos cuatro años; en ese tiempo, el de los trabajadores ha descendido un 5%. Otra Bolsa, la de parados, cotiza al alza: a finales de junio, si creemos en la Encuesta de Población Activa del INE (otra tarde hablaremos de esta nueva religión que son los datos), estaba en el 22,37%. Esto es: de cada 100 personas en condiciones de trabajar, más de 22 no tenían empleo conocido. 

Hay quien no trabaja porque no quiere. Quien no lo hace porque no puede. Y a otros que, aún con el querer y el poder, no se lo permiten. El currículum vitae es el género literario del siglo XXI y muchos podrían escribir tesis doctorales al respecto para impartir clase en las facultades. Así, la fábrica de parados en la que, de un tiempo a esta parte, se ha convertido la Universidad serviría, al menos, para tratar con una realidad cotidiana.
Si no te gusta tu trabajo, no lo tienes o tu sueldo no da para más, siempre puedes mirarte en el espejo de los empresarios y dar trabajo a otros. Un acto altruista y que va bien para eso que llaman Marca España. Por ejemplo, bajar al bar más cercano. Con ese simple gesto, mejoras el PIB nacional varios puntos: das trabajo al camarero, a tu hígado y, si te esmeras un poco, al médico de guardia. Vamos, lo que los economistas de manual llaman pleno empleo.