miércoles, 15 de marzo de 2017

Llenar el tiempo

Modelo 1: día laboral

Suena el despertador. Consultas las redes sociales. Te levantas. Desayunas. Engulles. Te aseas. Consultas las redes sociales. Vas al gimnasio. Sudas. Te duchas. Consultas las redes sociales. Vas a casa. Bebes café. Fumas. Consultas las redes sociales. Coges el bus (metro, coche, taxi). Llegas a la oficina (fábrica, andamio, comercio). Trabajas. Consultas las redes sociales. Pausa para comer. Engulles. Regresas a tu puesto. Trabajas. Te cansas. Consultas las redes sociales. Anochece. Coges el bus (metro, coche, taxi). Consultas las redes sociales. Compras. Entras en casa. Besas a tu mujer (marido, padre, perro). Preparas la cena. Enciendes la televisión. Engulles. Observas cómo te roban. Te pones el pijama. Fumas (bebes, practicas sexo, lees). Consultas las redes sociales. Entras en la cama. Duermes. Sueñas (tienes pesadillas, insomnio). Martes, miércoles, jueves, viernes (sábado, domingo). 

Modelo 2: jornada de descanso 

Suena el despertador (te despierta el vecino, el perro del vecino, las obras del vecino, el coche del vecino). Consultas las redes sociales. Te levantas. Te duchas. Preparas el desayuno. Engulles. Consultas las redes sociales. Coges el bus (metro, coche, taxi). Compras (limpias, cocinas, paseas, vas a clases de pintura, ganchillo, física cuántica). Consultas las redes sociales. Regresas a casa. Besas a tu mujer (marido, padre, perro). Preparas la comida. Engulles. Consultas las redes sociales. Caes en el sofá. Enciendes la televisión. Observas cómo te roban. Duermes. Sueñas (tienes pesadillas, insomnio). Atardece (anochece). Suena el teléfono. Quedas con amigos (novia, padres, suegros, colegas, cuñado, en soledad). Te duchas. Consultas las redes sociales. Coges el bus (metro, coche, taxi). Entras al bar (cine, teatro, museo, estadio, centro comercial, biblioteca, ciudad, campo). Consultas las redes sociales. Charlas (fumas, bebes, engulles, escuchas, discutes, miras). Anochece (amanece). Coges el bus (metro, coche, taxi). Consultas las redes sociales. Llegas a casa. Enciendes la televisión. Observas cómo te roban. Te pones el pijama. Fumas (bebes, practicas sexo, lees). Entras en la cama. Consultas las redes sociales. Duermes. Sueñas (tienes pesadillas, insomnio). Sábado, domingo (lunes, martes, miércoles, jueves, viernes). 

Teoría general del modelo

Suena el despertador. Te llevan al colegio. Vas al instituto. Vas a la universidad. Te gradúas. Trabajas. Consumes. Observas cómo te roban. Pagas impuestos (casa, luz, agua, gas, teléfono, comida, coche, seguros, viajes, cursos). Observas cómo te roban. Conoces a una mujer (hombre, animal, ente astral). Compras una vivienda. Observas cómo te roban. Formas una familia. Observas cómo te roban. Consumes. Te quedas en paro. Buscas trabajo. Lo encuentras. Observas cómo te roban. Consumes. Te jubilas. Cobras pensión. Observas cómo te roban. Sobrevives con tu pensión. Mueres. Suenan las campanas. Observan cómo te robaron.

Coda

¿Llenas el tiempo o el tiempo te llena a ti? ¿Disfrutas de él o él abusa de ti? ¿Eliges cómo usarlo o él te usa a ti? ¿Construyes tu tiempo o tu tiempo te destruye?

Es tarde.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Huella digital

El mundo es visual. Las imágenes inundan la realidad que percibimos. Información, publicidad, relaciones sociales. Todo se resume en fotografías, vídeos, gráficos, logotipos... No es extraño que en las redacciones de los principales medios, los editores supediten por imperativo la información a las imágenes ("da igual que no tenga nada que ver con el texto, la foto es bonita"). En las aulas, la educación entra por los ojos (¿y si hacemos pantallazos de las páginas de los libros?). Y en las relaciones, una fisonomía que no siga el canon de belleza echa por tierra cualquier otra virtud espiritual.

Las redes sociales basan buena parte de su éxito en encajar dentro de ese juego de imágenes. Además de servir para dar rienda suelta a los desahogos humanos (la tristeza por la pérdida de un amor, la alegría por un regalo inesperado o el enfado por una putada recibida), la posibilidad de compartir imágenes añade un valor insustituible (¿qué sería de Facebook sin fotografías?). 

Entre los aficionados a abrir las puertas de su vida privada en internet, abundan quienes comparten la emoción de ser padres. Un acto tan loable como peligroso: esos niños que nacen para la sociedad digital desde que salen del vientre analógico quedan en manos de ceros y unos sin alma. Desde depravados a estafadores, el peligro es real para los más débiles. Su única defensa sólo podría llegar en el futuro, con una denuncia a sus propios progenitores por colgar fotos en internet sin su consentimiento.

Lo más grave de la presencia en la red es que se rebela contra la realidad. Somos lo que Google dice que somos. De hecho, en caso de colisión entre la realidad y la virtualidad, siempre primará la segunda. Y la huella digital permanece prácticamente indeleble. Como si cada vez que entramos en un bar nos proyectaran un vídeo con la primera borrachera en el instituto.

Este fenómeno resulta especialmente contraproducente en manos del departamento de Recursos Humanos de cualquier empresa. Las redes sociales siempre podrán ser utilizadas en tu contra en una entrevista de trabajo. Y el mercado laboral ya tiene suficientes armas para expulsarte como para aportarle más.

Algunos intentan una desconexión digital (en forma de borrado de cuentas) para salir de esta espiral binaria. Otros siguen una estrategia de exhibicionismo relativo para frenar sus efectos. Pero todos estamos expuestos a la tiranía de la imagen en la versión 3.0 de nuestra existencia. Respondemos así a la pregunta del viejo Marty McFly: sí, amigo, en el futuro nos volvimos definitivamente gilipollas. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Paseo del Rey

Desde la Ciudad Universitaria, pasando por el Arco de la Victoria a la derecha (dónde si no), cuesta abajo sin frenos, el caminante cae al Paseo del Rey. Aupados al teleférico, los madrileños, con su mirada miope, lo ven a mucha distancia, como una mota en el paisaje de una ciudad próspera. Y, también desde el aire, las cotorras argentinas preludian con su intenso parloteo un escenario asfaltado por colillas y cartones de vino.  

El Paseo del Rey es una calle de apenas 1.500 metros; una distancia de medio fondo que alberga la vida de los que han tocado el fondo completo. Allí comparten ecosistema viejos con la mirada ausente, jóvenes demacrados por la droga, mujeres que han sufrido maltrato e inmigrantes que algún día soñaron. 

El nucleo de sus vidas es el Centro de Acogida San Isidro, el más antiguo de Madrid. Alberga 269 plazas de pernocta y abre sus puertas las 24 horas para ofrecer otros servicios, como aseo, sanidad y ocio. Lastrado por la falta de personal, acumula años al 100% de su capacidad: pese a que la estancia media se sitúa en torno a los seis meses, hay biografías que acumulan allí más de una década.   

Se encuadra en unas coordenadas muy elocuentes: al fondo, el Palacio Real más grande de Europa Occidental; a la derecha, el centro comercial Príncipe Pío, epicentro de la clase media; a la izquierda, una Rosaleda de 32.000 metros cuadrados que edulcora el aire con su aroma; y a mitad de camino, una estación abandonada que algún día tuvo esplendor.

No muy lejos de allí, en 1808, fueron fusilados otros desheredados, estos por el ejército napoleónico. El terreno pertenecía a Francisco Pío de Saboya y Moura, el Príncipe Pío, un título nobiliario que ahora sólo evoca a los ciudadanos el nombre de una estación. Antes de ésta, se inauguró en 1882 la ya desierta Estación del Norte, muy dañada por la Guerra Civil, lo que propició su desmantelamiento en 1993. 

La Historia y la suerte nunca han acompañado al Paseo del Rey. Cuando ya había sido renombrado como Coronel Montesinos (el militar del siglo XIX considerado precursor del sistema penitenciario actual), fue uno de los primeros lugares que sufrió los bombardeos de la capital el 28 de agosto de 1936 por parte de las tropas franquistas. Hoy, los proyectiles que asedian a sus viandantes tienen forma de miseria. 

En España, según estimaciones de Cáritas y la Fundación Rais, hay 40.000 ciudadanos sin hogar. Y un 28,6% de personas está en riesgo de pobreza. Los principales factores para acabar en la calle son enfermedades de salud mental, adicciones y falta de apoyo familiar, como explica Estíbaliz, trabajadora social, en el cortometraje Al margen"A eso, se suma una sociedad que no sólo no da soluciones, sino que rechaza", cuenta.

Y es que, desde su teleférico mental, los madrileños ven más próximas las cuentas macroeconómicas que asoman desde Moncloa que esa otra realidad, tan aparentemente lejana. Que De Guindos le cuente a esos otros que España crece.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Finales

Los finales, como las buenas manos de póquer, siempre se hacen esperar. Aunque algunos más que otros. Casi siempre, todo depende del ansia con el que se aguarde su venida. No es lo mismo la vigilia del preso en sus últimos días de condena que la del estudiante en las horas que despiden al verano.

De entre todos los finales, los felices son los más deseados por improbables (¿o tal vez al revés?). Como los de esos cuentos de los que siempre andamos tan necesitados los niños que fuimos. Muy pocos los consiguen, y entre esa minoría, no resulta excepcional quien descubre que ha llegado a él cuando le toca marcharse del juego de la vida.

Hay finales que golpean fuerte, como los de esos tragos que echan por tierra el aguante del más curda para desplomarle sobre la barra. O los de esos amores tan adictivos como insanos, que convierten a los otrora amantes en extraños, hundiéndoles en un pasado del que, en ocasiones, jamás se acaban de reponer. 

Ya lo dijo el filósofo: que te deje la novia es como perder una final de la Champions, un dolor que se queda ahí dentro para toda la vida. Y es que también son desgarradoras las finales deportivas, especialmente cuando se espera hasta el minuto 93 para encajar el golpe definitivo (o eso cuentan algunos).

Para otros, los finales más complicados se repiten en los estertores del mes. La caída de las hojas del calendario acompasa el milagro camaleónico de sus cuentas corrientes: los números adquieren un tono rojizo, como el de la sangre que les cuesta volverlos a negro. 

A veces se dan finales malos, como los de esas películas de sobremesa dominical de las que se acaba desertando para entregarse al sofá. Como los de esos días cargados de plomo, en que hubiera sido mejor no levantarse. O como los de ciertos textos como éste, cuando uno se arrepiente (demasiado tarde) de haberlos comenzado.

Hay finales que parecen no llegar nunca. Como los de la guerra. O los de una visita obligada al dentista. O como los de ciertos mandatos de determinados presidentes. Pero, tarde o temprano, siempre se revelan. Porque cada epílogo, al fin y al cabo, remata una esperanza, un sufrimiento o una vida vaciada de deseos que sólo aspira a cerrarse con un breve punto final.

domingo, 15 de enero de 2017

Levantar España

No le des más vueltas. Sí, es la tercera vez que suena. Pero por mucho que lo destripes lanzándolo contra la pared, acabar con el despertador no va a evitar que tengas que ir al trabajo. Y da gracias de que aún lo mantienes: 4.320.800 personas no disfrutan de un empleo. Así que, venga: ¡a levantar España!

Piensa que, como tú, 18.527.500 de seres madrugamos para recibir el sustento. El milagro del capitalismo, a través de tu empresa, te da la posibilidad de comer cada día. Y de comprar esa ropa de marca que llevas. Y, claro, de pagarte esas vacaciones. El esfuerzo de miles de empresarios al servicio de la sociedad. 

Y no me vengas con el tema de impuestos. ¿Ya se te ha olvidado que hace apenas un año de la última bajada del IRPF? Sí, cinco o seis euros no dan para la entrada del cine. Pero mejor eso que nada, ¿no? Hay que pagar al Estado, que Hacienda somos todos... Bueno, vale, casi todos... De acuerdo, unos más que otros.

Según el Informe Anual de Recaudación Tributaria, una vez efectuadas las devoluciones a los contribuyentes y a la Iglesia (capítulo por el que el Estado deja de ingresar unos 45.526,5 millones de euros), en el año 2015 el Gobierno recaudó 182.008,7 millones de euros. En ese ejercicio (el último con datos consolidados sin los vaivenes de las estimaciones), entre las mayores partidas destacaron:

- Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF): 72.345,5 millones de euros
- Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA): 60.304,9 millones de euros
- Impuesto sobre Sociedades: 20.648,9 millones de euros
- Impuestos Especiales (alcohol, tabaco, hidrocarburos...): 19.146,7 millones de euros 

Esto es: los trabajadores aportaron (vía descuento en su nómina) el 39,7% del total de ingresos tributarios; a través del IVA (pagado igualitariamente cada vez que se adquiere un bien o un servicio, independientemente del salario que perciba el comprador), el porcentaje fue del 33,1%. Mientras tanto, las empresas aportaron un 11,3% de la recaudación del Estado.

Con la reciente subida de impuestos, el Gobierno espera recolectar 4.800 millones de euros más: el grueso (4.650 millones) correspondería al Impuesto sobre Sociedades. No a través de una subida directa del gravamen, sino, básicamente, mediante dos vías: poniendo freno a la desgravación de pérdidas (técnicamente "compensaciones de bases imponibles negativas") y obligando a devolver las deducciones que realizaron por la pérdida de valor de participaciones en otras compañías. Es decir: invitando a las empresas a la mayoría de edad. 

Por cierto: la cifra que pagan las compañías en impuestos es, prácticamente, la mitad de la cantidad aflorada con la amnistía fiscal que puso en marcha Montoro: unos 40.000 millones de euros... aunque Hacienda sólo recaudó un 3% de esa cifra (1.200 millones de euros).

¿Demasiados números? Tranquilo. Vete a casa, ponte una serie o un partido. O mejor: sal y tómate algo. Disfruta de tu escaso tiempo libre sin calentarte la cabeza demasiado. Que si en la Dirección General de Tráfico no pueden conducir por ti, más arriba sí hay otros patriotas encargados de pensar en tu lugar.

domingo, 1 de enero de 2017

Fauna de gimnasio

"El 1 de enero me apunto al gimnasio". Empezar las fiestas y escuchar esta frase son todo uno. Eso sí: las personas que lo afirman con esa contundencia suelen tener la misma credibilidad que un político en campaña electoral. Y, al igual que de elecciones durante el pasado año, el país va sobrado de este tipo de personas.

Aún así, para aquellos valientes que decidan despegar sus posaderas del sofá y acercarse a la sala más cercana, aquí va un pequeño manual de consulta sobre las cuatro especies más peligrosas que encontrarán en su nuevo ecosistema. Aviso: para algunos de ellos, como en los casos de ciertas mordeduras viperinas, no existe antídoto. Simplemente, huyan.

- Estreñido estentóreo: Es fácil de identificar. Cuando levanta peso, el mundo entero se detiene a contemplarle. No tanto por su proeza física, sino por el hecho de que acompase cada elevación de mancuerna con sonoros gritos quejumbrosos. Sí, como en esos días en los que acabar la faena en el baño cuesta algo más de la cuenta. No duda en recurrir a desconocidos para que le echen una mano. Su tiempo y su esfuerzo siempre prevalecen. 

- Relaciones públicas: En un primer momento, puede parecer que ha confundido el gimnasio con la cafetería de la esquina. Pero el chándal de tergal le delata. Raramente se le puede hallar en una bici estática, en una cinta o en el banco de abdominales. Su principal tejido muscular se concentra en la lengua, tan ejercitada que puede sostener todas las conversaciones del local. Si su propósito es entrenarse, esquívele. Si carece de amistades o quiere ahorrarse la consulta del psicólogo, será su mejor aliado.

- Fotoperiodista: Aunque pueda olvidar su toalla, las zapatillas o incluso la cabeza en casa, jamás se despegará de su móvil. Su finalidad no es ir allí, sino contar en redes sociales que lo hizo. Más allá de la vergüenza ajena que provocan sus poses retratadas en innumerables selfis, no presenta mayor riesgo. Pero existe una versión avanzada de este subtipo que, incluso, pide a alguna víctima que le ayude con las instantáneas.

- Propietario en diferido: Hasta donde sabemos, no posee acciones del recinto. Aunque muestra la misma libertad que el consejero delegado. Algunas veces, decide no llevar toalla y dejar sudado cada uno de los aparatos, como perros que marcan con su orín el territorio. Otras, coloca alguno de sus enseres (botella/móvil/guantes) en una máquina para reservarla, a pesar de que no vaya a utilizarla hasta la próxima media hora. ¿Lo mejor con él? Dejar patente su cerdez insolidaria a través de la retórica (el cociente intelectual que exhibe no suele resultar un escollo).  

Estos perfiles de hombres y mujeres (como en el caso de la estupidez humana, suele estar muy bien repartido por sexos) no pueden eclipsar a las muchas gentes que tienen en cuenta la primera ley fundamental del gimnasio: a una sala deportiva se va a hacer deporte. Y, por encima del resto, destacan esas personas que ya han superado los 60 y llegan vaciadas de complejos: sin acaparar atenciones, sin necesidad de flashes y con un empeño digno de poema épico.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Cafres sobre ruedas

– ¡Hijo de puta!

Claro, conciso, directo. Por su apariencia, se ve que ha vivido mucho. Sin embargo, superar los 70 de largo no evita que ciertas cosas quiebren su paciencia cincelada a base de años. Como contemplar esa ecuación que siempre repite el mismo resultado: semáforo en ámbar, paso de cebra y peatón a la vista acaban en un inexorable acelerón del vehículo de turno.

Ocurrió hace una semana en Madrid, pero el caso del hombre que pronunció estas palabras se repite a diario en las calles de cualquier ciudad del mundo. La llamada transformación digital dicen que ha cambiado muchas cosas, aunque no ha evitado algo: la desconsideración absoluta hacia la parte más indefensa de la seguridad vial.

Sumo 12 años de carné y 11 desde la última vez que me puse al volante de un coche. No se trata de torpeza (teórico y práctico a la primera) y quiero pensar que es cuestión de ahorrar recursos y cuidar del medio ambiente. Pero, en el fondo, siento que hay algo más: una repulsa freudiana que me imposibilita sumarme a ese club.

Tengo amigos y familiares, a quienes quiero y admiro, que son conductores habituales. Por desgracia, estoy convencido de que hasta ellos, en alguna ocasión, se han arrancado la capa externa de piel para dejar salir a ese monstruo interior del asfalto, como aquellos visitantes de V

Y no es sólo que muchos ignoren por completo los pasos de cebra, al igual que un futbolista la declaración de la renta. Lo más indignante es que, como si se tratara de un salvoconducto, levanten la mano, mirando al frente, para saltarse con total impunidad la señal que les obliga a ceder el tránsito a los viandantes. Seguro que quienes lo hacen acaban sus interpelaciones rutinarias con un "campeón" o "amigo". 

La cosa tendría hasta gracia si no se produjeran miles de accidentes por esta razón. El año pasado,14.522 peatones fueron víctimas de atropello, según la Dirección General de Tráfico. Una cifra que se ha incrementado desde 2012 casi un 40%. Sólo en 2015, 367 murieron asesinados por una máquina en la que se encontraba un cafre a los mandos. Prácticamente, un muerto por cada día del año.

No sacrificar dos minutos de espera en un semáforo puede costar la vida de un ser humano. Aunque eso, en un país donde ciertas personalidades siguen manteniendo su carrera a buen recaudo, parece demasiado coherente como para comprenderse.